Opinión

Del diálogo al monólogo faltón

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 05 de septiembre de 2025

Veinte años después del inicio de nuestra muy fratricida Guerra Civil la Iglesia de España, a través de un concurrido congreso de obispos y sacerdotes, comenzó a hablar de la necesidad de fomentar una “ideología del diálogo”, y tres semanas después, el 5 de mayo de 1956 el PCE convocó la oportunista Jornada de Reconciliación Nacional. Es obvio que no hubiera habido Transición sino Ruptura, si aquel espíritu de consenso entre vencedores y vencidos no se hubiese constituido en realidad desde la devota ideología del diálogo. Ahora bien, en realidad no fue el diálogo de las dos Españas que se habían enfrentado en una larga guerra cruelmente fratricida que preconizaban los obispos, sino el diálogo exclusivo entre los hijos más oportunistas e indignos de unos y otros, entre los hijos traidores de los vencedores y los hijos rastreros de los vencidos, que iban a repartirse los pecios de la España unida de Franco. Esto es, un diálogo entre gentuza, gente innoble y pícaros, la excrecencia peor de unos y otros, es un diálogo que nace muerto, porque un consensus omnium malorum, a diferencia del de Cicerón, trae acuerdos muertos, trampa y papel mojado que sólo legitima el reparto del botín. Por eso hoy no existe el diálogo y es imposible el acuerdo, porque el diálogo o consenso fundante fue una mentira. Sólo la ruptura que preconizaba Antonio García-Trevijano por parte de los elementos más dignos que habían sobrevivido a la Guerra Civil – los mejores, sin duda, cayeron en combate en ambos bandos de españoles - hubiese hecho posible que hoy se diese un diálogo entre los partidos democráticos que fuese realmente eficaz para el bienestar del pueblo español. El diálogo en una oligarquía es sólo representación vana, el diálogo entre partidos en un contexto genuinamente no democrático es imposible. Los partidos fuera de la democracia, pero integrados en un sistema político, sólo son bandas, facciones y clanes de ladrones. Nuestros partidos nacieron de las partes más innobles y oportunistas de aquellas dos Españas en guerra, y nunca podrán propiciar el advenimiento de la Democracia en contra de sus intereses innobles. Durante cincuenta años la fuerza del autoengaño de los españoles, que creemos a pies juntillas el significado denotativo de las palabras, nos ha mantenido una esperanza suicida que ha traído la decadencia de la Nación, hasta que ha llegado el momento en que nadie con un mínimo de decoro puede creérsela sin culpa. Sólo la decepción y el desencanto nos pueden salvar si nos llevan a la verdad de la que partir. En un sistema no-democrático, falsamente democrático, pseudodemocrático, los partidos políticos actuantes legalmente son una lacra y una losa de mármol que dificulta la aparición de la libertad política. A los partidos los califica sólo el sistema político en que juegan. Son buenos o malos dependiendo del sistema político en el que operan. Si surgen en una democracia sensu stricto, como la de los EEUU, articulan las opiniones políticas que atraviesan la sociedad, llevando al poder aquella que es mayoritaria y de acuerdo a una representación uninominal de distrito. Si configuran una oligarquía, como aquí, devenida del diálogo de lo más innoble de las dos sensibilidades españolas, se apropian del botín que supone el Estado y no son para nada representativos de la sociedad. Un partido en una Democracia se mueve más por las opiniones de su electorado que por sus referentes ideológicos vaporosos, y cuando sólo le influya la ideología en sus acciones tal partido toma cariz de secta con suspenses prostibularios. La Democracia Clásica tenía como única ideología la pura práctica del procedimiento democrático, el diálogo de razones opuestas resuelto en votación de manos alzadas.

Hoy vivimos un cisma político irresoluble en el seno del Parlamento entre oligarcas y oligarcas. Necesitamos que la conciencia pública vuelva a establecerse sobre la base de la invariable moral eterna para que surja un diálogo verdadero entre genuinos representantes del pueblo. Todos nuestros partidos son corruptos por naturaleza, a pesar de las farisaicas jeremiadas con las que se insultan recíprocamente en una proyección freudiana, y padecen aquella misma inmoralidad que irónicamente reflejaba el gran Pío Baroja: “Un buen padre debe estar obligado a ser un poco ladrón para que sus hijos vivan bien. Lo demás es defraudarlos”. Y aunque sospechamos que todos estos extremos indecorosos de nuestros partidos los conoce ya el pueblo, debemos seguir picando a éste como tábanos socráticos, como el gran Ruiz Quintano, a fin de que no se caiga por completo en el naufragio de la conciencia nacional y su adaptación sumisa a esta corrupta partidocracia monarquizante. Por otro lado, Europa, en donde todo ya son prohibiciones y atmósfera bélica, se encuentra también en una encrucijada espiritual.

En la entrevista hecha este lunes al presidente del Gobierno por Televisión Española, entrevista que contra lo esperado no ha sido una entrevista-masaje, el presidente Sánchez, aunque no ha podido defenderse de su esencial incoherencia y cinismo, ha pedido con clamor, sin embargo, en una especie de moral adanista en estas tierras, respeto y consideración en el diálogo político, una vez que se ve profundamente odiado y vejado por una oposición furiosa, extremo este absolutamente cierto, por lo demás. Ahora bien, las formas de respeto entre gobierno y oposición contienen distintas y recíprocas obligaciones. Así, el Gobierno respeta a la oposición parlamentaria y al país en general cuando cumple con las leyes egresadas del Parlamento, garantiza la igualdad de derechos entre todos los españoles y mantiene una coherencia con su propio programa electoral. Por su parte la oposición parlamentaria debe guardar respeto y consideración al gobierno legalmente establecido, así como a las personas que lo forman. Y es verdad, palmariamente verdad, que la oposición ha faltado gravemente a un mínimo de respeto humano hacia las personas del Gobierno, en especial hacia su presidente, pero también es verdad que el gobierno ha traicionado acuerdos parlamentarios, la igualdad de derechos entre los españoles, y su propio programa electoral. Y esta falta de respeto, por tratarse de actos, que no de palabras injuriosas, es mucho peor. En una oligarquía los oligarcas negocian sus privilegios, pero no se respetan. El despotismo cínico y el monólogo faltón continuarán.