Las ha dispuesto frente a él, todas las instantáneas para revisarlas cuidadosamente. Tiene una buena colección. Abarcan desde su infancia al presente en el que decide escribir sobre ellas. Ha venido haciéndolo desde que la escritura se fue imponiendo silenciosamente en su diario. Fechas de los años cincuenta, sesenta, setenta, ochenta, y en esas cuatro décadas el mismo odio.
El libro Mis padres, de Hervé Guibert, recuperado hace unos años por Cabaret Voltaire y traducido por Delfín Gómez Marcos. Guibert, muerto en 1991 por consecuencias de un autoenvenenamiento, enfermo de SIDA, había ganado mayor relevancia con el libro autobiográfico Al amigo que no me salvó la vida, testimonio crudo de su contagio y degradación física, libro impactante en su momento por tratar sin remilgo dicho tema, tabú y temido por una sociedad que desconocía tanto la cura como la manera de sobrellevarlo.
En nuestro país, su obra literaria ha sido divulgada apenas y no es una figura reconocible para el público, exceptuando curiosos y una retrospectiva que la Fundación Loewe realizó en 2019 de sus fotografías. En general, todavía, por desgracia un desconocido.
Experto en mezclar realidad y ficción, los libros de Guibert se caracterizan por ese vaivén que dificulta el establecer cuándo es una y cuándo otra, pero en Mis padres, suponemos que mediante licencias, quiere contarnos sin medias tintas esa aversión que siente por sus progenitores. Hacia el final, como un guiño para no dejarnos seguros, dice: ‘Por supuesto, el odio con el que escribo la dedicatoria del libro es ficticio’. El rizo rizado de quien tiene la última palabra.
Es un libro que sorprende y espanta a partes iguales. Con una línea clara y desechando alardes, pasa las escenas de su vida y nos indica los personajes que van creciendo al mismo tiempo que su rencor. No sabremos los motivos concretos, pues en ocasiones son enconos fruto de una convivencia que pide a gritos acabarse, y otras son internas, venidas de un mal que no sabe si curar o dejar que afecte campando a sus anchas, pues no habrá remedio alguno. El lenguaje es simple. La voluntad de no dificultar no entorpece la lectura. En ningún momento notamos que se esfuerce en sonar natural. La escritura de Guibert no quiere enturbiar el fondo, pero es mucha su negrura.
A las anotaciones de estilo diarístico les siguen otras más novelescas, también esbozos de textos que nunca han visto la luz; hilados con disimulo, sin darnos cuenta, como suceden las vivencias, los descubrimientos y malestares, imprevisibles. Interesa poco el eje cronológico aunque sea respetado; más el vuelo constante de acusaciones y reproches entre él y sus padres, que acaban siendo ante el lector criaturas a diseccionar, figuras de las que nos es mostrado el contorno y el compendio de vísceras, sentimientos, miedos, neurosis, sin término medio. No quiere bucear con saña en ellos, porque con nombrarlos ya notamos su densidad, apenas rozada. Parece haberse acostumbrado a ser alguien rodeado de la degeneración física y moral, de la muerte.
Es un libro atrayente y perturbador, y Guibert un escritor delicado, que narra con la misma tranquilidad un encuentro sexual que la noticia de una enfermedad. Escribe como fotografiaba, en blanco y negro, definiendo con las palabras justas, dejando en la sombra lo correspondiente, sin piedad pero con amor. La fotografía es un acto de amor, dijo. Su existencia es una foto de la niebla. Late en sus frases una carnalidad, una obsesión por aunar diferentes morbos. En ellas parece que unos dedos mojados las hayan acariciado antes de que arañasen, para que dolieran menos.
La muerte ha sido fundamental en su obra. Desde el título de su primer libro, La mort propagande, como un mal augurio, hasta la trilogía final sobre su enfermedad. En Mis padres también, pero no como síntoma, sino en forma de inevitable desastre, al igual que los accidentes de los que nos es imposible apartar la mirada. ¿Realmente fueron tan despiadados? ¿Los gestos tan opresivos, las peleas tan duras? El desprecio llega a ser sangrante. Los pasajes finales del cáncer dejan mudo. Guibert aprieta y casi ahoga. No tiene miedo a decir la verdad. Viene cargada su mano con rosas, pero no hay que esperar dulzura. Sólo enfrentamiento y arrebatos, después resaca de la infamia.