Opinión

El inicio de curso

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 08 de septiembre de 2025

Volver a la universidad es volver al tiempo en que creíamos que anotando nuestro nombre y nuestros apellidos en un pliego, la vida nos los devolvería multiplicando nuestra suerte. Es la época en que a los estudiantes se les llama compañeros, tal vez amigos, acaso amores… En la universidad queda así instituido el tiempo en que apelábamos al examen académico y vital. Algunos decidimos volver y quedarnos allí.

¡Ay, el inicio del curso universitario, ese zumbido de neuronas que despiertan como abejas en un panal de cemento! Los campus se alborotan con el crujir de agendas digitales y el aroma de café que, como un dios menor, reina en las manos de los estudiantes. Los pupitres, ahora mesas de aglomerado, son islas donde naufragan apuntes a medio tomar, mientras los bolígrafos, esos pequeños toreros, lidian con la furia del papel rayado. Los profesores, faros con gafas y doctorados, lanzan sus teorías como redes al mar, pescando miradas perdidas y algún bostezo furtivo.

El timbre, claro, ya no manda; aquí el tiempo se mide en créditos y en la carrera contra el reloj para llegar al aula del edificio 14, que siempre está en otro lugar, en otro planeta. Los pasillos son ríos de mochilas, donde los novatos, con mapas en la mano, parecen exploradores en la selva de la burocracia universitaria. ¡Y las cafeterías! Templos paganos donde los estudiantes, como filósofos de bar, discuten el sentido de la vida entre sorbos de té y apuntes de última hora. Los grupos de WhatsApp se reactivan como colmenas digitales, compartiendo documentos piratas y memes sobre el próximo examen.

Sí, el inicio del curso universitario es un lienzo caótico: el rojo de las fiestas de bienvenida, el azul de las ojeras tras noches de estudio, el verde de las esperanzas de aprobar sin sufrir demasiado, por favor. En nuestras parlamentaciones de estudiantes insistíamos en el examen, en realidad pura fantasía que todos olvidan después. Es el momento en que las mentes jóvenes, como cometas sueltas, buscan su viento para volar, mientras los veteranos, con sus carpetas llenas de experiencia, saben que el verdadero examen es sobrevivir al papeleo. Y así, entre el eco de las aulas abarrotadas y el susurro de las bibliotecas, el curso arranca, cohete que despega con rugido feromonal, rumbo a galaxias de conocimiento y algún que otro suspenso, a veces. ¡Que viva el curso universitario, esa aventura a caballo entre la libertad y el caos!

Justo cuando comenzamos a darnos cuenta de que el mundo es ancho y ajeno, la universidad termina y nos invade la vaga nostalgia de los tiempos académicos, como un pensamiento especioso y litigante de estar siempre en tensión, pero como en una performance, porque sabíamos que, al final, todo saldría bien y, pesadillas y nervios aparte, nos íbamos a graduar. A la vuelta de la esquina nos esperaba la crudeza de las oficinas, las jerarquías y los agravios; quizá, por eso, un buen día tan solo unos cuantos quisimos volver, regresar allí, al lugar sacratísimo de donde nunca debimos marcharnos…