Opinión

Proporcionalidad en la guerra

TRIBUNA

José Luis Martínez López-Muñiz | Jueves 11 de septiembre de 2025

Toda guerra es una inmensa desgracia. De ahí la enorme responsabilidad de quienes la desencadenan y la de quienes, pudiendo poner medios efectivos y justos que podrían impedirla o acabarla cuanto antes, no lo hacen. Una vez en marcha, y más con las tecnologías que desde hace un siglo, al menos, se muestran cada vez más capaces de matar y destruir a gran escala, se hace muy difícil echar el freno y guardar el principio de proporcionalidad que también es considerado fundamental en las acciones bélicas. En qué consista la proporcionalidad en cada situación, ya es algo nada fácil de identificar.

Los bombardeos aliados de las ciudades alemanas durante la tragedia de la II Guerra Mundial, ¿eran proporcionados? Ni que decir tiene que murieron miles de civiles de toda condición. Y los llevaron a cabo Estados que habían entrado en ella -al menos una buena parte de ellos- para defender la libertad y los derechos humanos frente a las pretensiones de dominación totalitaria de Hitler y su Partido Nacional Socialista. Se los consideró necesarios para llegar a la derrota final que, sin embargo, tardó varios años en lograrse. Y también, seguramente, porque fue precisamente la Alemania nazi quien inició ese género de bombardeos sobre la población y los bienes civiles en su acometida brutal, que tanto costó detener y revertir. Es bien dudoso que su derrota se hubiera logrado, por cierto -y no está de más recordarlo ahora-, sin la intervención norteamericana a que finalmente no tuvo más remedio que acceder el remiso Presidente Roosevelt, a pesar de que la Unión Soviética, que primero pactó ignominiosamente con Hitler, acabara jugando también un papel relevante después de que éste se volviera contra ella.

Pero los responsables principales de la tragedia inhumana producida por los bombardeos del suelo alemán, fueron el propio Hitler y sus adictos, aunque también, si bien en medida bien distinta, la propia ciudadanía alemana que les había alzado al poder y mantenido en él, por más que, en efecto, fuera cada vez más prácticamente imposible desmontar la tiranía impuesta. Pudo discutirse entonces o podrá discutirse ahora si los aliados -incluso los más anclados en los principios de la mejor cultura de los derechos humanos- respetaron las exigencias del principio de proporcionalidad y si incurrieron también en alguna responsabilidad si no las respetaron. Sería, en cualquier caso, totalmente injusto, a todas luces, acusar su actuación de “genocidio” del pueblo alemán. Principalmente porque su acción bélica no iba contra los alemanes por serlo, sino en cuanto era imprescindible para acabar con la tiranía a que estaban sometidos, que había atacado y sometido o pretendido someter también a varias naciones libres.

En la Historia nada se repite exactamente, pero sí que se reproducen con relevante analogía situaciones y actitudes.

Tenemos hoy el lamentable espectáculo de trágicas guerras en diversas partes del mundo y, más cerca de nosotros, en Ucrania y en Palestina, más particularmente en la franja de Gaza. Y, con respecto en concreto a esta última, un creciente posicionamiento, que comenzó a ser alentado por sectores políticos de la izquierda vinculada a cuanto ha sido y representado el totalitarismo comunista, pero que ha abrazado el Gobierno español y va ganando terreno en el mundo mediático y político, también en la Unión Europea, consiste en tratar de desfigurar la realidad e invertir las responsabilidades, acusando a Israel de “genocidio” por sus actuaciones militares en Gaza, con las que trata de desarmar y desactivar al grupo fundamentalista islámico, Hamás, que domina a la población de la franja -no se sabe bien con cuánto apoyo propiamente democrático de ésta- y que reiteradamente ha manifestado de palabra y con hechos que no cesará en sus ataques a Israel hasta que Palestina sea el Estado que ellos quieren que sea, incompatible, para ellos, con la subsistencia del Estado de Israel erigido a partir de la resolución 181 de la Asamblea General de la ONU de 29 de noviembre de 1947, adoptada por 33 votos a favor (incluidos los Estados Unidos, Francia y la URSS), 13 en contra, 10 abstenciones (entre ellas el Reino Unido que administraba el territorio) y 1 ausencia, lográndose así la mayoría requerida de dos tercios.

Esa resolución decidió la organización de un Estado judío y otro árabe, otorgando un régimen especial internacional para la ciudad de Jerusalén, integrándose las tres partes en una Unión Económica de Palestina de carácter supraestatal. Pero, como es sabido, sólo llegó a hacerse efectiva en cuanto a la creación del Estado de Israel, porque, desde un principio, los territorios y Estados árabes se alzaron en sucesivas guerras contra él y la partición, siempre ganadas por Israel, generándose cambios en sus límites y acción territorial, que nunca han llegado a formalizarse sino en cuanto a partes limitadas.

Hace años que, a pesar de acuerdos de paz del pasado, sectores islamistas más radicalizados han sustituido la guerra convencional intermitente, por una guerra subversiva, terrorista y multiforme, que es feroz, permanente y, hasta ahora, irreductible, y que ha imposibilitado toda fórmula de arreglo, pues su objetivo no es sino la desaparición del Estado de Israel. Sus líderes, con cuantiosa financiación ajena, controlan y condicionan a la población palestina de diversas maneras y cuidan bien de la imagen de su acción a nivel internacional. Se explica, entonces, cómo han desencadenado la grave colisión de Gaza y que, pudiendo ponerla fin a partir de la devolución de los rehenes que aún retienen, tras los dos años transcurridos desde su cruel ataque a civiles de todo tipo del 7 de octubre de 2023, sigan sin hacerlo, tras haber ido entregando en otros momentos a algunos con llamativos gestos de manifiesto belicismo, a cambio siempre de un número muy superior de prisioneros de guerra israelíes.

Que Hamás ha utilizado hospitales, escuelas y lugares religiosos como escudos de sus acciones militares, es algo bien conocido, aunque tienda a preterirse, y no se escuchen protestas por ello. La mayor parte de las informaciones que nos llegan proceden de un lado de la contienda y no del otro. Y sí, los resultados de todo esto están siendo verdaderamente trágicos, catastróficos. Pero, ¿Quiénes son los principales responsables de este infortunio? ¿Genocidio, cuando de lo que se trata es de liberar de una dura tiranía al pueblo gazatí y palestino, tratando de acabar con quien rechaza lo decidido por Naciones Unidas, hace mangas y capirotes de los derechos humanos y se niega a cualquier posibilidad de acuerdo que dé paz y estabilidad al conjunto de la tierra palestina y de la zona?

Este mismo verano he podido ver directamente cómo el Estado israelí dedica un esfuerzo policial nada pequeño a hacer respetar en Jerusalén las mezquitas de Omar o de la Roca y de Aska y toda la explanada en que se asientan -en la que no cabe olvidar que hace veinte siglos se alzaba el Templo judío-: solo pueden acceder los musulmanes, salvo las visitas muy restringidas y controladas de turistas que permiten. Y en tantos lugares del Estado de Israel abundan las mezquitas y los palestinos musulmanes. Hay arteras restricciones de derechos para muchos de estos, aunque Israel trate de ser un Estado de Derecho -y lo sea, en verdad, en un grado que no se conoce en los Estados islámicos-, lo que debería ciertamente corregirse. Pero esto no resulta lamentablemente muy esperable en el clima de hostilidad, desconfianza y deslealtad que genera e impone el rechazo del mundo islámico al Estado de Israel.