Asistimos una vez más al teatro de la guerra, pero en una atmósfera de plena descomposición. Los drones dicen que rusos, abatidos en el territorio polaco sujeto – en todos los sentidos – a la OTAN, son lo más parecido a las viejas acciones de guerra. Hay, sin embargo, otra batalla.
En los Estados Unidos de la América anglosajona han asesinado a Charlie Kirk un activista conservador favorable a Trump y promotor de usos y costumbres hoy demonizados. Odiado por su confianza ciega en la verdad que defendía, por su ánimo para el debate, por sus ideas tradicionales. Es el más reciente, pero no hay que olvidar a Melissa Hortman – congresista demócrata – y su marido que fueron asesinados meses atrás. No hay que olvidar la violencia cotidiana que barre nuestras sociedades alentada por vientos contrarios y desgarradores.
Conozco bien el gesto de odio brutal que se esconde detrás de las plañideras victimizadas que reclaman venganza por presuntos padecimientos pasados, condición necesaria de su disposición doliente y atormentada. Es un gesto que abunda cada vez más y se extiende por todo el espacio político: es patente en la izquierda woke, pero alcanza a la derecha que dicen populista. No seré yo el que señale al que desencadenó la escalada cuya estructura trasciende a los sujetos envueltos en ella. Esto no borra la responsabilidad de los actos porque siempre es posible suspender la reacción, aunque esa suspensión parezca más allá de nuestra humana condición. Pareciera estarlo a la luz de la interminable experiencia histórica, pero aceptar esa impotencia haría la vida vana.
Se puede señalar a fuerzas ocultas que tejen la historia y gobiernan a nuestros gobernantes. De ser ocultas en sentido estricto estaríamos haciendo una apelación gratuita, si son visibles de algún modo habría que desvelarlas plenamente. Si su poder es omnímodo y nuestra impotencia completa, estaríamos nuevamente ante una apelación gratuita, si no son omnipotentes podríamos, al menos en principio, enfrentarlas. El gran capital, uno u otro lobby, el complejo militar-industrial, los muñidores de la agenda 2030… no son, desde luego, fantasmas ocultos y su poder enorme no es infinito. Cabe a este respecto una pequeña esperanza.
La lideresa von der Leyen quiere animar el cadáver de esta Europa degradada para enfrentar un enemigo externo. Sin duda, conoce la descomposición interior a la que tan eficazmente contribuye. ¿Qué habríamos de defender? ¿de quién nos defenderíamos? ¿para qué? Siglos de desarraigo han fijado el vacío sobre el que se depositan derechos abstractos, siglos que arrojan una población que no se reconoce en tradición alguna, en instituciones heredadas, ni siquiera en una lengua o en una forma de parentesco, por no hablar de una fe olvidada. La mención de cualquier rasgo de identidad – palabra nefanda – supone el castigo inmisericorde del temerario capaz de pronunciarla. Si hemos entregado toda sustancia: ¿por qué quieren alzarnos ahora?
Las naciones europeas carecen, en resumen, de toda fuerza de cohesión social más allá de la declinante potencia de los estados. No se rompen en clases sociales como quería el marxismo de antes, sino que parecen atomizadas en partículas elementales a partir de las que resulta imposible reconstruir la figura del todo. No hay obreros, pero tampoco hay españoles o franceses, ingleses o alemanes sino sujetos flotantes en el limbo de un presente infinito: sin pasado y sin mañana. La creciente población foránea – jurídicamente asimilada – contribuye a deshacer los restos impotentes de esa herencia olvidada. Acaso trasplantan sus propios usos y costumbres sobre este suelo desolado porque no es posible cobijarse en el abstracto derecho del hombre insignificante.
Los viejos sueños de universalidad revolucionaria han ido siendo tomados por la sombra vacía de los derechos humanos, la democracia liberal y la cultura global, bien administrada por plataformas digitales de alcance planetario. La Inteligencia Artificial – que se presenta como una forma separada – se convertirá pronto en oráculo y portavoz de la verdad sin mácula. Su voz es la voz de la masa de datos articulada por arquitectos de lo numérico.
¿Qué podemos hacer mientras tanto? Recuperar el cuerpo y el mundo, abrirnos al prójimo en un cuerpo a cuerpo arriesgado pero definitivo. Dar la cara.
Recuperar el cuerpo alejándonos de pantallas – televisión, redes sociales, plataformas digitales, apps que responden a todas nuestras demandas – y hacer mundo hablando con el vecino, entrando en su casa o recibiéndolo en la nuestra. Renunciar a las filigranas banales que nos ofrecen y recuperar los sentidos. Limpiar las palabras de tanta mendacidad, es decir, llamar a las cosas por su nombre y en la lengua de nuestra casa. Volver a ser y quizás mañana…