Las cualidades de las cosas cambian en relación a su cantidad o intensidad para con el hombre. Así, como decía San Agustín, el ladrón que tiene un barco de guerra es un pirata, pero si tiene mil barcos es un emperador. Lo mismo ocurre con la deuda; si debes un millón el problema es tuyo, pero si debes mil millones el problema lo tienen los acreedores que necesitan que tengas éxito para recobrar el crédito. El alarmista discurso de François Bayrou en la Asamblea Nacional nos sugiere hablar un poco del significado contextual de la deuda. Hay quienes han generado deudas tan colosales que los acreedores lo han tenido que llevar a la cumbre del poder político, para desde allí poder cobrárselas con creces. Ese fue el caso de Julio César, según lo cuenta en su libro Cicerón y sus amigos el gran erudito francés Gastón Boissier, y conquistó la Galia y explotó a los hispanos para pagar sus deudas, y así tener el mejor ejército entrenado de la República, además de absolutamente fiel. El general Carlos Francisco Dumouriez también utilizó una deuda personal monstruosa para hacerse con el mando supremo del ejército francés, conquistar Bélgica tras la batalla de Jemmapes en que derrotó a los austríacos, en la idea de pagar a sus acreedores con el botín de Bélgica, país que como parte de la Galia inventó Inglaterra para fastidiar a los galos; hasta se lo dice al amanerado Poirot un personaje en uno de los capítulos de la famosa serie. Pero Dumouriez no pudo nunca comprar el perdón de Francia por su traición a la República, y moriría en el exilio. Asimismo, el cardenal de Retz, que aprendió de sus profundos estudios sobre la obra de Salustio la importancia de saber endeudarse de modo gigantesco, gozó de un gran poder político frente al cardenal Mazarino y Ana de Austria, gracias a ese “aes alienum” del que habla Salustio, otro corrompido, como una idea obsesiva. Pero la buena memoria de Luis XIV, que recordaba lo que había el prelado hecho sufrir a su madre, hizo que el cardenal de Retz fuera apartado de todo poder político, aunque fuera protegido por el Papa. Por otra parte, el joven Primer Ministro, William Pitt, solía decir al Parlamento cuando éste se sentía atenazado por la deuda: “Cuanto más se debe, más rico se es”. Seguía un poco la idea del gran corruptor Robert Walpole, interesar a los prestamistas de todo el mundo el triunfo del león británico.
La contemporaneidad personalizó la Nación, de suerte que los derechos del hombre se convirtieron en derechos nacionales. Y no hay persona más imponente que la persona-nación. Por ello, la violación de una nación es el crimen más grande. A medida que una nación toma el carácter de una persona y se convierte en alma, su inviolabilidad aumenta en proporción. Después de la Guerra de la Independencia Americana, o Revolución Americana, la deuda de siete colonias era insostenible, e hipotecaba el futuro de generaciones de americanos. Entonces lo que hizo el gran Alexander Hamilton, uno de los tres más grandes padres fundadores de los EEUU, fue repartir la deuda entre todas las colonias alzadas, lo que colaboró de modo absoluto a la unificación de las colonias en una sola Nación. Por eso Hamilton llamó a esta deuda unificadora, La Bendita Deuda, “Bless Debt”.
Una vez convertidas las naciones en personas jurídicas, en realidad su relación con la deuda desencadena e implica los mismos efectos que a las personas particulares. A las naciones pequeñas, débiles, poco poderosas, sobre todo con Estados inestables y corruptos ( v. gr. la Argentina de Milei ) la deuda las quebranta por completo, convirtiendo a sus habitantes de facto en esclavos o vagabundos paupérrimos; lo mismo que hacía, por cierto, la situación de ciudadano insolvente en el Mundo Clásico, antes de que llegara Solón y su “seisáchtheia”. Ahora bien, si la contemporaneidad ha llevado a las naciones a ser personas jurídicas, ¿no debería también abolirse su servidumbre como a las personas de carne y hueso? Parecería políticamente justo también una “seisáchtheia” de las personas-naciones por las mismas razones que esgrimió el padre de la Constitución ateniense anterior a Clístenes. Por otra parte, a las naciones grandes y militarmente poderosas, a las superpotencias, como los EEUU, la nación con mayor deuda de la humanidad, la deuda las favorece, y por nada se esfuerzan tanto sus acreedores en engrandecer aún más a los grandes imperios deudores. Todo el complejo sistema capitalista mundial traza sus canales para que toda la riqueza mundial, traducida en dólares, llegue a la gran patria de la deuda, cuyo poder militar se debe sostener para controlar como buen gendarme el mundo occidental. En todo el comercio mundial crecen “pelos quilíferos”, por tomar una expresión de John Locke, que absorben la riqueza a favor del organismo USA, en donde están enquistados los acreedores como la famosa solitaria o taenia solium. Pues que me temo que de toda esa riqueza babilónica los americanos reciban poco. Los líderes americanos han pasado de ser hijos de Bruto a serlo de Maquiavelo.
No podemos olvidar que la remisión de las deudas ha constituido siempre una de las ideas-fuerza más importante en todas las revoluciones democráticas. Y no cabe duda que resultaría la mar de extravagante poder pensar que la idea de remisión de deudas como vórtice primigenio del huracán democrático fuera algo que el moderadísmo Solón ( qué antipáticos nos parecen hoy sus propios epítomes ) tomara de las sabias lecciones que escuchó del saíta Sonchis ( vid. Plutarco, De Iside, 10 ) durante su estancia en Egipto ( lo mismo que Pitágoras tomó su famoso teorema del heliopolitano Enufis ), pero si pensamos que los filósofos de la Francia ferozmente oligarca de Luis XV fueron los que precisamente tejieron la urdimbre ideológica de la Democracia Americana, la cosa ya nos puede parecer menos extravagante de lo que hubiéramos podido pensar al principio. Sean cuales fuesen las raíces de la Democracia y de su primer efecto, la remisión de deudas, lo que no cabe duda es que cuando Solón o Catilina, o los zelotes, tomaban como proclama de sus facciones la remisión de deudas, lo que realmente estaban haciendo era nada menos que limitar o condicionar en cierto sentido el sacrosanto derecho de la propiedad. Quizás las naciones también vayan necesitando un año jubilar. François Bayrou debía inspirarse un poco en aquel compatriota suyo llamado Clavières.