Opinión

Español, vasco, castizo

Jordi Canal | Lunes 08 de diciembre de 2008
Hace unos días se publicó en El Imparcial una interesantísima entrevista a Fernando García de Cortázar, elaborada por Juan Pablo Fusi. Dos de los historiadores más importantes de nuestro país, ambos nacidos en el País Vasco, conversan sobre mil y una cosas. En una de las respuestas, García de Cortázar asegura: “No hay ninguna otra región que pueda presentar más credenciales históricas para seguir siendo española como el País Vasco y menos para separarse.”

Bueno es recordar estas cosas en un país en el que se han impuesto, conscientemente pero también de manera inconsciente, algunas tesis defendidas y alentadas desde el campo de los nacionalismos periféricos y demasiado general y fácilmente asumidas por la ciudadanía. El filonacionalismo vasco y catalán de gran parte de la izquierda española en la postrimería del Franquismo y en la Transición –y con la que el zapaterismo ha jugado, también, imprudentemente- ha contribuido a la creación de muchos y notorios prejuicios y aprioris.

La intensa españolidad del País Vasco resulta evidente a lo largo de la época moderna. Y también en el siglo XIX. Incluso podría afirmarse que el nacionalismo vasco es, en sus orígenes, profundamente español. En el nacionalismo diseñado por Sabino Arana hay una traslación evidente de muchos de los elementos constitutivos del casticismo. La obsesión por la pureza de sangre y la exclusión del otro son dos buenas muestras: los judíos y los moros se transforman, por arte de birlibirloque, en españoles.

El primer nacionalismo vasco constituyó una sublimación de lo más genuinamente español, lo que lo convertiría, en cierta manera, en una concreción perfecta –no la concreción, sino una de las posibles concreciones, aunque asaz perversa- de lo auténticamente hispánico. De ahí, en consecuencia, la necesidad permanente de alejarse del modelo y de pensarse en extremosa oposición a España. La radicalidad, en fin de cuentas, como escape de uno mismo. No sorprende que su principal promotor, Sabino Arana, como destacó hace ya algunos años con acierto Jon Juaristi, fuera un integrista –no un carlista, como frecuentemente se ha dicho, en consonancia con otro falso prejuicio extendidísimo, esto es, el de la lógica continuidad entre el carlismo y el nacionalismo vasco-.

El integrismo hispánico es, en definitiva, la vía de conexión entre el casticismo de los siglos modernos y el nacionalismo vasco contemporáneo. La antropóloga Christiane Stallaert dedicó algunas excelentes páginas a estas cuestiones en un libro demasiado poco conocido: Etnogénesis y etnicidad en España (1998). Casticismo, integrismo, nacionalismo: ¡cuánta intransigencia!

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