Opinión

Conversaciones en el taxi

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 13 de septiembre de 2025
Las amanecidas son habitualmente propensas a las confidencias y esparcimientos cordiales. Así ha sucedido un vez más al anciano cronista en la estéticamente incomparable ciudad de la que ahora hace medio siglo tiene el privilegio de formar parte de su censo cívico.

Al preguntarle a su amable colocutor -un taxista ya en la sesentena de su laboriosa vida- si el servicio en cuestión era el primero o el último de la jornada referida, este le respondió que el postrero antes de acogerse a su bien merecido descanso. Lo hacía así después de llevar a su lugar de trabajo a un oficinista madrugador, escogido por él en lugar de un grupo de jóvenes -chicas y muchachos- que, terminadas sus horas de bailes y diálogos, disponíanse a retornar a sus casas familiares. “…Y siempre me ocurre igual”; en caso de duda, no vacilo un instante en elegir a los trabajadores en vez de los trasnochadores de bailes y guateques…

Al replicarle el articulista que con ello podría cometer en muchas ocasiones una flagrante injusticia por el justo descanso o esparcimiento de los jóvenes por él aludidos, el taxista le replicó de inmediato que aún así optaba por seguir sus inclinaciones que una larga experiencia “le aconsejaba”. Ante tal aseveración, toda prolongación de la charla carecía ya de sentido. Pero terminada la charla, el anciano cronista continuó reflexionando en la temática y, de su lado, igualmente permaneció en su posición. En no pocas circunstancias de la vida en sociedad, el descanso, incluso en forma de “jolgorio”, es de por sí acreedor al máximo respeto y hasta a la amable aceptación. En la coyuntura de nuestros días, la convivencia plantea en dicho extremo un dilema arduo de resolver, a menos para el arriba firmante.

Hay épocas caracterizadas por una autoexigencia moral superior de la gran mayoría de sus integrantes. La nuestra no se incluye, ciertamente, en tan reducido y selecto elenco. Pero no por ello debemos contentarnos con tal situación, sino, por el contrario, pretender redimensionarla con la aspiración a metas cada vez más elevadas. En estos días en que asistimos, pese a las desgracias de toda suerte que nos rodean, al alborozado comienzo de curso en las escuelas y colegios de la ancha y amada España, bien podríamos, desde luego, colocarnos como un deber inexcusable la vieja consigna de muchas de nuestras generaciones anteriores “Plus ultra”. Siempre se ganará más que se perderá con tan estimulante divisa.