El último libro de Marcos Giralt Torrente regresa al territorio autobiográfico donde ya alumbró libros de alto vuelo, como fue su Tiempo de vida, y el anterior al que aquí se reseña, Algún día seré recuerdo, donde la gravedad y el cómputo de recuerdos se daban la mano para componer páginas de gran maestría narrativa. Sus libros, el total, son fácilmente acusables por la tardanza con la que los lectores los recibimos, por la excesiva demora en la que Giralt Torrente, por razones diversas, se escuda para llevarlos a cabo, pero el resultado acaba valiendo la espera.
Los ilusionistas se coloca al frente de sus mejores títulos por la serie de incisivas recreaciones del ámbito familiar, el terreno más trabajado y al que más ha acudido a lo largo de su obra, a corazón abierto en este caso, tratando la parte materna. Puede jugar en su contra la baza que promete: que el lector que desconozca de su legado familiar se pierda, que no desee avanzar entre los intrincados envíos y respuestas epistolares del primer capítulo, que le lanza de lleno a uno a los inicios de ese matrimonio a la contra de las convenciones sociales de la Galicia de principios del siglo XX y su desarrollo hasta pasada la posguerra española y la actualidad, la intimidad soldada entre madre e hijo. El lector paciente se verá recompensado.
Reflexión del pasado en el que las historias familiares remozan lo que una vez fueron motivo de agravios y austeridad sentimental y enfados prolongados en el tiempo. Las dificultades que este pone por el silencio que se gana a modo de cómplice. El tiempo mismo, que Giralt Torrente dedica a sus abuelos, y con más devoción a los cuatro hijos de estos; a su tío Gonzalo Torrente Malvido, a su tío J., a su tía M. y a su madre, las dos últimas recibiendo los capítulos más emotivos y regocijantes dentro de una pesquisa que no evita los pormenores afectivos y el señalamiento de las abundantes zonas de sombra que ensanchan su negrura como el moho alimentado de humedad. ‘Y, de todas formas, el tiempo se deshace a nuestro paso. El presente impone leyes que el pasado no comprende. Lo que queda atrás […] se desvanece. Es así en el transcurso de las generaciones, pero también en el de una vida. Espectros que caminan con nosotros hacia su disolución. Como dice Beckett de las palabras: «Una innecesaria mancha en el silencio y la nada»’.