Por estas fechas, hace veinte o treinta años y en mitad de una columna, Francisco Umbral solía contar que ya había enviado a Planeta el libro que nos había anunciado poco antes de agosto; mes aprovechado para el remate de estos tomos anuales gracias al asueto de la paginita diaria en El Mundo, y antes en El País, y mucho antes, en La Vanguardia y, remontando calendarios, hasta llegar a las oficinas de El Norte de Castilla y a la revista del SEU, cuando apenas sumaba veintidós años y Ava Gardner sublevaba las pistas del Pasapoga y del Casablanca, de taxi en taxi y con un enano rijoso. Desde entonces, Umbral jamás descansó; no podía. Pues, como me lo definiera Javier Krahe una noche de velador y whisky, Umbral no era un escritor sino un grafómano. Cesar de teclear su Olivetti, aunque fuese por un día, le suponía descender a la insoportable desolación de una infancia avergonzada y enfermiza allá, en Laguna de Duero, a una escolaridad interrumpida para eludir estrecheces y a las hoscas soledades de una Valladolid de sesión continua, tufo a zotal y cantos imperiales que sonaban más bien a almas desnutridas. Un tiempo demasiado acerbo para no sepultarlo jornada a jornada ametrallando palabras sobre la máquina portátil. Y tanto daba que fueran ingeniosidades del golfillo del final de la barra o extraídas al albur de una gruesa antología de poetas con gola velazqueña, lo excepcional, lo que convertía a Francisco Pérez Martínez en Paco Umbral es que aquellas palabras escogidas por su rabia de perpetuo hospiciano para redondear una frase o para estampar a un preboste tomando posesión siempre sonaban con una gracia tan nueva y tan precisa que, a la mañana siguiente, ya las propagaban las emisoras del país y, de inmediato, el paisanaje entero con una asiduidad imprevista.
Umbral no fue un intelectual; no pudo; primero las precariedades y luego las urgencias de redacción se lo impidieron; de modo que sus concepciones ideológicas no superaron lo escuchado en una conferencia o en un circunspecto cocktail o en un libro de esos de candente actualidad. Tampoco un novelista; sus relatos no excedieron a un Umbral trasladado a ámbitos ensoñados o entrevistos, y menos todavía, un biógrafo; sus títulos de este género se quedaron en sutiles etopeyas y astutas relecturas de sus autores predilectos, donde el dato concreto se ausentaba por innecesario. La verdad; Umbral, con un empeño insomne, no escribió otra cosa que sus memorias, veras o ficcionadas, y con tal descaro y porosidad —su oficio de jornalero de la página se lo imponía— que se tornaron en el escaparate donde la nación descubría, cada mañana, desde lo más empingorotado hasta lo más chocarrero tras un dengue de malicia. De manera que Umbral no alcanzando para escritor de género, acabó siendo un género en sí mismo; nacido de la intuición y del oído, del aprecio por lo insólito y la atención ante lo nuevo, y por encima de todo, del apremio por la entrega cotidiana de las cuartillas al periódico de turno para ganarse la manduca. Visto así, su mérito es enorme, porque, ante tal aprieto, incurrir en lo manido es lo corriente, pero convertir lo consabido y lo vulgar en resultón y hasta en sorprendente es lo excepcional; y ahí se ubicó cimero Umbral. Lo malo ha sido la secuela de imitadores que nos empalagan todos los días con sus cotidianidades de puro bostezo en los periódicos del país e incluso en las televisiones, dándoselas de ingeniosos cuando su prédica no va más allá de la de un feriante sin fortuna y, a veces, ni eso.
En cuanto a Umbral, a la par de sus memorias interminables, le fue naciendo el personaje; sus admirados Valle-Inclán y Gómez de la Serna se lo habían prescrito, y su mentor en tantas lides, Cela, se lo explicó sin decírselo, y tras todos estos, aquel niño desvalido y ocultado en un pueblo friolento de la alta Castilla se lo exigía con aullidos de dolor. Y ante tales demandas no cabía otra que transformarse en el Paco Umbral mundanal y callejero: un tipo que lo mismo se retrataba en cueros vivos bajo sus gafas de culo de vaso o que despotricaba con aquella voz de autoridad en trance de suspender la fiesta; un personaje construido en los espejos de la egolatría y en el aspaviento de la impertinencia, y con tal tino que acabó convirtiéndose en imprescindible para cualquier sarao gubernamental o aristocrático. No obstante, detrás había otro hombre llamado Francisco Pérez Martínez, frágil hasta la temeridad y anhelante de comprensión. A ese Francisco fue a quien traté una tarde de agosto, cuando los pájaros del Paseo de Recoletos se desmayaban bajo un calor vietnamita y Madrid dormitaba un vacío espectral. Hablamos —o mejor y para mi asombro, hable yo; él escuchaba con meticulosa atención— de literatura, sin tiempo y con esmero. Quedamos en vernos más veces para proseguir donde lo habíamos dejado; no hubo ocasión. Una verdadera lástima.
Quizá por eso, por esa cita pendiente, ahora, varias décadas después y vencido este último agosto, recuerde aquella tarde en el Gijón y con el gran Pepe Díaz como sobresaliente de espadas; o quizá, por habérseme pasado, durante este mes de abril, que hace veinticinco años le concedieron el Cervantes, premio enjugador de muchas de las amarguras de Francisco Pérez Martínez; sobre la pasarela y en los anaqueles, Paco Umbral.