Opinión

Fuego griego

Martes 09 de diciembre de 2008

Tal era el nombre de una solución a base de nafta utilizada en la antigüedad, cuya principal virtud era que ardía incluso sobre el agua. Arquímedes mejoró la fórmula durante el sitio de Siracusa, aunque no le valió para conservar la vida, que perdió cuando los romanos tomaron la ciudad. Un ardor semejante se extiende estos días en las principales ciudades de Grecia. La muerte de un joven de 15 años por disparos de la policía ha encendido la mecha de unos disturbios que el gobierno heleno parece incapaz de contener. La detención de los dos agentes implicados en el incidente que costó la vida a Alexandros Grigoropoulos no ha apaciguado en absoluto los ánimos, por lo demás, caldeados desde la oposición.

Hay cosas que no varían, independientemente de la demarcación geográfica donde sucedan. Es un hecho que la izquierda ha sido siempre quien más y mejor se ha movilizado. El único que osó llevar la contraria a semejante máxima universal fue Manuel Fraga, en su etapa como ministro con Franco, cuando dijo aquello de “la calle es mía”. Craso error. La calle es de la izquierda. De hecho, la actual situación en Grecia se inició con unas protestas juveniles de socialistas y comunistas. Es más, Alexandros Grigoropoulos murió cuando intentaba arrojar un coctel molotov contra un furgón policial, junto a otros 30 “pacifistas” armados con piedras. Con todo, su muerte es un hecho terrible, y más si se considera que podría haberse evitado. Empiezan a ser costumbre las tácticas de guerrilla urbana empleadas por los denominados “grupos antiglobalización”. Todo vale a la hora de manifestarse, si es en pos de una causa “de progreso”. No hay más que ver el estado de escaparates y mobiliario urbano tras el paso de una de estas “hordas pacifistas”. A lo que hay que añadir los enormes costes que los destrozos suelen ocasionar. Lo peor es la irresponsabilidad de determinados políticos que exaltan los ánimos de los más jóvenes con soflamas incendiarias y violentas. Hay otras formas de manifestarse. Gandhi, Luther King y otros muchos demostraron al mundo la fuerza de la palabra sobre la violencia. Y esa es una lección que está más vigente que nunca.

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