Son tiempos convulsos. Difíciles de tratar. Hay cínicos, indóciles de único pensamiento que, además, o piensas como ellos, o pierdes la libertad de opinar. No me gusta lo que veo más allá de mi pesar. Una corriente extrema se apodera de la verdad y con ello la voluntad de respetar. Si eres ajeno, lo pagas igual; y si de propio te haces notar, el precio del desorden has de pagar. Fruto de ello la humanidad se guarda en crispación, pero con impasible frialdad.
Extraño presente el de hoy, donde las castas se mezclan sin importar contrarios linajes a la hora de gobernar. Ansias de poder, lo llaman unos, mientras los otros hablan de polaridad. Es como hermanar bestias brindando con aguarrás. Es el mundo actual. Guerras, conflictos entre muertos y vivos, pesares, amarguras, se jalea el mal, se socavan los méritos premiando al vulgar. Matanzas de inocentes a manos de un Herodes de cualquier lugar. ¿A quién queréis más, a Jesús o a Barrabás? Y la maldad se anticipa desde temprana edad, mientras los pueblos se llenan de lutos y la avaricia ciega jadea de placer entre defensores de apetitos malquistos. Vasallajes de mentiras, energúmenos como fieras, taimados personajes y profanadores de vidas, que a bribones nadie les gana. Y ahora nos hablan de guerra. Otra vez, a mí, que ando a la vergüenza de no herir el celo de la madre tierra.
Hoy, el hombre vano se pierde en halagos. El hombre ávido, el avaro, el cínico, la molicie y el estado se hinchan, sin hartazgo. El delincuente goza protegido por dirigentes extraños entregados a la lujuria y al engaño. Si obras son amores, el malogro de nuestra existencia es el propio egoísmo, por cierto, conocida enfermedad de la codicia. Mientras tanto, hoy, la pobreza decente vaga en silencio del olvido, mientras que la otra, la envuelta en acomodos y ornatos, exige e incluso delinque. Los jóvenes quieren volar con alas de barro, tocar la fama sin tiempo que perder. Quieren conseguir riquezas sin desventuras ni riesgos que correr. No conviene hacer caso del rumor del mundo, pues lo evanescente se diluye en un soplo, mientras que lo físico es creación, conocimiento y trabajo.
Insensatez de la ambición. Gritos de locura. Crispación, violencia, ideologías que envuelven tiranías. Nauseabunda libertad controlada. Democracias en horas bajas. Autocracias sin ninguna gracia. Extraños en las esquinas que apuestan por el desprecio. Lección de desengaño sobre las vanidades del poder. En suma, son locuras de un vértigo fuera de control. A partir de aquí, una sola ideología recorre el mundo haciendo valer que los demás, los que aplicamos libertad en nuestra conducta, no somos nadie.
Corred, ahora, mortales, llenad vuestros corazones de grandiosos proyectos que a la sazón servirán de resignación. Y así, al igual que sonaron las siete trompetas de la ira, también se van los sueños de Calderón, que lo de soñar es fruto del quijotismo. Riquezas y tesoros de nuestro pasado, hoy atribulado por indecentes e insolentes, que ni en culturas reparan, ni en juicios se gastan. Sucios tiempos nos tratan, peores expectativas nos iluminan, pues a falta de caudal en políticos de medio pelo, son las mentes de modorros las que fijan necedades sin rodeos. Los necios de redoble, nueva estirpe dondequiera fijen residencia, nos traen y llevan por indulgencia de género, pues da igual el desfavor de los actores, más empeñados en su melifluo desgobierno a órdenes de terceros para que vayamos a la guerra a la que nunca van ellos, por cierto.
Y es que la verdadera guerra comenzó hace ya tiempo. Cada vez menos cosas nos unen y la cosa va en aumento. Se polariza bajo la consigna del momento. La violencia se sacude el polvo merced a un único pensamiento. Nada importa de dónde se venga, hacia dónde se vaya; la excitación se envilece, la violencia campa a sus anchas. Esto sigue siendo la feria de Valverde: el pueblo paga la cuenta, y el que más pone, más pierde. Nos queda algo de prosa, como medio de calmar fieras, pero el mundo achica espacios. Estúpidos humanos quieren que sea la guerra la que venga a salvarnos para darle a la muerte motivos sobrados. ¡Qué asco!, ¡Qué gentuza! Cuánto necio asilvestrado tratándonos como siervos, como rehenes y esclavos. Conmigo que no cuenten, mi guerra es otra por mucha Europa que se empeñe.
Y vendrá la guadaña; ha de venir para llevarse a los facinerosos que, por méritos propios y su gula de poder, nos traen la destrucción para recreo de cínicos, necios y locos.