Google reprodujo íntegramente este artículo aparecido en el diario La Razón. Su autor es Luis María Anson, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Para conocimiento de los lectores de El Imparcial, lo publicamos a continuación.
No quiero entrar en el debate histéricamente politizado sobre la inmigración. Está claro que, aparte el cumplimiento de la legalidad, habrá que mantener el respeto a los derechos humanos. Los inmigrantes hispanoamericanos no son inmigrantes. Son nuestros hermanos y como a tales hay que acogerlos. La historia, el idioma, la religión y la cultura así lo exigen. A los chinos, indios, indonesios y africanos hay que tratarlos, en todo caso, conforme al derecho internacional humanitario. Incluso a los islámicos, que en el año 721 invadieron la península ibérica mientras los soldados del Rey Rodrigo “desmayaban y huían cuando en la octava batalla los enemigos vencían”. Durante ocho siglos los cristianos combatieron a los musulmanes para expulsarlos de España.
A los negros, sin embargo, les dimos un trato oprobioso. En mi libro La negritud publico una carta de Su Majestad Católica el Rey de España solicitando a Su Majestad cristianísima el Rey de Portugal dos millares de esclavos negros para las plantaciones españolas en Cuba. El Monarca luso contestó que los podía “cazar” fácilmente en Guinea, pero que carecía de barcos para transportarlos. El Monarca español escribe al Rey cristiano de Holanda que ofreció las ergástulas de sus barcos, a fijar el pago por “tonelada de carne humana”. Es posible que el pasaje más miserable del Occidente de Inglaterra, Francia, Portugal y España sea el secuestro de los africanos para esclavizarlos en América.
Así es que estoy al lado de los negros. Tiembla la negritud desde Senghor a Césaire, desde Morrison a Soyinka. A los inmigrantes negros, les digo con Pablo Neruda que me dejen “hundir las manos que regresan a la maternidad, a su transcurso, río de razas, patria de raíces, tu ancho rumor, tu lámina salvaje, vienen de donde vengo, de las pobres y altivas soledades, de un secreto como una sangre, de una silenciosa madre de arcilla”.
Fui corresponsal de guerra en 1964 durante la contienda del Congo. Trabajaba en aquella época para el ABC verdadero. Allí, en las tierras congoleñas, entré en contacto con las culturas de la negritud. En una aldea de la selva tropical asistí a la danza de la fecundidad, esencia de la cultura del ritmo negroafricana, que frente al Dios creador del cristianismo, defiende al Dios engendrador del animismo. Fue una noche inolvidable de luna llena y recuerdo que escribí: la virgen más joven de la tribu, esbelta como una liana verde, danzaba al ritmo del tam-tam. Era una frenesí de fruta fresca. Parecía la llama de una hoguera. Los ojos le brillaban como ascuas mientras la luna se le derramaba a puñados por su piel de leche negra.