Opinión

Sellers: el hombre que no debía estar allí (IX)

TRIBUNA

Alfredo Arias | Sábado 20 de septiembre de 2025

Estando allí, el final en el lago

Ya que bordeamos los límites entre vida e interpretación, hablemos algo sobre la construcción del personaje de Chance. Según deja ver Llámame Peter, el actor jugó con varias posibilidades a la hora de concretar su aspecto y maneras –ya que en lo interior no debía añadir gran cosa– hasta que su memoria se detuvo en los recuerdos del padre, aquel ser callado y en segundo plano, ensombrecido por la personalidad de Peg, y que aun así, llevaba su vida a su modo, introvertido, poco comunicativo, pero solícito y dulce. Algo de homenaje retardado y abrazo silencioso si lo miramos bien. Sin embargo, algunos próximos a Sellers aportan otra versión o bien complementan aquélla; según Harry Secombe (Goon Show) en el citado documental, que es a quien se lo confesó, el tributo correspondería a un célebre actor del cine mudo con quien compartió algunos tés en su retiro de Santa Mónica (en 1964, durante la estadía de Sellers en Hollywood, tiempo del rodaje fallido de Bésame, tonto), profesándole una amistad y admiración que no disimulaban su gratitud al maestro: un senil y melancólico Stan Laurel. Coincide con ello el actor David Lodge, quien añade otra pista: Sellers contrató en tiempos a un jardinero de gran sabiduría natural, que caminaba siempre muy rígido, el señor Doobry, y al que gustaba preguntarle por la vida de su propio jardín. Nuestro actor no recurrió a un sombrero hongo para Chance por casualidad (era característico de Laurel), pero en opinión de Lodge, Doobry acabó de cerrar el dibujo.

Se conserva una deliciosa fotografía del encuentro californiano entre Sellers y Laurel; ambos miran a la cámara contentos, sonrientes; el brazo del primero rodeando al segundo como recogiendo el testigo. Hubo sonrisas, sí, pero también, entre taza y taza, chocaría con el rostro cansado, castigado, taciturno del viejo payaso. Hay algo de esa tristeza extraña, casi imperceptible, en la mirada de Chance, mezclada casi turbadoramente con el asombro de unos ojos que recuerdan a los de un niño que se asoma a un mundo donde todo es nuevo. El doble signo de Hestia: el más joven y el más anciano. Es, por otro lado, un rostro de alguien que recuerda a Sellers, pero que no se parece a ningún otro de sus avatares.

A Michael Palin (de los Monty Python) le admiró la capacidad de Sellers de actuar con una calma sorprendente –y una voz tan pausada–, transmitiendo empaque, quietud, midiendo, calibrando al mínimo las expresiones, el asomo sintomático de un mero movimiento facial, para la elaboración del personaje. El cenit de esa composición llega sin duda en el momento en que Chance asiste personalmente a la muerte de Rand (que no aparece en la novela) mientras le toma la mano. Por primera vez no finge, no se adapta; se emociona y se le enrojecen los ojos, dados los vínculos que ha creado con este hombre que le ha tratado con cercanía. Ver a Sellers sin alterar en mucho la expresión neutra, respondiendo frases circunstanciales al médico mientras le salen las lágrimas y sus ojos se mueven para intentar enjugarlas y contenerlas, es la medida con que podemos ponderar a este gran actor, porque no pasa nada y como tal se toma (apenas unas lágrimas); lo que ocurre, sin embargo, es que Chance las acaba de descubrir en sí mismo y está pasando todo. Y se transmite en ese concreto minuto.

Shirley MacLaine aceptó el papel de Elizabeth Eve porque, según sus palabras, quería saber cómo trabaja un genio. No sólo se produjo una buena conexión profesional; la amistad con Sellers fue más allá de la superficie. Un día, en el salón de su casa, mientras socializaba con unos amigos sintió de repente una sensación extraña, como si Peter estuviera allí; fue momentos antes de recibir la llamada que le comunicaba que había fallecido. En cuanto al otro coprotagonista, Melvyn Douglas resultó ser el único que consiguió un oscar (al mejor actor de reparto) por su interpretación tan matizada, también tan auténtica, de Benjamin Rand. Él, que había hecho reír a Greta Garbo –cayéndose de una silla a lo Sellers– en la Ninotchka (1939) de Lubitsch, lograba otro baño de reconocimiento cuatro décadas después. El mismo que merecía Sellers, quien no se tomó tan a bien como lo hubiera hecho Chance la incomprensión y el despecho, aunque quede para la valoración de sus seguidores un prestigio aún mayor que el de haberlo recibido: logró convencernos de que un personaje con todas las bazas para parecernos cómico, digno de lástima, ridículo –y eso podría conseguirlo con un pestañeo–, era capaz de inspirar sobriedad, respeto y flujo de admiración. Ésa fue, en realidad, la última imagen que nos dejó de él en su cine: la de un señor, un señor diferente, pero aun así.

Fundido en blanco

Es seguro que el lector se habrá dado cuenta de que no he hablado tan en exclusiva de Sellers como pudiera haberme propuesto. Sellers se escurre, se escapa (he recurrido más de una vez, para su comprensión, a otros artistas y motivos). Pero está bien que sea así. A fin de cuentas, qué son unos egos, pequeños o grandes, más que hinchadas o pequeñas partículas de agua, individualizadas sí, pero al cabo destiladas en ríos, pequeños y grandes, característicos, sí, pero al final dando en la mar –como trovaba Jorge Manrique– inmensa e informe… Discúlpeseme el arrebato Nueva Era, pero ¿qué distancia hay entre el todo y la nada? El blanco (el sin-color), ¿no es la fusión de todos los colores? Ser todos y no ser ninguno, salvo acaso un hombre vacío como Chance.

Sí, ha quedado bastante zen, pero se correlaciona con un aspecto del puzle sellersiano que precisa añadidura. De una generación anterior a los Beatles, era recibido por el grupo como el amigo-hermano, el bicho mayor (que además bebía y se ponía tanto o más que ellos) y a quien también rozaba el entusiasmo por las filosofías orientales en los sesenta, lo ya tratado en el estudio de El guateque. Teoría de los grados de separación a aplicar: estaba, ya decimos, muy próximo al grupo, sobre todo a Ringo, y éstos en su momento al Maharishi Mahesh Yogi; tan es así que las canciones del Álbum Blanco surgieron durante y tras el período de introspección y encuentros con el gurú, en la primavera en que se estrenaba The Party. Ringo se molestó en regalarle una maqueta no definitiva del disco para que fuese el primero de quien recabar opinión, hoy conocida como The Peter Sellers Tape; lo que en sí dice bastante: su interés poco epidérmico por el orientalismo para empezar y el que fuera también un consumado practicante de yoga, para acabar. Es fácil suponer, por tanto, que alguna lectura o alguna charla le develasen que el yo, que la personalidad no deja de ser una ilusión, como el mismo mundo, maya, lo que probablemente endulzaría su sensación de carencia, y que alcanzar el nirvana corresponde a desposeerse de todos los enganches, mismidad incluida.

Alguna pieza más para el encaje: existe una sabia secuencia transmitida por la tradición que cabe titular Los diez grabados zen de búfalos; sus versiones son variadas, aunque en lo esencial se circunscriben a lo mismo, una especie de terapia para escapar de la angustia y llegar a la suspensión en el todo. El maestro de T´ai Chi, Al Chung-liang Huang resumía en 1973 (La esencia del T´ai Chi, trad. Alejandro Celis, Santiago de Chile, Cuatro Vientos, 1980) el desarrollo de estas láminas: en la primera y segunda, un niño se encuentra en medio de la naturaleza, muy alejado del sendero; ha perdido su búfalo y resuelve caminar en una sola dirección en su búsqueda. En la tercera, atisba la cola y el lomo; finalmente un cuerpo fuerte, indómito, oscuro (su propia naturaleza). En la cuarta, niño y animal se observan, se estudian. En la quinta se ejecuta la doma mediante un acercarse y alejarse, más un diálogo que una imposición (el búfalo ha graduado su tono hasta lo gris). En la sexta, el niño regresa a casa a lomos de la bestia; en la séptima, ya en el hogar, el búfalo es blanco o ha desaparecido; en la octava, el niño, ya hombre tras la prueba, también desaparece; todo ha llegado a lo esencial y se disuelve; en la novena se sugiere el regreso de alguien que ya no interfiere en la naturaleza; en la última, ese ser es un viejo que parece estúpido, desnudos su torso y abdomen, un descalzo errante sin caminos, un tipo ridículo e insignificante con los ojos muy abiertos, pero que al señalar unas ramas invernales, sus flores se abren en el acto.

En realidad, tras segregarte del mundo de esa manera, éste sólo te puede ver como un idiota. Y por conectar con nuestro Sellers, hay que ser muy confiado para suponer que su sorpresiva reescritura de las réplicas al personaje de Welles en Casino Royale transmitiera sentido alguno salvo para sí mismo: «No olvidemos que el mendigo que está sentado a la puerta del mercado está completamente sordo al suave arrullo cantarín que procede de la garganta del ruiseñor», «el mendigo sentado en la plaza del mercado está sordo al canto del ruiseñor». Es una lección reiterada, casi un mantra oriental (pronunciado con acento chino), no una estrategia, y Le Chiffre-Welles no encuentra en ella relación con el juego, acaso porque iba más dirigida al actor que al personaje. Pero Bond parece eso, un idiota. ¿Pretendido? Desde luego, era el Bond improvisado de Sellers, descorchado de la etiqueta convencional. En todo caso, si a Welles los directores le permitieron lucirse con sus amados trucos de magia, sin venir a cuento, ¿cómo no iban a consentirle a Sellers soltar estas extemporáneas fórmulas? Todo cabía, al final, en aquel cajón de sastre ‒o desastre‒ que fue la película.

El blanco, el todo, la nada. La cara blanca de Pierrot (Bowie, que también fue mimo, declaró su fascinación por la icónica máscara, dando, como nadie, en el clavo: «Soy un Pierrot. Soy cualquier hombre»). Así también, la espuma blanca de The Party que borra los perfiles. El búfalo blanco, invisible cuando no. El disco Blanco de The Beatles. La hoja en blanco de Gardiner. El mundo visto como ficción a un lado y otro de una pantalla que se llena y se vacía en un segundo. «Life is a state of mind»… La vida es un estado de la mente. Bakshi era el idiota poetizado; Chance va a ser el trascendido; ahora veremos cómo hace eclosionar a sus flores.

Con ello vamos llegando a los últimos pasos de Sellers, y como he dicho antes, conviene registrarlos en el cine, si es que entendemos su voluntad. Fijémonos ya en el final de Being There y convengamos en que le ha costado años, prestigio, sudor y lágrimas llegar hasta allí. Era su Chance (de hecho, su ocasión) y no corresponde, ya dije, con el final de la novela, ni tampoco con el del guion de Kosinski; por eso prefiero pensar que se trata de la última sugerencia, la última improvisación de Sellers.

Rand ha fallecido; asistimos al protocolo de su entierro; poderosos amigos cargan con su féretro hasta el panteón en los exteriores de la casa, mientras conversan a media voz sobre la idoneidad de Chance para las presidenciales, a la vez que el mismo presidente, ajeno a estos amaños, va leyendo desde una tarima el discurso funeral del difunto, unas palabras sentidas y profundas, tal vez fruto de la serena influencia del huésped. «He oído la palabra señor más a menudo que la palabra amigo…». Chance ha abandonado silenciosamente el grupo y pasea por un bosque colindante. «…He conocido reyes. Durante esas conferencias, he reprimido pensamientos extraños: ¿Le ganaría en una carrera? ¿Lanzaría una pelota más lejos que él? No importa cuál sea nuestra fachada, todos somos niños».

Sí, de nuevo la infancia persistiendo, acusándonos, reflejándonos en lo sustancial. Por ello debemos de ver esta última escena con ojos asombrados, ya que de no hacerlo nos hundiremos, por ejemplo en una explicación simple: el saliente sumergido de un embarcadero. Así que insisto, no lo hagamos o nos hundiremos.

El jardinero llega hasta el borde de un lago, se inclina ante un arbusto deteriorado en la orilla, lo corrige y sin más comienza a andar sobre el agua. «…Cuando era pequeño, me dijeron que el Señor nos hacía a su imagen y semejanza. Entonces fue cuando decidí fabricar espejos. Seguridad. Tranquilidad. Un buen merecido descanso…». Tras unos metros en esa suspensión Chance-Sellers se detiene y hace una prueba: sumerge su paraguas hasta el mango, luego lo vuelve a sacar despacio, a la vez que se escuchan las últimas palabras funerales, las que hoy están grabadas en una placa sobre la tumba del actor: «La vida es un estado de la mente».

Un hombre sin peso sobre la superficie del agua.

No estaba allí. Quizás nunca estuvo.