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José Varela Ortega, galardonado con el VI Premio 8 de Octubre

SOCIETAT CIVIL CATALANA

EL IMPARCIAL | Miércoles 08 de octubre de 2025

Societat Civil Catalana (SCC) ha concedido el VI Premio 8 de Octubre a José Varela Ortega, editor de El Imparcial y reconocido historiador, en reconocimiento a su “inamovible compromiso con el Estado democrático de derecho” y su defensa de los principios y derechos fundamentales recogidos en la Constitución Española.

El galardón, que conmemora la histórica manifestación del 8 de octubre de 2017 en Barcelona —movilización ciudadana a favor de la concordia entre españoles y en contra del proceso separatista—, fue entregado este martes en el Espacio Abante, junto a la Puerta de Alcalá en Madrid, en una ceremonia en la que también participó la prestigiosa historiadora Teresa Freixes.

El presidente de SCC, Álex Ramos, destacó la aportación de Varela Ortega a la convivencia, su coherencia intelectual y la firmeza de su trayectoria pública en defensa de los valores democráticos. “En un momento de enorme polarización, con el separatismo condicionando la gobernabilidad del país, los ciudadanos necesitamos referentes capaces de poner su prestigio y credibilidad al servicio del bien común”, afirmó Ramos.

Trayectoria de un referente intelectual

José Varela Ortega (Madrid, 1944) es historiador, ensayista y editor. Nieto del filósofo José Ortega y Gasset, ha dedicado gran parte de su vida al estudio de la historia política española contemporánea y a la divulgación de ideas democráticas, publicando obras de referencia sobre la historia del liberalismo y la monarquía en España.

Fue fundador, junto a su madre, Soledad Ortega Spottorno, de la Fundación Ortega y Gasset, institución clave en el debate intelectual español, que él mismo presidió.

Además, desde su responsabilidad al frente de El Imparcial, Varela ha defendido un periodismo comprometido con el análisis riguroso y el respeto a la pluralidad democrática. Su labor académica e intelectual le ha valido un lugar destacado en el panorama cultural y político del país, donde es considerado una de las voces más sólidas en defensa de la convivencia y el marco constitucional.

Con este premio, la SCC reconoce no solo una trayectoria vital vinculada a la reflexión crítica y el compromiso democrático, sino también la vigencia de una figura intelectual capaz de tender puentes en tiempos de división.

Discurso íntegro

Por su interés reproducimos a continuación el discurso íntegro pronunciado por José Varela Ortega en la ceremonia de entrega del VI Premio 8 de Octubre:

"Con independencia de la excesiva generosidad que supone la concesión de un premio, (para el cual mucho se debe a la generosidad de Teresa Freixes, incrementada por Ignacia de Pano, Miriam Tey, Sergio Fidalgo, Françesc Martínez y Antonio Robles, entre otros muchos catalanes valerosos y constitucionalistas, valga la redundancia), y fuera también del profundo agradecimiento que me suscita, quizá sea oportuno señalar que los temas que están detrás de la intención y esfuerzos de la SCC no pueden ser más oportunos. Por eso, lo que sigue, a modo de agradecimiento, y pequeña contribución a la SCC, es el cuestionamiento de ciertos planteamientos y actuaciones que nos dejan asombrados: o, mejor, estupefactos, porque parecemos como bóvidos que ven pasar, entre caña y gamba, el tren de los disparates con cara y gesto de bobalicona indiferencia.

Antes de comenzar, anotemos la última locomotora del desafuero: la peregrina idea que se puede gobernar sin presupuestos. Pero, ¿y recaudar? ¿Eso, en cambio, sí se puede? Y uno que creía que la vetusta y representativa asamblea se reunía desde el siglo XII, precisamente, para parler ensemble sobre recaudar y reclutar.Un buen abogado mercantilista y mejor amigo, me señalaba algo elemental: que no presentar las cuentas en una sociedad durante varios ejercicios es causa de disolución de la misma. Aunque, lo mejor es que lean el artículo de Teresa Freixes que aparece colgado desde ayer en EL IMPARCIAL.

Pero, empecemos por el Cap. I, el de los adjetivos: ¿Puede llamarse Progresista a este revoltijo contradictorio entre socialistas y nacional-populistas? ¿De veras?, ¿en España? ¿En un país donde, precisamente, y desde 1835, con ese nombre de Progresista se conocía al partido -y desde 1868 a la coalición- que proclamaba la soberanía nacionalespañola [el subrayado verbal es mío]? ¿Puede utilizarse tal calificativo con la intención opuesta a su historia, propósito y sentido original? Lo asombroso es que no encontremos ni siquiera una excusa al hecho insólito de utilizar tal calificativo político con la expresa intención de revertir lo que durante un siglo fue el principio cardinal de la izquierda española.

¿Y qué podemos decir del Cap. II.- o la peculiar coalición entre socialismo y nacionalismo? Ya sabemos que el objetivo estratégico de la retorcida operación, consiste en una redición del pacto del Tinell, con la intención de cambiar de socio constituyente para bloquear la alternancia y destruir la democracia parlamentaria actual, liquidando el llamado “régimen del 78”,sobre la base de zurcir, en su lugar, una suerte de estado plurinacional, sub especie de una confederación [in]vertebrada por el derecho de autodeterminación de cada una de sus partes. Sin embargo, sustituir el obrerismo internacionalista por un tribalismo nacionalista e identitario, no es una pirueta filosófica sencilla.

Porque, desde un punto de vista socialista –y del liberal también, por cierto- una cosa es aceptar el derecho a la diferencia [cultural] y otra muy distinta tragar con la diferencia de derechos entre ciudadanos. Por eso, el nacionalismo siempre ha provocado el rechazo del socialismo, en cualquiera de sus diversas denominaciones. No es casual que encontremos pocas páginas más corrosivas contra el nacionalismo que las escritas por Marx y Engels, sin que los padres filosóficos de la social-democracia, como Leonard Bernstein, difieran del socialismo marxista en este punto; al extremo que, en algún caso famoso, como el de Jean Jaurés, su pública condena de la horrible pesadilla nacionalista le costará la vida a manos de un fanático nacionalista francés. La excepción más notoria e impactante es la de Lenin: una excepción de suma trascendencia, porque con Vladimir Illich Uliánov se inicia una deriva estratégica revolucionaria, basada en la conquista militar del poder, con ese partido de révolutionaires de métier, dispuestos a utilizar “la cuestión nacional” como ganzúa que desmontara el inmenso y multiétnico imperio zarista. La sagaz idea leninista, centrada, sobre todo, en el caso polaco (o Ducado de Varsovia, en ruso), suscitó encendidas diatribas antinacionalistas, en polémicas cuyos textos más destacados los encabezó Rosa de Luxemburgo, posicionándose contra la heterodoxia nacionalista del leninismo con la bandera del internacionalismo obrero. Entiéndase bien, se trata de una polémica clásica en la izquierda desde entonces. Pues bien, entre los social-populistas que ahora nos gobiernan, no encontrarán Vds. ni una mención a estos debates tan trascendentes en la izquierda. Dicho lo cual, se comprende, sin necesidad de compartirlo, que los socio-nacional-populistas del gobierno hayan trocado la ganzúa de Lenin por unas muletas, no menos nacionalistas, que les sostengan en el poder. Es una cuestión de aritmética parlamentaria elemental que a todos nos alcanza. No obstante –y una vez más- lo que resulta asombroso es que no encontremos ni una mención, ni una excusa, ni un intento de articular alguna arquitectura intelectual, que procure apuntalar un edificio filosófico tan resquebrajado.

Otra cosa, claro, es la coartada. Una coartada que nos abre el III.- capítulo de perplejidades. Las arras que se entregan en el matrimonio morganático con el nacionalismo tribalista, no buscan el poder –reza la coartada gubernamental-, sino la virtuosa domesticación del nacionalismo catalanista. ¿Es así? Veamos rápidamente: ante la violencia y el golpe de estado nacionalista de 2017 contra la Constitución, el Sr. Sánchez tenía dos opciones históricamente muy conocidas; para empezar, la contención, que fue la estrategia escogida por Truman (y luego, desarrollada por la OTAN), frente a la agresión soviética, tras el golpe de Estado comunista en Checoslovaquia en 1948; o, bien, la estrategia contraria; esto es, el apaciguamiento por concesión, que fue la política elegida por Neville Chamberlain y Éduard Daladier en 1938, pero burlada por Hitler al ocupar Praga en marzo del año siguiente. Churchill –aislado y motejado de belicista- había crucificado antes en el Parlamento esa estrategia apaciguadora: se os ha dado a elegir -le espetó al Gobierno Chamberlain- entre la guerra y el deshonor; habéis elegido el deshonor, y también tendréis la guerra. En este punto, no perdamos la perspectiva del razonamiento, adelantando acontecimientos espantosos, pero posteriores: la espeluznante criminalidad (nazi), no fue lo central del argumento de Churchill contra el apaciguamiento de Múnich. Su razonamiento –que es lo que encaja en nuestro caso actual- era que, frente a movimientos nacionalistas radicales, dispuestos a transgredir acuerdos, tratados, leyes y constituciones, la política de remunerar desafueros con una dieta de concesiones, sin nada a cambio, estimulaba el apetito del cocodrilo, en lugar de saciarlo. Las investigaciones clínicas de un conocido psiquiatra, (Albert Bandura), demostraron hace tiempo que remunerar conductas socialmente agresivas y transgresoras no las inhibe; al contrario, las estimula. En nuestro caso, que nadie se engañe. Se ha cedido casi todo a cambio…de nada, de nada concreto. A cambio de paz, se nos dirá: ¿pero qué necesidad tendrán los nacionalistas de carreras, sofocos y quemas de contenedores, si van obteniendo casi todo, a cambio simplemente de no apoyar con su voto una moción de censura? Lo único concreto, que los nacionalistas nos aseguran es que no van a parar ni se van a conformar: al contrario, no renunciarán a la unilateralidad [y] lo volverán a intentar. No veo razones para dudarlo. Y, desde su punto de vista, tienen razón, en la medida que, lo que los sanchistas propagan y nos venden como acuerdos, los nacionalistas lo declinan y exigen como etapas. ¿Las próximas etapas? Ya las conocemos. Es un secreto a voces: un sistema fiscal singular para Cataluña (esto es, pensado para territorios, que no en base a ciudadanos libres e iguales; es decir, una fiscalidad desigual); y, enseguida, un referéndum sobre la autodeterminación para uno, o algunos territorios, que llamarán “consultivo”, pero… sólo si lo pierden.

A esta altura de nuestra perplejidad, la sutura con que Boris Karloff Sánchez ha injertado el elemento comunista en el monstruo de Frankenstein, tiene su aquel, pues abre un IV.- cuarto libreto de asombros y perplejidades, porque la alianza con el Partido Comunista, vedada para los social-demócratas desde la masacre soviética de oficiales polacos en los fosas de Katyn (una especie de Paracuellos elevado a la décima potencia) y el golpe comunista de 1948 en Praga, no tiene precedentes desde entonces en gobiernos de la Europa democrática. Y no parece que pueda servir como pretexto para apaciguar al nacionalismo separatista; en la medida que, si bien es cierto que la antigua Unión Soviética era, en teoría, un conglomerado confederal, no lo es menos que, desde Lenin y Stalin, el Secretario General de turno del PC -como nos recordaba Felipe González hace poco- los autodeterminaba a todos implacablemente en fila y por su orden. Parece, pues, que, de la cacareada virtud del dicho, la alianza con los comunistas, deja al sátrapa desnudo. Solo le queda el taparrabos de la necesidad: se entiende, que la necesidad de mantenerse en el poder a cualquier costo, incluido el de pactar con los comunistas.

La captura y muerte del Che Guevara en Bolivia, nos introduce en un .-V capítulo, porque ilustró el fracaso de la estrategia militar de la revolución, que tanto entusiasmó durante los años sesenta a la gauche divine parisina, tipo Régis Debray. Veinte años después, el foquismo castrista pasó de moda en América y en Europa. También en España. Pablo Iglesias nos lo ha explicado muy bien en un artículo aparecido en la New Left Review, por cierto, muy bien escrito en inglés: Lenin, nos adoctrinaba el dirigente de Podemos, no acertó a plebiscitar la revolución, que –según Iglesias- es precisamente lo que supo comprender Perón. La nueva estrategia revolucionaria, pues, debía ser política y mediática, de inspiración gramciana, siguiendo el evangelio que, por entonces, predicaba en Inglaterra (y, desde los años noventa, en España), Ernesto Laclau, un intelectual peronista, partidario de combinar la movilización callejera con el trabajo –y el control- de las instituciones, ocupando espacios, ya sean privados (medios de comunicación, ateneos, clubs, teatro, cine, etc.), ya públicos; una estrategia que nos deposita en el VI.-capítulo de nuestras perplejidades, y en la agenda socio-nacional-populista de hoy contra el sistema democrático liberal de la Constitución del 78. En todos los países desarrollados, la lenta, penosa y trabajosa construcción de una administración independiente, servida por funcionarios de carrera por oposición, ha sido el producto de un estado, cuyas enormes dimensiones, han ido generando una función pública de cuerpos profesionales independientes, la cual inesperada, y casi paradójicamente, se ha sumado al paquete de controles, que más bien corresponden a la genética liberal de nuestras constituciones. Por eso, en esta cruzada contra el llamado “régimen del 78”, emprendida por el nacional-populismo, con el impulso de un autócrata con tanta voracidad de poder como anemia de votos, se comprende que la administración (empezando por la de Justicia) sea un objetivo central a colonizar, controlando profesionalidad e independencia, inflando cuerpos y suprimiendo pruebas de acceso: léase, plan Bolaños. En este pulso vital, la resistencia de los cuerpos de administración, demostrada por jueces y tribunales, y por los cuerpos de seguridad del Estado, se está probando fundamental.

Pero, seamos muy precavidos y estemos alerta. Pues, aunque reconociera Pablo Iglesias, abriéndonos un VII.- capítulo, que esta estrategia revolucionaria de ocupar espacios, no resulta fácil en una sociedad europea desarrollada. Andémonos, empero, con mucho tiento. Argumentos muy parecidos oí yo en la Venezuela de los años ochenta. Y, no obstante, esta repugnante narcodictadura actual, que tanto celebra el Sr. Zapatero, (for a Price, supongo), como blanquea el gobierno español, nos debe llevar a una reflexión cuidadosa: porque la caída de Venezuela en el precipicio de la tiranía y la miseria no ha sido casual ni inmediata. El edificio democrático se ha ido socavando paso a paso, hasta el pucherazo final, con medidas que nos empiezan a resultar alarmantemente familiares. Seamos, pues, conscientes que estos sistemas de democracia liberal y parlamentaria no son “naturales”. Son, por el contrario –y la idea es orteguiana- un artilugio de la cultura; es decir, artificiosos, ya que no artificiales: son, en suma, y en palabras de Ignace Lepp, una conquista sobre la naturaleza Son sistemas que se alimentan de una cultura de moderación, de la idea de que la política en general, y la gobernación, en particular, tienen límites y medida –diké y metrón, que decían los antiguos- sistemas que se nutren de la aceptación del pluralismo y la tolerancia de lo diverso. Son, pues, muy frágiles. Porque, nuestro problema es que lo “natural”, es menos la moderación que la tendencia a lo absoluto, en tanto, que la primera inclinación de toda la humanidad es -nos asegura Hobbes con énfasis- un perpetuo e incansable deseo de conseguir poder. Se entiende que poder sobre otras personas: en palabras de Max Weber, la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social.

Llegados a este punto -y rebasado mi tiempo- confío que la paciencia de oyentes y organizadores me toleren una reflexión impopular, como VIII capítulo final. A saber: cuando los políticos honestos aseguran, ofendidos, que la corrupción es tan intolerable como muy minoritaria, en relación a los cientos de miles de cargos ocupados por unos u otros partidos, dicen la verdad. En mi opinión, la noción de que la degradación de la política es la venalidad y la corrupción es una idea (equivocada), que se arrastra desde Platón (en versión de Plutarco). Y la mejor prueba –como observara lord Acton- es que la corrupción aparece en política como una derivada del ejercicio poder. En la famosa fórmula del pensador británico –el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente- el sujeto que corrompe es el poder. De modo, pues, que la dirección del movimiento discurre comúnmente del poder a la corrupción, que no al revés. De esta suerte, la tendencia al abuso de poder es la regla, en tanto que la corrupción aparece como derivada y excepción: por eso, porque es excepcional, deja un margen de beneficios atractivo a los corruptos. Debemos, pues, tener presente que la libido dominandi –como decía Agustín de Hipona- es uno de los grandes deseos del hombre. Porque hay un grupo de seres humanos para los que el mando es, por sí mismo, el fin de su instintivo afán: mandar por la fruición pura de mandar, como el avaro ama el oro por el oro. No se puede decir mejor que lo hizo don Gregorio Marañón Posadillo en su Conde Duque de Olivares. Desgraciadamente, me temo que no estemos hoy ante alternancias tipo Felipe González/Aznar. El Calígula que nos ha tocado en suerte es otra cosa. Es de un peladaje, que dicen los regiomontanos, de otra condición. Le corroe una ambición patológica de poder que arrasa con cualquier límite. Y es capaz de todo, porque sirve a su insaciable Ambición [escúchese con mayúscula], que es la deidad de la tiranía, escribía Eurípides en Las Fenicias.

En fin, sufrido oyente, para los que nacimos y crecimos con el general Franco… ¡ya es mala suerte el habernos tropezado con personajes de esta calaña, otra vez, en el corto espacio de nuestra vida! ¡Muchas gracias por su atención y, sobre todo, por su paciencia!".