La muerte se enamora. Es lo que me dijo el pintor y poeta Ginés Liébana una tarde de invierno de hace cuatro años en la que tuve el placer de conocerlo. Fue y es una frase dejada en suspenso. La pronunció al levantar la vista de un libro de poemas de un antiguo conocido, pero quienes la escuchamos, supimos que mucho era lo que quería decir y que no vendría seguida de ninguna explicación, si no, ¿qué sentido tendría dejarse encantar por ella?
Es sabido de la vida de ciertos artistas y de sus obras que planean con insistencia sobre la muerte y sus afinidades. Sin pecar de pesimistas o sin abusar de lo mismo, no pueden escapar de su atractivo, no pueden no hablar de ella ni impedir contagiarse por su morboso temor, aunque sepan irradiarla con un deje de elegancia, de naturalidad para con lo que intentan plasmar. El escritor y fotógrafo, entre otras disciplinas, Hervé Guibert me parece un destacado representante de esta corriente. Del primero, La Mort propagande, al último de sus libros, incluso su diario publicado póstumamente, El mausoleo de los amantes, cuyo título ya emplaza en lo mortuorio, la muerte fue una de las principales motivaciones de su talento, sin prever que se abatiría impiadosa sobre él a la edad de 36 años, a causa de su suicidio por envenenamiento en pleno proceso de tratamiento del VIH, a comienzos de la década de los noventa del pasado siglo.
Guibert, junto con Patrice Chéreau y Bernard-Marie Koltès, fueron tres puntas de lanza en una sola. Tres de los nombres más estimulantes que la cultura francesa de los años ochenta supo dar a la siempre parsimoniosa marea cultural europea. Me gusta pensarlos dentro de esa triada, aparte de los vínculos artísticos y extraoficiales en común, por el valor que tuvieron en reflejar determinados temas dentro de sus creaciones —la marginalidad, el sexo entendido desde sus rincones más lóbregos, la deriva rasposa, cuando no enfermiza, de todas las relaciones humanas— y el interés que generaron en vida, más breves en los casos de Koltès y Guibert. A nuestro país, desgraciadamente, sólo ha llegado en su totalidad la obra cinematográfica de Chéreau, pero Koltès y Guibert van ganando, muy lentamente, seguidores y curiosos del teatro de uno y de la literatura del otro. Vaya desde aquí mi invitación a continuar las traducciones o reediciones de sus trabajos.
El último y bienvenido ejemplo es la fotonovela Suzanne y Louise, primorosamente coeditada por Los tres editores y Ediciones Comisura, con sus cubiertas en tonos azulinos, con la traducción de Lydia Vázquez y las fotografías de Guibert que casi vuelven accesorio el texto que las suscribe en determinadas páginas. Dos mujeres ancianas, las tías abuelas del escritor, se dejan utilizar como modelos para unas supuestas obra de teatro y película que nunca llegan a formalizarse, pero quedan las fotos tomadas en los ensayos, la vida contada de Suzanne pero más la de Louise, la tenebrosa dependencia en la vejez y el humor igualmente retorcido y compartido entre los tres. Mientras, la confirmación, entonces y en nuestro presente, de que la muerte no ha perdido capacidad de enamoramiento, y en las sigilosas frases de Guibert y en los rostros enfrentados al tiempo de sus tías, avanza su tarea con voluntad elegante, como he mencionado, haciendo de esos cuerpos, de cómo miran a uno, la inconveniencia que se vuelve gracilidad, la broma en mudez impresionada, la oscuridad en matices brillantes.