Que se mueve desde hace décadas entre la unidad de cuidados intensivos y el pabellón de rehabilitados, es algo sabido gracias a las incontables veces en que se la ha declarado muerta, moribunda, desfallecida o próxima al desmayo. Tanta insistencia en acabar con ella ha hecho que se mantenga en sus trece, adaptada a todas las voces hambrientas de novedad y las que esperaban que nunca cambiase, satisfaciendo por igual. La novela es inexpugnable. Quien no quiera cerciorarse del aguante que sostiene ante nuestros vahídos y exigencias es, sencillamente, porque no es asiduo lector o encuentra mayor regocijo en cualquier otro entretenimiento, cultural o de la índole que sea. Y hace bien, porque, como dijo Jacques Prévert, quienes las escriben son gente a las que nunca les pasa nada y te cuentan, precisamente, lo que les pasa; paradoja del oficio que ha servido de inigualable caldo de cultivo para la autoficción y similares caminos de exploración narrativa, con ejemplos peores y mejores y algunos de los primeros con Nobel ganado inclusive.
Regresando a la importancia de lo que le aporta a uno, en su privacidad e insignificancia al decidirse a abrir un libro y ser acompañado durante algunos días por las ocurrencias de la persona que las firma, es posible que sea uno de los actos y formas de expresión artística que mejor sigue acercándonos a lo inexplicable de nuestros comportamientos; a reflejar, con su intacta deformidad y sus ganas de mejorar el posado, nuestras capacidades de fascinación y goce erosionadas según se van cumpliendo años. La novela, una vez más, juega su ventaja de ser un género que, normalmente, va haciéndose mejor con la edad.
Dentro de la ficción, el cuarto libro de Guillermo Alonso confirma las ideas vertidas con anterioridad. El efecto deseado es una de las apuestas de la ansiosa y rebosante rentrée que acaba opacando la atención que cada título merece acorde a sus posibilidades. Las de su novela, afortunadamente, son bastantes y lo suficientemente plurales como para convencer a los seguidores de sus libros precedentes y a los nuevos que surjan. Por el recurso de una trama picaresca, gran aliada de los novelistas españoles, Alonso sabe componer una historia, la de su protagonista Gaspar, de búsqueda sin redención, nada más lejos; una exploración de los límites de los relatos que nos son aplicados y del propio que va tejiéndose con los retales a medio entender y a medias su verdad y su mentira entre las mismas puntadas. Igual que los personajes del matrimonio Ottaviano y la rica y festiva Pandora, desde la propia piel que los recubre hasta la realidad que los atora, tanto ellos como su mundo creado —y mantenido como una sutil condena— dejan la puerta abierta a que cualquiera que llegue modifique los patrones de lo que se cuentan y lo que deciden omitir. Gaspar ejercerá la revisión de esas vidas que debe cruzar hasta sentir que la suya va dejando surco, cuando no cicatriz.
Buscando el cambio de tono sin que la variación revele una ambición manejada a la ligera, El efecto deseado transita con éxito de la risa al estremecimiento; de la comedia petarda y fabulosa, un estilo a lo Jean Negulesco pasado por el garbancerismo lujoso del madrileño barrio de Salamanca, hasta la intriga psicológica más sobria, rendida a los planteamientos y sus extrañezas en la claustrofobia soleada de una isla mediterránea. No es para menos señalar, pues, después de la notable colección de relatos autobiográficos La lengua entre los dientes, el salto cualitativo de Alonso como narrador de una entrega novelística total, donde el escritor gallego, como refería al inicio del artículo, hace todo lo posible para que El efecto deseado tenga todas las maneras que la identifiquen como novela, evidenciando los recursos y la artificiosidad de la misma, y que a su vez no se pueda detener la lectura, porque la voz de Alonso ha ganado en naturalidad y cuenta con mismo deje impávido las trifulcas de una fiesta que las magulladuras de la inocencia perdida.
El efecto deseado manifiesta un humor doloroso, una resignación que enmascara lo que no ha podido ser digerido. Con semejantes credenciales, ¿cómo tomarse en serio lo que nos acontece? ‘Y Gaspar asintió, pero supo que eso no iba a ocurrir […] Comprendió que su vida sería siempre así. De repente, ir de un lugar a otro era algo que no percibía con resignación, sino con cierto pragmatismo: de ese modo podría vagar por el mundo y desaparecer a tiempo para evitar la muerte a su alrededor. […] ¿De qué dependía el efecto que tardaba en hacer su maldición?’