Los Lunes de El Imparcial

Francisco Núñez Roldán: Terror rojo 1931-1939

Ensayo

Domingo 28 de septiembre de 2025

Prólogo de Pedro de Tena. Sekotia/Almuzara. Córdoba, 2025. 288 páginas. 19,99 €.

Por Adrián Sanmartín



Una de las mayores falacias que se empeña en propagar la izquierda es la de las supuestas bondades de la II República Española. Legítimamente está en su derecho de abogar por el régimen republicano, pero es un absoluto dislate reivindicar precisamente esa república, ese momento de nuestro reciente pasado. Y para más inri hacerlo mediante ocultaciones, manipulaciones y mentiras. Algo en lo que incidió la Ley de Memoria Histórica, impulsada por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y luego la de Memoria Democrática, puesta en marcha por el Ejecutivo de Pedro Sánchez, absolutamente malhadadas tal como se plantearon.

La II República Española no fue ni mucho menos el paraíso que se quiere vender, ni la contienda fratricida fue entre “buenos” y “malos”. Altamente significativo fue que intelectuales de la talla de Gregorio Marañón, Ramón Pérez de Ayala u Ortega y Gasset, creadores de la Agrupación al Servicio de la República, pronto se dieron cuenta de su indeseable deriva y se distanciaron de ella. Ahora nos llega Terror rojo 1931-1939, de la mano de Francisco Núñez Roldán, enriquecido con un acertado prólogo de Pedro de Tena, quien, entre otras reflexiones, señala: «Se dirá que es un libro que remueve el pasado más lúgubre de España. No es así. El terrible período de nuestra guerra civil fue ciertamente sombrío y por ello no puede quedar reducido a un cliché político interesado y pueril del tipo: «Érase una vez una República maravillosa y democrática que intentó el desarrollo de la libertad y la prosperidad de todos los ciudadanos hasta que un grupo de malvados generales fascistas le puso fin mediante un alzamiento militar. Por esa causa, toda la sociedad sufrió una dictadura que duró 35 años».

La violencia y el horror que alcanzó su siniestra cima en la Guerra Civil –“incivil’ en palabras de Miguel de Unamuno- no fue patrimonio de un solo bando, aunque se haya querido cargar prácticamente en exclusiva a ese franquismo que acabó con la idílica República. Pero resulta que en ese “edén”, se buscaba, en realidad, implantar el modelo soviético, se expandió la furia desde el comienzo, en 1931, se incrementó en 1934 con la Revolución de octubre y se consolidó en 1936 con la llegada al poder del Frente Popular. Asunto que, recordemos, abordan sólidos trabajos como Retaguardia Roja, de Fernando del Rey, El colapso de la República, de Stanley Payne, o 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García.

En su minucioso trabajo, Francisco Muñez Roldán explora cómo, so capa “ideológica”, a las víctimas del terror rojo se las condenaba no por haber cometido un delito, sino por considerarlas “fascistas”, “ricos” o por sus creencias religiosas -hubo miles y miles de asesinatos de sacerdotes y monjas, se las ejecutaba sin juicio, se las sometía a escarnio, tropelías y torturas. Se ocupa de episodios como Paracuellos -uno de los últimos estudios al respecto es ¡Detengan Paracuellos!, de Pedro Corral-; o los llamados “trenes de la muerte”, en los que se trasladaba a prisioneros y que hacían paradas para que estos fueran fusilados por milicianos, las espeluznantes checas, los campos de trabajo…Y analiza destrucción del patrimonio artístico, con el sistemático vandalismo contra iglesias, conventos…

Bien apunta Núñez Roldán que hubo un terror blanco, con un largo después: “Quien lo va a negar, aunque es ese terror del otro bando, el de los vencedores, el que últimamente monopoliza leyes, tesis, estudios, conversaciones, diatribas, lápidas y monumentos”. Libros como el suyo nos recuerdan la existencia de un terror que se quiere ocultar, blanquear y por el que nunca la izquierda ha pedido perdón. Y no contenta con ello, hoy, levantar muro, propaga la polarización y el sectarismo y cuestiona la Transición, un logro de todos los españoles que quisieron que nunca volviera a desatarse ni uno ni otro terror.

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