En 2018, después de exigir su dimisión, Pedro Sánchez espetó a Rajoy que “un Gobierno sin presupuestos es tan útil como un coche sin gasolina”. Y este martes 30 de septiembre se acaba el plazo para cumplir el artículo 134 de la Constitución que obliga al Ejecutivo a presentar las cuentas del Estado 3 meses antes de que expiren las del año anterior. Y, salvo un milagro, el Gobierno seguirá adelante con los presupuestos de 2022, todo un récord histórico.
De hecho, el Ejecutivo ni siquiera ha aprobado el techo de gasto ni la senda de déficit. En los últimos meses, el presidente del Gobierno y la ministra de Hacienda no se han cansado de prometer que, aun sin apoyos, el Gobierno presentaría los presupuestos en tiempo y forma. Pero se acaba el tiempo y todo indica que de nuevo incumplirán sus propias promesas. Que gobernará, que es un decir, con las mismas cuentas por cuarto año consecutivo. Más que una anomalía es una ilegalidad y un baldón para el normal funcionamiento de la economía.
De todos modos, Pedro Sánchez, además de esa promesa, ya anunció que no dimitiría en caso de que el Congreso tumbara los presupuestos. Pero ni aún así se atreve. Pues se trataría de la derrota parlamentaria más dolorosa, de la prueba definitiva de que ha perdido su mayoría parlamentaria, de la confirmación de la debilidad de un Gobierno a la deriva. Pues la soberanía popular que representa el Congreso de los Diputados daría la puntilla a una ley fundamental, la esencial para gobernar.
Pedro Sánchez está pagando las consecuencias de haber llegado al poder tras negociar el apoyo de los partidos separatistas y de la extrema izquierda. Pues Junts y Podemos son los principales escollos para la aprobación de los presupuestos. Puigdemont no está dispuesto a votar nada mientras el presidente no cumpla, entre otras muchas, con su promesa de lograr una impunidad total con la chapucera ley de amnistía. Y Podemos se venga de la gran traición de Yolanda Díaz y Pedro Sánchez que arrinconaron al partido morado después de que Pablo Iglesias urdiera y pactara la moción de censura contra Rajoy que llevó a Sánchez a La Moncloa. El partido que ahora lidera Ione Belarra, además de dar por muerta la legislatura, exige nada menos que romper relaciones diplomáticas con Israel y bajar los precios del alquiler ante de apoyar al Gobierno.
Pero Pedro Sánchez sigue en Moncloa como si de verdad gobernara. No asume que se ha esfumado definitivamente su mayoría parlamentaria. Que ya no cuenta con el respaldo del Congreso. Que es incapaz siquiera de presentar los Presupuestos generales del Estado. Por eso, ni pisa el Hemiciclo, pero sigue dando lecciones de política internacional con su obsesión por el “genocidio” de Israel, mientras su mujer, su hermano, su partido y medio Gobierno se encuentran frente a la Justicia por sus supuestos casos de corrupción.