Observadores ecuánimes vaticinaron durante el pasado verano un otoño convulso en España. No se equivocaban. El retorno de las vacaciones estivales ha coincidido con encontronazos de relieve en la política nacional, en la internacional, en la economía, en la cultura y hasta en el deporte. Un presidente que precisa de veinte partidos para mantenerse en la Moncloa no puede gobernar y el resultado es el que todos contemplan, empezando por el flagrante incumplimiento del mandato de la Constitución que exige la presentación ante el Congreso de los Diputados de los Presupuestos Generales del Estado, con fecha límite el 1 de octubre.
Los separatismos están encrespados, la corrupción, que agobia a unos y a otros, emborrasca el clima nacional. Las cifras que se manejan desconciertan y alarman. Resulta que, según investigadores serios, en España son ya 400.000 los políticos que viven del ejercicio de esta actividad, lo que supone, de confirmarse la cifra, muchos más que en Alemania, nación que casi duplica a España en número de habitantes. En 1978, los políticos que vivían de la política no pasaban en nuestra nación de los 20.000. Los contribuyentes españoles, a los que el sanchismo sangra a impuestos hasta la hemorragia, pagan tanto a la Hacienda pública que el Gobierno presume de máxima recaudación en la historia, a pesar de lo cual la deuda sigue creciendo y roza ya los límites soportables. Internacionalmente, por otra parte, España permanece marginada a pesar de los esfuerzos de Pedro Sánchez que brujulea entre los intereses de la Unión Europea y los de los Brics, comprometiendo el futuro nacional. Estamos ya en el punto de mira del rifle estadounidense.
El país maravilloso que atrae a 100 millones de turistas vacacionales presenta síntomas que resquebrajan su prestigio en las áreas de seguridad, convivencia pacífica, estabilidad y precios razonables. Y es que la situación política no se puede sostener sobre la debilidad del Gobierno de Pedro Sánchez. Lo razonable y lo útil sería la convocatoria de elecciones generales ya. Y que el pueblo decida como quiera que se contenga el desmoronamiento de la imagen de nuestra nación.