La traición es un juego mental, una estrategia que exige un profundo respeto hacia el adversario y radical autoconfianza. Grandes figuras han dejado fama de grandes traidores. El director Joseph Leo Mankiewicz alimentó buena parte de su cine con esta paradoja: la de notables personajes motivados por la traición. Eva al desnudo, Julio César, El día de los tramposos... son acabados retratos de estos seres indignos y sugestivos. Pero tras La huella (Sleuth, 1972), los abandonó junto con el cine, se desprende que ante la duda de encontrar una idea mejor.
Se es muy afortunado la primera vez que se ve La huella (las otras ocasiones son satisfactorias; no es película que se deje digerir deprisa). El espectador ha pagado por jugar a otra realidad y es participante. ¿Qué tenemos en el tablero?: una casa (unidad de lugar), dos personajes, un fin de semana (unidad de tiempo) y dos horas de proyección. El ochenta por ciento de la intriga lo soporta el diálogo; es decir, teatro, puro teatro (lo esperable, siendo el guionista Anthony Shaffer, autor de la pieza dramática de mismo nombre, de gran éxito dos años atrás). Es cierto que tales elementos en conjunto harían saltar de la butaca al más pintado; pero no. El espectador de la fila ocho o el televidente en zapatillas ya no se incorporan. Están pegados. Veamos cuál es el veneno. La película ha empezado con un decorado a la acuarela, cuyo motivo, una casa de campo inglesa, se difumina, cobra vida, se convierte en plano de película. Hemos pasado del teatro al cine, primera pista de que vamos a asistir a algo movedizo.
Enseguida, en ese mismo gran plano general irrumpe un descapotable rojo con el primer protagonista; el auto se detiene y se apea un individuo elegante, trajeado de azul. El objetivo se acerca; reconocemos a Michael Caine. Nadie lo recibe, pero sabe que lo esperan. De repente, escucha una voz que proviene del jardín, un laberinto hecho de grandes bloques herbosos. La voz procede del interior de éste, y pertenece a Andrew Wyke (Laurence Olivier), famoso escritor de novelas policíacas, que graba en su pequeño magnetófono el final de su último libro. Cuando Milo Tindle (Caine) se introduce en el laberinto, es apuntado por una gran serpiente de piedra. En la situación de este clasicista plano en picado, ni Caine ni el espectador se dan apenas cuenta del aviso. Pero si Tindle hubiera visto el cine de Mankiewicz, habría salido de allí por piernas, ya que en su película anterior, El día de los tramposos, el villano superviviente de un grupo de traidores (Kirk Douglas) acaba herido mortalmente por una serpiente, preciso símbolo de traición, por lo que la pitón de piedra es una certera señal, aparte de guiño entre dos películas encadenadas, al estilo del «Hola, soy Espartaco» que exclamaba Peter Sellers en el arranque de la Lolita de Kubrick.
Una vez que ya se ha visto la obra, se reconoce también en el hilo de voz que arrastra a Tindle, el filamento sutil que lo conduce hasta el centro de la telaraña. Incluso cuando los dos personajes entran en la mansión y comienza el gran juego, pueden sorprender los tonos apagados, verdes, caliginosos de las estancias, simbolizando la cueva, la ratonera. Pero Tindle y el espectador siguen sumidos en la más generosa ingenuidad. Sencillamente Wyke se nos presenta como un loco por el juego, por los artilugios mecánicos, por los puzzles; un burgués que domina la vida mediante la distracción; así que no resulta extraño que haga de bon vivant que invita a su casa al amante de su mujer, aprovechando la ausencia de ésta durante un fin de semana, no para vengarse, sino, como camaradas que comparten un mismo trofeo, retarle a conseguir otro: robar las joyas de su esposa, simulando un asalto real con tal perfección que convenza a las fuerzas del orden y, de paso, cobrar él el seguro. El tono de los diálogos y las acciones es chispeante, agudo, divertido; estamos en una comedia. Cuando en el sótano, Caine se prueba un gracioso disfraz de clown, los protagonistas empiezan a reír y suben las escaleras. Pero la cámara no los sigue, se queda fija en un pequeño muñeco mecánico, cuyo signo más inquietante es la articulación de una de sus manos, que parece pedirnos calma. Quien ha visto La huella sabe que vale la pena esperar. Sabe que el puzzle de la película, que parecía crear un determinado dibujo, en realidad descubre otro, y luego otro. Sabe que los personajes acaban jugando desesperadamente en un torneo en el que ya no luchan por una dama, sino contra dos: la vida y la muerte. Y ganan las dos reinas. La negra, que vence a Tindle, aunque pierde con la mueca del triunfo. Y la blanca, que fulmina a Wyke, porque había olvidado que la vida, el azar, es un elemento primordial de todo juego, pues tal vez sucede que en aquel alejado paraje cruza un coche patrulla (el peón que mueve la vida) en el instante decisivo. Es decir, algo que no se prevé (dicho esto orillando en lo posible el spoiler, aunque haya pasado más de medio siglo del clásico), o en otras palabras, la vida que se venga del guion escrito y reescrito.
Y éste es el final, posiblemente... Pero antes de que el espectador lo metabolice, el último plano, gran plano en picado de la escena, se difumina, como al principio pero a la inversa, y se convierte en una reproducción escénica, estática (ahora es tiempo de recordar que Wyke había inmortalizado en pequeños dioramas los momentos cumbre de sus novelas). Es entonces cuando sobre el pequeño escenario cae mecánica, repentinamente, un telón. Final teatral, sin The End; porque en realidad, lo que hemos visto ha sido una tragicomedia, una fiesta de títeres, muñecos que creían que manejaban sus hilos (una canción algo sombría sobre la naturaleza humana). ¿Qué eran los autómatas del novelista sino sus propios espejos? Sin duda, la marioneta de Tindle se nos ha hecho cálida, cercana (¡qué gran duelo ‒también interpretativo‒ el de ese joven Caine con un maduro Olivier!). Pero hay que reconocer que Wyke era el muñeco destacado, ya que sus rasgos esconden los de Mankiewicz (quien al final no tiene más remedio, con sutil ironía, que completar la colección de dioramas con el recurso del teatrito); ¿por qué?, porque el director ha jugado con el espectador a través de la historia. Le ha engañado (como al principio Wyke con Tindle) haciéndole creer que se trataba de un simple divertimento, aun habiendo diseminado toda una serie de huellas e indicios que se van descubriendo (¡ay!), poco a poco, en sucesivos visionados; le ha distraído social, emocional y psicológicamente, hacia otras reflexiones paralelas; pero, al fin y al cabo, el cine no deja de ser otro juguete para burlar el juego de la vida y de la muerte; una trampa sofisticada contra la naturaleza. De ahí que cuando Mankiewicz bajó el pequeño telón, contuvo el aliento y no lo volvió a levantar.