Víctor Morales Lezcano | Martes 09 de diciembre de 2008
En el segundo semestre del año en curso nos han dejado dos estudiosos del mundo árabe y de las relaciones que éste estableció en el pasado -y que todavía siguen estableciendo- con el referente ibérico, particularmente con España.
No creo descubrir la pólvora al recordar aquí la doble dimensión que caracteriza la trayectoria del investigador y estudioso de academia. Primero y antes de otra cosa: la dimensión creativa; luego, la de tipo difusor, de mediador entre el gabinete/ laboratorio y la divulgación sin límites de los logros alcanzados.
En los dos estudiosos que hemos perdido en menos de seis meses, relevantes donde los haya, se concitaban las vertientes arriba apuntadas.
En Rodolfo Gil (Benumeya) Grimau, fallecido el mes de julio pasado, la inclinación a la gestión de la cultura mediterránea -preferentemente la de estirpe hispano-marroquí- estuvo muy marcada en su obra, como en la “rosa roja por la que corrió (su) sangre” . Así ocurrió en su etapa egipcia, pero se acentuó, preferentemente, a lo largo de su carrera dilatada en los Centros Culturales españoles (más tarde, Institutos Cervantes) de Rabat y Tetuán.
Rodolfo Gil cultivó el ensayo como género predilecto para la transmisión de sus reflexiones culturales de incubación intra-mediterráneas. Se me ocurre pensar, por poner un ejemplo, en un título que arroja luz sobre su personalidad intelectual: Las Puertas de los Sueños (Ed. Clavel). A lo que yo añadiría una contribución bibliográfica de gran utilidad para aquéllos de nosotros que hemos elegido hacer de pasarela entre los ámbitos magrebí e hispano. Me refiero a la Aproximación a una Bibliografía Española sobre el Norte de África (1982), con prólogo de Alfonso de la Serna, que compendiaron Rodolfo Gil y sus ayudantes con buena voluntad y algunas omisiones.
La segunda pérdida sensible que hemos sufrido hace escasamente una semana, ha sido la de Miquel de Epalza, ilustre arabista de las generaciones de posguerra (1939-1950).
En el profesor Epalza prevaleció, por el contrario a Gil Grimau, una gravitación intelectual que giró en torno a la fenomenología de la transfusión cultural entre lenguas y literaturas castellana, catalana, francesa y árabe, aunque ni el italiano ni el hebreo le fueron ajenas al consumado y exigente erudito. En esta dimensión hay que situar su traducción de El Corán al catalán, lo que le granjeó aplausos de varios especialistas y le hizo acreedor al Premio Nacional de Traducción.
Compartí con Miquel de Epalza varias sesiones en el Consejo de Redacción de la revista Awraq , que sigue siendo un faro de luz en el -ya vasto- territorio del polimorfo arabismo hispano de hoy. También compartí con él presencia en más de un Congreso y Coloquio que tuvieron lugar en sus países árabes dilectos: Argelia y Túnez.
Recuérdese siempre que Epalza abogó por una fusión hecha de afecto, y, sin embargo, de sentido crítico con esos dos destinos prioritarios del Mediterráneo occidental.
Valga esta semblanza apresurada de dos vidas paralelas, al menos, si profesionalmente consideradas. Hemos perdido todos a dos auténticas “columnas” sobre las que ha reposado el diálogo transmediterráneo durante los últimos tres decenios. Nuestros dos especialistas lo han conseguido más allá de las cambiantes circunstancias políticas aquende y allende del brazo de mar que separa a ibéricos y magrebíes, pero que también nos une. Hemos perdido a dos profesores y hombres de bien que han contribuido mucho a hacer que la amistad de los pueblos a través del conocimiento saque años luz de ventaja al culturalismo oficialista de receta ready-made que viene ganando tantos adeptos últimamente.
Propongo en esta sección de El Imparcial que se rinda a R. Gil Grimau y a Miquel de Epalza el tributo que se han ganado a pulso, luchando contra viento y marea a favor de sus vocaciones universitarias -éstas sí- de excelencia.
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