¿Se ha dado cuenta Pedro Sánchez de lo que supone una reforma constitucional? El artículo 168 de nuestra Carta Magna no puede ser más claro. Una reforma parcial de la Constitución que afecte al Título preliminar, al Capítulo segundo o al Título II exige los dos tercios de cada Cámara, es decir, 234 diputados del Congreso y 139 senadores. Si el líder sanchista alcanzara esta exigencia, se vería obligado según la Constitución, “a la disolución inmediata de la Cortes”. El nuevo Congreso de los Diputados y el nuevo Senado surgidos de las elecciones generales deberían aprobar, otra vez por dos tercios, la reforma planteada. Y si Pedro Sánchez lo consiguiera, esa reforma “será sometida a referéndum para su ratificación”.
En la situación parlamentaria actual, cualquier reforma constitucional que plantee Pedro Sánchez no pasa de ser una finta política sin viabilidad alguna. ¿Quiere decir esto que el presidente del Gobierno se equivoca? Por supuesto que no. Pedro Sánchez es un político muy hábil y sabe cómo desviar la atención de los problemas gravísimos que le afectan a él y también a su partido. Y juega como un trilero con Alberto Núñez Feijóo, a la espera de que un censo modificado y la compra descarada de votos le permitan afrontar las elecciones generales del año 2027 con probabilidades de éxito. El Partido Popular cometería un grave error si creyera que su victoria es segura, conforme a las actuales encuestas. Pedro Sánchez está dispuesto a hacer lo que sea para permanecer sentado en la silla curul del palacio de la Moncloa. No quiere pasar de la confortable poltrona monclovita al árido banquillo de los acusados.
La apelación a una reforma constitucional no es más que una finta pasajera. Pero aspaviento tras aspaviento, los que aseguraron y escribieron que el Gobierno sanchista no duraría ni tres meses, se tropiezan con la realidad. Pedro Sánchez permanece en Moncloa dos años y tres meses después y, aunque se tambalea, sigue apostando por consumar la legislatura.