Paseé el fin de semana último por los alrededores del río y la entrada de la Casa de Campo. Mi amigo y yo teníamos el destino fijado en la terraza del Pandora, aguantando los coletazos perentorios del buen tiempo, que nunca sabe cuándo retirarse, como los artistas musicales consagrados al exprimir su repertorio hasta las estrías. No había originalidad en nuestra ocupación de sábado. Allá donde uno mirase, familias, parejas, padres extranjeros exhortando a sus hijos que no se subieran al horripilante conjunto de letras formando el nombre de la ciudad para que se pudieran sacar la foto, gente deportista contraviniendo los colores de sus mallas con los de sus carrillos. Buen ambiente, que se diría. Un tanto forzado su querer-no-saber las pistas que habían ido dejándose en el siempre empobrecido tapiz natural.
Pero ahí estaban, fieles a su cita. Los castaños y los plátanos ya habían alcanzado esa entonación melosa, de primeras, que luego irá tornándose parda, pálida por el nervio de caer, conscientes de que cada otoño va siendo irrepetible, en contradicción anímica con su ciclo infinito. Se hace difícil elogiarlo por culpa del cambio climático, cada año más intransigente a la hora de modificar el estado y la rutina de las estaciones, solapando los deberes de cada una hasta volverlos indistinguibles, dejando dos turnos climáticos y un totum revolutum de inclemencias a destiempo que impiden el gesto esteticista que a uno le gusta para cada momento. Al menos, quedan las páginas leídas y las que sigan imponiéndose a esa abundancia de calor en tantos meses. Cómo vestirse contra el frío, además, permite más elegancias.
Volviendo a la literatura, hay varios textos que bien valen una incitación o una consagración de lo otoñal para embebernos de su atractivo. El artículo de Josep Pla, Otoño en el Baztán, pero también este poema, El barco de la muerte, de D.H. Lawrence, y los versos de su primera y breve parte: ‘Ahora es otoño y los frutos caen/ en un largo viaje hacia el olvido./ Las manzanas caen como grandes gotas de rocío/ magullándose y buscando su propia salida./ Y es tiempo de ir, de despedirse/ de nuestro propio yo, y de encontrar una salida/ desde el yo caído’.
No hay que sumarse a su conveniencia de funeral, a pesar de lo caedizo y pesimista que transmiten los versos siguientes. Pero me gustan más si son pensados desde esas gustosas cualidades tenebrosas y telúricas de los ornamentos del otoño, con sus vahos neblinosos y relumbres anaranjados que velan por los que puedan perderse en el camino. En el nuestro, enfilando la cuesta del paseo, a nuestra derecha observamos a una pareja, a él cantando con una guitarra mientras ella se esforzaba en su lenguaje no verbal de estar esperando un beso o marcharse ante la murga inacabable de las canciones; a nuestra izquierda, bajo los arces, una chica leyendo con la espalda apoyada en uno de los troncos, con más sombra dificultándole seguramente la lectura, pero más hermanada, para su suerte y quienes pudimos reparar en ella, con el guiño poético de Lawrence.