Opinión

Diálogo entre la literatura y la música: Conversaciones de Formentor

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 06 de octubre de 2025

Qué duda cabe de que la literatura y música se abrazan con la intensidad de un dúo operístico, desafiando la tiranía del tiempo y las modas efímeras. No son disciplinas que se miran de reojo, como cortesanos intrigantes en un salón de Aranjuez, sino amantes que se buscan en la penumbra de la creación. La literatura canta, la música narra, y en su encuentro surge una verdad que trasciende la palabra escrita y la nota tocada, sortilegio que nos recuerda, como quería Nietzsche, que sin música, la vida sería un error. Pensemos en la Odisea de Homero, canto épico en el que las sirenas seducen con sus voces y encarnan la música como tentación y peligro, leitmotiv que reverbera en la literatura moderna. ¿No es acaso Butes de Pascal Quignard una meditación contemporánea sobre esa atracción fatal, donde el héroe, incapaz de resistir el canto, se arroja al abismo sonoro? La música, en la pluma de Quignard, es un personaje que arrastra al lector hacia lo sublime y lo terrible, como un acorde disonante de Schönberg que desgarra el silencio. Wagner, cuyo Anillo del Nibelungo no es solo ópera, sino una novela sinfónica, convierte el mito en un entramado literario donde los dioses dialogan con la ambición humana. La literatura, en su afán narrativo, ha encontrado en la música un espejo donde contemplarse.

La dama de las camelias de Dumas es el germen de una ópera, antes de que Verdi la transformara en La Traviata. La prosa de Dumas ya llevaba en su ritmo la cadencia de un aria, como si las palabras de Marguerite Gautier anticiparan el lamento de Violetta Valéry. Y en El estilo y la idea de Schönberg hallamos una defensa de la originalidad que dialoga tanto en la música dodecafónica como en la prosa rupturista de Joyce o Kafka. La literatura y la música, en su audacia, se alían contra la mediocridad conformista, esa plutocracia del gusto que prefiere lo predecible a lo revolucionario. Pero este diálogo no es unidireccional. Pensemos también en los castrati, esos ángeles mutilados cuya historia, narrada por Patrick Barbier y evocada por Tiziana Bagatella en Formentor, transformó el dolor en canto sublime, un eco literario que encuentra su eco en las páginas de Poliziano o en las memorias de Farinelli. La música, al igual que la literatura, no solo entretiene, sino que excava en las entrañas de lo humano, desde el San Agustín de Sobre la música, que veía en el ritmo un reflejo del orden divino, hasta la Lulú de Wedekind, cuya sordidez inspiró la ópera homónima de Alban Berg.

En este abrazo, literatura y música se convierten en un ejercicio de tenacidad, como se debatió en las Conversaciones Literarias de Formentor muy cerca de los jardines reales de Aranjuez, donde el Tajo serpentea como un aria olvidada de Verdi y los ecos de Godoy y María Luisa aún susurran intrigas palaciegas, contrapunto furioso a la progresiva disolución de la esencia humana en algoritmos fríos. Del 1 al 5 de octubre de 2025, bajo el lema “Tenores, sopranos y barítonos: Dramaturgia teatral, imaginación literaria y polifonía musical”, un coro de editores de Finlandia, Suecia, Italia, Portugal, Francia, Alemania, Inglaterra, Suiza y España —verdadera sinfonía de naciones europeas— afilaron plumas y voces para defender el libro de papel, el artefacto irremplazable que resiste la tentación de las sirenas tecnológicas, como Ulises atados al mástil.

Tras la entrega del Premio Formentor de las Letras a Hélène Cixous, la pensadora franco-argelina cuya obra, un tapiz de filosofía y drama, expande la herencia europea con una soberanía creativa que el jurado, presidido por Basilio Baltasar, elogió como “intrépido sentido de la soberanía creativa” la autora opinó sobre temas de actualidad, un encuentro que se cerró con una velada musical de la Escuela Superior de Música Reina Sofía, comn un programa en el que se pudo escuchar a Berlioz, Delibes, Monteverdi, Verdi, Rossini y Mozart, preludio de la polifonía venidera. Así, el Hotel Occidental se convirtió en el ágora: el Coloquio de Editores Europeos con treinta profesionales —entre ellos Miguel Aguilar, Clara Capitão, Claudia Casanova, Juan Cerezo, Margaux de Weck, Claire Do Sêrro, Camilla Dubini, María Fasce, Ángel Luis Fernández y Gianluca Foglia— puso sobre la mesa cuestiones candentes sobre legislaciones europeas, derechos de autor y la calidad ante la invasión digital. El foro denunció la seducción de la IA como la promesa de la eficiencia que devora lo humano, proponiendo así sellos de calidad como “Libro hecho por humanos” o “Libre de IA”, a fin de preservar la experiencia personal del autor y una lectura más “humana”. Claudia Casanova, medievalista, escritora y editora de Ático de los Libros y Principal de Libros, evocó al editor como guardián medieval, mientras Jochen Vivallo instó al optimismo frente a la fragmentación lectora y Gianluca Foglia subrayó la imprevisibilidad humana como antídoto al control algorítmico.

Basilio Baltasar, director del certamen, glosó la Medea de Eurípides desde un punto de vista fresco, recordando la tragedia como espejo de lo humano y señalando cómo el dramaturgo griego se rio del héroe trágico por antonomasia, Jasón, para escarmiento de todos los maridos. Y el profesor Casablancas invocó a Hegel: “La música es intrínsecamente tiempo subjetivo, un movimiento temporal continuo”. No fue un mero simposio, sino un ritual de resistencia, un rasguño elegante donde la palabra se levantó como la última defensa a la neoinquisición digital y la plutocracia mediocre. En Aranjuez, Formentor nos recordó que, sin la polifonía humana —frente a la máquina que suprime lo imprevisible—, el mundo sería un desierto inhabitable, un eco feroz y ensordecedor en la armonía operística de la cultura.