Conocí a Ángel González de adolescente, de madrugada, a través de la radio. Sus versos eran profundos e irónicos, con esa ironía acogedora y familiar de lo que se aprende con la vida y no en las aulas. Lo que me sorprendió de este poeta no fue solo la belleza de sus palabras, sino la revelación de que había nacido en mi misma ciudad, Oviedo, con sus calles húmedas, sus caleyas pedragosas y sus edificios oscuros. Tal vez alguna vez caminamos por las mismas aceras sin saberlo. Tal vez eso de ser poeta pudiera contagiarse, pensaba.
Hoy, con cien años y un mes, se hace aún más evidente que su voz sigue siendo necesaria, urgente. No tanto por los poemas más citados —los de amor desgarrado o la crítica social inmediata— como por esas líneas menos recordadas en las que Ángel González elevaba la ironía a advertencia y la advertencia a acto de resistencia.
En Discurso a los jóvenes clamaba: “De vosotros / los jóvenes, / espero no menos cosas grandes que las que realizaron / vuestros antepasados”. Y esos versos no pueden infundirme más esperanza en el futuro que cuando los releo hoy, frente a la preocupante desidia de unas leyes educativas y a la deriva de valores que antaño creímos inamovibles. Ángel sigue vivo en sus poemas y en la conciencia de quienes lo leen. Ángel no es solo actual, sino que también es, según yo lo siento, un poeta perenne.
Oviedo, sin embargo, parece seguir tratándolo como a un pariente lejano. Su placa conmemorativa está mal ubicada, porque nadie se detuvo a mirar con calma el callejero histórico antes de decidir dónde recordarlo. Curiosamente en esa calle equivocada pasé mi infancia, esa de caleyas y edificios oscuros. El despropósito de poner la placa a más de un kilómetro de donde Ángel nació en realidad es también un síntoma: la prisa con la que a veces tratamos a quienes más deberían acompañarnos. La memoria no se improvisa; necesita cuidado, contexto, raíces.
Quizás por eso este centenario no es solo una efeméride literaria, sino también una llamada de atención. Ángel González nos recuerda que la poesía no es un adorno del pasado, sino un instrumento para mirar de frente el presente y, de alguna manera, tratar de entenderlo.
Hoy, justo un año y un mes después de su nacimiento, desde la asociación SOPHVM presidida por Miguel Alarcos, varios escritores y lectores de su obra hemos llevado a cabo una sencilla ofrenda poética y floral frente a su tumba en el cementerio de San Salvador. La tarde de otoño nos ha envuelto con su luz breve, casi frágil, y el acto tuvo esa humildad que no necesita artificio para ser hondo: unas flores, unos poemas, una composición de piano hecha ex profeso y el silencio compartido. A veces la poesía nos llega por canales insospechados; esa es parte de su magia. Y en tardes como esta, cuando las palabras de un poeta centenario siguen iluminando el presente, comprendemos que la memoria, bien cuidada, es también un futuro en ciernes para el que la poesía en general, y Ángel, nuestro Ángel, en particular, es algo cada vez más urgente y necesario. Gracias a SOPHVM por tenerlo presente, gracias a todo aquel que, de vez en cuando, piense que la poesía no es un lujo ni un adorno, sino una forma de respiración colectiva, una manera de resistir al olvido y de recordar quiénes fuimos y quiénes aún podemos ser.