Habíamos quedado en seguir hablando del libro de Antonio Muñoz Molina sobre Cervantes. Digamos que el Quijote no es un libro fácil. Su huella como verdadero clásico es imperecedera, pero esta misma condición ha supuesto las múltiples lecturas sobre él, que su propia estructura propicia: libro largo, contemplando diversos géneros, propósito discutible, etc. Necesita una guía de lectura, sin duda. Primero en efecto, requerimos una edición fiable, pongamos por ejemplo la de Francisco Rico, pero, más allá de eso, necesitamos una ayuda que nos permita acercarnos al libro o “aproximarnos” a él. Esto es lo que he encontrado siempre en el ensayo, bien vicensiano, de Martín de Riquer. A partir de ahora, el libro de Muñoz Molina va completar en mi biblioteca el volumen tan imprescindible del cervantista catalán.
El Quijote es un libro que desde la infancia ha acompañado a Muñoz Molina, aunque su abordaje sea siempre privado. El Quijote en cambio era el libro que leíamos en la escuela, en un círculo de chavales, que íbamos ocupando nuestro turno a medida que el maestro, un hidalgo burgalés tronante y fumador empedernido, nos convocaba.
Muñoz Molina no ha podido después prescindir del Quijote. Ha sido, y todavía es, un instrumento de supervivencia para él. En su primera juventud, cuando adquirió la edición de la colección Austral, apuntó una frase de Luis Cernuda que no ha desechado nunca. “No tengo sino alargar mi brazo y alcanzar su libro para toparme con don Quijote, hablándome y acompañándome como nadie en este mundo me habló ni me acompañó jamás”. Recuerda también como Don Quijote le acompañaba en los ratos muertos de su servicio militar en el Cuartel de Cazadores de Montaña de San Sebastián, escondido en los amplios bolsillos laterales del pantalón, aunque olvida mencionar que la memoria de su estancia militar nutre el testimonio imprescindible de su libro Ardor Guerrero. Todavía hoy, desbordado en un trance por un mundo hostil y ajeno, “yo no puedo más”, recurre a la lectura del Quijote por puro vicio, dice, “para esconderme y consolarme”.
¿Qué es lo que seduce a Muñoz Molina del Quijote de Cervantes? Su capacidad de, primero, captación, y después, aceptación tolerante de la pluralidad, geográfica o social, si hablemos de las tierras o de los diversos oficios; pero también de las diferentes capas, sentidos o momentos de cada hombre, de cada uno de nosotros. María Zambrano se había referido a esta capacidad del Quijote como reflejo de su propia biografía viajera y vital. Baste recordar a este propósito su vida de soldado, la participación de nuestro autor en la guerra contra el turco, sus años de cautiverio, así como su conocimiento de la Corte y diversos oficios. Pero Cervantes escruta asimismo en cada uno un fondo variable, diversas manifestaciones poliédricas que, aunque contradictorias, se refieren a la misma persona. “En cada persona, y no solo en don Quijote, se suceden la lucidez y el trastorno, la generosidad y la crueldad, la cobardía y el coraje”. Así dice Muñoz Molina que una de las lecciones de Cervantes es “ la atención a lo inconstante, lo ambiguo, lo contradictorio de las personas, las trastornadas y las en apariencia cuerdas, las mezquinas y las generosas. Don Quijote es cortés y comedido y un momento después está ciego de cólera y grita atropelladamente groserías, y ataca por sorpresa y con extrema violencia a alguien que no puede defenderse”. A veces lo irrazonable se hace colectivo y en realidad se defienden y hasta pueden proponerse como tarea común distopías en donde se justifican las barbaridades y los impulsos agresivos y hasta criminales. Por lo demás nada es fijo ni definitivo y la congoja sigue al gozo y no hay dolor ni alegría que no sean relativos y, afortunadamente, inconstantes. Don Quijote se muere al final de la novela con estoicismo ejemplar y todos lloran a su alrededor, pero no en todo momento “porque con todo, comía la sobrina, brindaba el ama, y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto”.
No se ignora, aunque tampoco se destaca demasiado, el significado político de algunas reflexiones de Muñoz Molina sobre la libertad, el poder o la misma idea religiosa de Cervantes, aunque nuestro autor tiene tiempo para decir alguna cosa de interés sobre la experiencia gobernadora de Sancho, donde brilla su sentido común y especialmente su honradez. Sancho deja por propia voluntad el gobierno y el escarnio de la ínsula Barataria y lo único que pide para llevarse consigo es un pan y medio queso, “a diferencia de tantos gobernadores de ilustre linaje que cometerán cualquier vileza para no perder un cargo y se aprovecharán de él para salir enriquecidos. Cada día se ven cosas nuevas en el mundo, dice el mayordomo de los duques, admirado por la honradez y el sentido común del campesino analfabeto a quien ha tenido que someter a toda clase de burlas”.
Muñoz Molina refuerza muchas veces su interpretación del Quijote atendiendo a las impresiones de algunos autores extranjeros, mas allá de las de los españoles Rico, Márquez, Azaña, Ayala y por supuesto Galdós, como Melville o Stendhal , y quizás especialmente Thomas Mann, que reconoce la suerte de España, en el momento de su decadencia de poderse ver representada en un personaje de la hondura y humanidad del Quijote. Don Quijote es un loco pero su triste y grotesca figura solo genera respeto. No hay quien no se sienta atraído hacia el Hidalgo, extravagante en ocasiones pero siempre sin tacha. Aquí hay una nación que ve reducida ab absurdum sus cualidades clásicas : su grandeza está situada en siglos lejanos; en el nuestro, dice Thomas Mann, tiene que luchar con dificultad por su adaptación.
Al fin llegamos al episodio del Caballero del Verde Gabán -cumbre secreta de la novela, dice Muñoz Molina- donde el libro se abre a un género como el del ensayo, en una conversación que propone dos modelos de conducta: la del acomodado propietario don Diego Miranda y la del esforzado caballero andante, y que se desarrolla en términos de absoluta igualdad, cuando Don Quijote acepta tomarse unos días de descanso, en esa casa anchurosa en la que reina un maravilloso silencio, y el Caballero del Verde Gabán repara en la capacidad razonadora que quien pasa de hacer cosas, o sea locuras, a discutir argumentadamente sobre literatura o la vida misma. Muñoz Molina advierte un tono algo irónico en el episodio, comenzando por el nombre o la vestimenta del rico hidalgo manchego, y así repara en la brevedad del descanso “por no parecer bien que los caballeros andantes se den muchas horas a ocio y a regalo”. El gran hispanista francés Marcel Bataillon encarna en el Caballero del Verde Gabán el ideal moral y religioso de Cervantes. El cuadro que la presentación de don Diego ofrece de sí mismo y de su familia, portadora de una vida sencilla, holgada, piadosa y benefactora sin sombra de fariseísmo ni fanatismo es, dice Bataillon, rigurosamente conforme al ideal erasmista.
En fin, libro formidable este de Muñoz Molina, eso sin hablar de sus apuntes paisajísticos, realmente bellos, de la Mancha: Puerto Lápice, El Toboso, la cueva de Montesinos que seducen a quien, como me ocurre a mí, los visité durante años…