Opinión

Barcos de papel

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 08 de octubre de 2025

Huyen de aquello que no quieren poseer y, sin embargo, temen perderlo. Hipocresía, tal vez. Otros se aferran a las causas de quienes viajan en un barco de papel. No conocen el destino ni tampoco el motivo. Lo digo porque bailan y recrean en ocio, como si de un crucero fuera el negocio. Se mueven necesitados de calmar tempestades sin saber que navegan sobre aguas de la ira. Violan las cartas náuticas en busca de una ética olvidada de la razón a bordo. Ellos mismos pusieron rumbo a un lugar fuera del mapa. Confundieron una cortina de humo con un banco de niebla y se extraviaron entre arrecifes flotantes en forma de navíos de guerra.

Al otro lado se negociaba la paz; sin embargo, los barcos de papel no llegaron a puerto. Y no llegarán. Sus banderas ondean en dirección contraria a las agujas imantadas de un rumbo imaginario. El alto el fuego está en manos de cuatro tahúres. Los de siempre. Mientras la muerte se da el festín de la oportunidad, la vida, indeseable y vil, se ceba con los de costumbre, con aquellos que suelen extraviar el pasaje para viajar al futuro.

Sufre y ayuda son dos palabras que determinan al ser humano ante las cosas propias y ajenas. A partir de ahí, lo que está en nuestra mano son la opinión y el juicio, siempre que sirvan para atemperar injusticias; más para conseguir enmendar lo innecesario no cabe poner sobrenombres cuando los actores se guían por extremismos e ideologías. La muerte es única y la misma, tanto si se presenta en un pobre como en alguien pudiente. Da igual el lugar en que aparece. De ahí que el rumbo de los barcos de papel esté ligado al mar o al charco de una fuente; por eso no conviene pretender que suceda todo al gusto de uno. Todo viene del afán de mentes extremas, de políticas, religiones y demás forzados intereses. No siendo pocos, son los suficientes para que el mundo repare que se puede pescar en aguas revueltas. Los caladeros de votos y réditos sirven para eso.

Todo esto peca de locura. Cuando la aventura se desvanece y a manos vacías regresan los errados navegantes sin hacer puerto ni a la ida ni a la vuelta, mitad henchidos de percusión, bailes y holgorios, y la otra mitad mostrando al mundo el cuaderno de bitácora para su posterior comercio. Mas no ha lugar pretender otro recibimiento que el relato de quienes han pretendido abordar la guerra, una de tantas, con gobiernos tomados por el desvarío y el afán de daños emergentes.

En todo esto hay opiniones engañosas que a menudo nos confunden y turban; sin embargo, el ser humano, por inhóspito que a veces pueda parecer, se rebela en conciencia y actúa, pero a la vez elige la parte de sufrimiento que otros litigan desde la sombras. Es el menosprecio hacia los que mueren a manos de la canalla que mueve los hilos del terror.

Quizás una acción de gracias consiga enmudecer el ruido del surdo, ese tambor de gran tamaño y grave sonido

que marca el pulso rítmico de la batucada. Ya es tarde para que los barcos de papel lleguen a ese puerto; sin embargo, hay tiempo de poner rumbo a otras muertes, tan crueles como innecesarias. Por inexplicable que esto parezca, en otros lugares la mano del hombre practica la carnicería de inocentes. Y nadie se mueve. No hay banderas. No hay bailes. No hay cruzadas ante miles y miles de voces sepultadas a diario. Son otras muertes. Muertes amortizadas que quedan en beneficio de un inventario, cuyos cuerpos, bien sea por razones de religión, color de la piel, condición sexual o ideológica, son cercenados, violados o quemados vivos.

Cabe preguntarse si la muerte ha de ser selectiva y quién o quiénes lo deciden. Y uno, con el pretexto de la vida como único bien terrenal, se pregunta a cuántas muertes tiene derecho el ser humano inocente de cualquier clase o lugar. Tal vez si amas al mundo y quieres ver un mundo mejor, tu interés no puede ser solo una travesía, pues cuando una sociedad deshumaniza a los muertos, se comienza a perder el privilegio de amar y ser amado.

Hay otros vivos en otras partes de la Tierra que a diario miran al horizonte de un mar imaginario alzando la voz en el cielo: ¡Estamos cansados de morir!

Qué cosa más digna de estudio es el ejercicio del sufrimiento ajeno contra las insolencias de la fortuna.