Hallábase este muchacho descansando del fatigoso estudio de los fragmentos que conservamos del Peri physeos de Parménides de Elea cuando se topó con un artículo de una señorita que criticaba la mía idea de que sólo merece la pena leer a los clásicos. Sí, una de mis pocas convicciones es que debemos ser muy cuidadosos al elegir qué leemos. De la misma manera que no regalamos nuestro tiempo a cualquiera ni ponemos nuestra educación en manos de quien sea, tenemos que ser igual de cautelosos con los libros a los que otorgamos un hueco en nuestros anaqueles. Cuando ojeo las mesas de novedades de las librerías sólo encuentro historias e ideas basura impresas en papel envuelto en unas atractivas tapas de las mismas editoriales de moda. Sin embargo, en muy raras ocasiones, doy con algo que llama mi atención, mas inmediatamente me pregunto: ¿merece esto el tiempo que le iba a dedicar a alguno de los innumerables clásicos cuya lectura tengo pendiente? La respuesta, habitualmente, es negativa. Mi creencia de que debemos dar prioridad a la lectura de los clásicos sobre la de cualquier novedad descansa en la intuición de aquello que consignaba Séneca en la primera de sus Cartas a Lucilio: «Omnia, Lucili, aliena sunt, tempus tantum nostrum est». («Todo, Lucilio, es ajeno, sólo el tiempo es nuestro»). Ruego que la señorita disculpe este latinajo que a sus ojos me envejece. Sólo nos es propio el tiempo y debemos cuidar en qué emplearlo, pues todo el tiempo que malgastamos es tiempo regalado a la muerte.
En esta época de creación y consumo frenéticos de placeres, la lectura se presenta como una fuente más de placer, de manera que Los ciento veinte días de Sodoma de Sade compite con el Satisfyer. Pero esta banalización hedonista de la lectura no debe ocultarnos que el libro es el medio más efectivo para la transmisión de conocimiento. Los que somos amantes del saber buscamos en los libros algo más de lo que ve en las mujeres algún ministro socialista. Siempre elijo los clásicos porque espero aprender algo de ellos. Esta seguridad descansa en reconocer al tiempo como la malla que salva a las más altas cumbres del pensamiento de la erosión del olvido. Y es por esa condición de inolvidables por lo que volvemos a ellos una y otra vez, porque sabemos que subidos a sus hombros de gigantes vemos los contornos de nuestro tiempo. Qué sea lo que les salva de ser devorados por Saturno es otra cuestión que excede este artículo.
Cree la señorita que la lectura es un acto «íntimo, placentero y desordenado». Si bien podría reprocharle que los tres adjetivos con los que caracteriza la lectura también pueden predicarse del acto con el que sus padres le trajeron al mundo, prefiero hacerle ver que ese uso hedonista del libro no tiene nada de desordenado. Lejos del azar con el que una abeja liba el néctar de flor en flor, la venta y consumo lectura de las novedades literarias está milimétricamente prevista, organizada y dirigida por las editoriales hegemónicas y los panfletos culturales donde los críticos, esos mercenarios de las letras, censuran los libros con elogios proporcionales a la cifra del cheque que les da de comer. Algunos creen que son libres al comprar una libro de la mesa de novedades sólo porque desconocen todas las estrategias de la mercadotecnia más elemental que están determinando su deseo. Y así lo creen porque no está en su biblioteca la Ethica de ese clásico, proscrito en vida, que advierte: «Falluntur homines, quod se liberos esse putant, quae opinio in hoc solo consistit, quod suarum actionum sint conscii et ignari causarum, a quibus determinantur» («Los hombres se equivocan al creerse libres, opinión que obedece al solo hecho de que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas que las determinan»).