Opinión

El encuentro

TRIBUNA

Carlos Díaz | Jueves 09 de octubre de 2025

Siendo profesor de Filosofía y letras en la Universidad de Buenos Aires, Borges le pidió a una alumna su opinión sobre la obra de Shakespeare. Ésta contestó: me aburre. Pero al instante puntualizó: al menos lo que ha escrito hasta ahora. Borges, sin alterarse, le respondió: tal vez Shakespeare todavía no escribió para vos. A lo mejor dentro de unos años lo hace. Compruebo la genialidad de la respuesta de Borges cada día, y además me traslada a Confucio, el cual decía: no daré mis enseñanzas a quienes antes no hayan pensado ellos mismos sobre ellas desde sí mismos. Si no llevas dentro la estrella, la estrella no te dará calor.

Sin ir tan lejos en el espacio y en el tiempo, el premio Nobel T.S. Eliot, había escrito: “todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia. Toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte. Pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios. ¿Dónde está, pues, la vida que hemos perdido en vivir? ¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información? Los ciclos celestiales en veinte siglos nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo”. Ni siquiera Dios estará donde tú no estés para él. Las rosas carecen de olor para el alérgico a sus perfumes. La sabiduría te ignora si tú no la buscas. Tú eres parte de Dios, del cosmos y de la rosa, si te sientes algo divino, algo cósmico y algo perfumado.

Al menos estas cosas las compruebo también en estas latitudes, hoy en Ciudad de México, ejerciendo como terapeuta itinerante. No sanan los que se creen demasiado sanos y acuden a consulta hinchados como rana infatuada, dando lecciones al posible sanador. Yo al menos no logro conectar con su pretendida plétora. Para alcanzar la felicidad estas personas creen necesario ser imbéciles, egoístas, y gozar de buena salud, y que si falta lo primero todo se acabó. Este aforismo seguramente lo escribió un imbécil, egoísta y de buena salud. Para sanar el alma no hay que perder el contacto con el suelo, porque solamente así tendremos una idea aproximada de nuestra estatura.

León Felipe llevaba la Biblia en la sangre muerta y resucitada, y en sangre la bebía: “me gusta remojar la palabra divina, amasarla de nuevo, ablandarla con el vaho de mi aliento, humedecer con mi saliva y con mi sangre el polvo seco de los libros sagrados y volver a hacer marchar los versículos quietos y paralíticos con el ritmo de mi corazón”. Estas palabras del poeta católico, sentimental, viejo y feo, como así se describía a sí mismo el exiliado republicano, lejos de atemorizar, elevan hacia lo alto a pesar de este peso de ballena que uno va acumulando con el tiempo. Esa parte es la que resistirá y reexistirá aunque uno sólo no pueda. Aunque no todo pueda ser dicho, en el diálogo auténtico se produce la conversión del ser. Cada interlocutor toma en él como verdadera existencia personal al compañero o compañeros de diálogo a que se dirige. En este contexto, tomar a alguien por tal significa asimismo conceder en ese instante al interlocutor la medida posible de la presencia de esta persona concreta. El interlocutor toma al otro como compañero suyo, pues la auténtica conversión de su ser al otro conlleva esta confirmación, esta aceptación. Aunque yo esté enfrentado al otro, siempre le aceptaré como correlato de un diálogo puro, le diré sí como persona.

Cuando se produce un auténtico diálogo, el participante debe implicarse a sí mismo. Y esto significa que ha de estar dispuesto a decir en todo momento lo que piensa respecto del objeto del diálogo. Y esto a su vez quiere decir que deberá traer a colación la contribución de su espíritu sin recortarlo ni camuflarlo. Personas honradas piensan no deber todo lo que tienen que decir pero, en la gran fidelidad, que constituye la salsa del diálogo auténtico, aquello que yo tengo que decir tiene ya en mí el carácter del querer llegar a ser dicho, y yo no podría desligarme de ello ni quedar personalmente fuera. Pues ello lleva ya consigo la pertenencia a la vida comunitaria de la palabra. Allí donde la palabra dialógica se da en puridad ha de concedérsela el derecho a hablar con franqueza. El hablar con franqueza es exactamente la antítesis del parloteo Todo depende de la legitimidad del ‘lo que yo tenga que decir’. Y, naturalmente, también tengo que ser consciente de lo que tengo que decir, aunque no lo sepa verbalizar precisamente ahora, para acogerlo en la palabra interior, y luego elevarlo a expresión oral. Allí donde el diálogo se lleva a efecto en su autenticidad entre interlocutores que se dirigen uno al otro mirando hacia la verdad, se expresan sin recelos. De este modo se liberan del querer aparentar produciéndose así unos frutos comunitarios memorables, aunque no se concreten en nada inmediato. La palabra se enaltece progresiva y sustancialmente entre seres humanos conmovidos y abiertos en su profundidad por la dinámica de una elemental puesta en común. Lo interhumano abre a lo antes clausurado.

Naturalmente no todos necesitan hablar en comandita para que se produzca un diálogo auténtico; los que permanecen en silencio pueden ser especialmente importantes al respecto. Pero todos deben de estar decididos a no echarse atrás cuando en e1 curso del diálogo deba decirse lo que tenga que decirse. De donde se deduce que de antemano nadie podrá saber qué vaya a resultar exactamente: un dialogo autentico no puede ser dispuesto a priori. Ciertamente existirá en él un orden fundamental desde el comienzo, pero nada podrá ser predeterminado, pues el camino a seguir será el del espíritu, que descubrirá mucho de lo que deba decirse, por tanto, no antes de que allí acuda la llamada del espíritu. Evidentemente, también es menester que todos los participantes, sin excepción, se encuentren en condiciones de satisfacer y capacitados para cumplir las condiciones previas en orden a un diálogo puro. La pureza de este requisito queda cuestionada cuando, por ejemplo, una pequeña parte de los presentes recibidos como tales por sí mismos y por los demás ven cómo se les niega la participación activa.

Cuando la población discrepa en sus valores, creencias y conductas, hay que dar buenas razones para justificar las propias preferencias; si a defiende lo que b impugna, o a la inversa, se hace preciso dialogar sobre ello. Pero no faltan quienes afirman no necesitar diálogos, pues se han instalado en la convicción de que ellos son seres normales, séanlo o no, sin demostrar por qué lo son o no, como aquel portugués de la fábula que hablaba portugués, pero no sabía que lo hablaba. A veces esta actitud se empecina, y entonces algunos a los que denominamos humanos, aunque no actúen como tales, defienden sus posiciones a capa y espada con comportamientos nada razonables tales como amenazas, coacciones, golpes, o derramamientos de sangre. Vigente la ley del garrotazo, éste se instaura cual patético sistema de convivencia, y discurren como sigue: soy un hombre normal en mi entorno, luego mi conducta axiológica es razonable, justa y buena. Y, si tal es así, entonces lo diferente a lo mío es deficiente, extraño, bárbaro, aberrante, sencillamente porque no se aviene a mi normalidad, y en consecuencia no es correcto. La única norma con pretensiones de validez universal es entonces que lo bueno para la General Motors es bueno para la humanidad, es decir, las barras y las estrellas. La terapia del desencuentro.

Esta es la enseñanza de Martin Buber que guía mi intención como terapeuta no meramente funcional. Modestamente, me encuentro en el encuentro, en el cual me siento encontrado. Dos que no se dejan encontrar en reciprocidad estarán huyendo siempre de sí mismos, de su unidualidad.