Opinión

De la vida y la enfermedad, del crimen y la muerte: Wozzeck

TRIBUNA

Javier Mateo Hidalgo | Viernes 10 de octubre de 2025

La tarde del pasado domingo 6 en el Auditorio Nacional fue memorable. Además de por la simbólica fecha para la obra que se puso en pie —los cien años del estreno de la ópera Wozzeck de Alban Berg—, por la propia e impresionante puesta en escena de la misma. El público que asistió al espectáculo fue testigo de algo más grande que una mera representación semiescénica de la obra en versión de concierto, tal y como estaba anunciado; aquello trascendía a cualquier mera catalogación. Lo que aconteció en el escenario fue un auténtico espectáculo que conmocionó a la audiencia.

Wozzeck es sin duda la obra más conocida de su autor, austriaco representativo de la Segunda Escuela de Viena al que una sepsis le impidió cruzar el umbral de los cincuenta años —mitad de una vida—. Habiendo sido alumno de Arnold Schoenberg —quien accedió a darle clases gratuitas asombrado de su talento—, siempre apostó por el factor tonal y romántico; sus obras poseen la fuerza, delicadeza e inteligencia suficientes como para abarcar al público más exigente o inespecífico, y uno de esos ejemplos lo encontramos en esta obra que adapta el texto de otro autor que dispuso de poco tiempo en el mundo para demostrar su valía: en concreto, menos de la mitad de la mitad de una vida: 23 años. Ello no fue impedimento para dejarnos textos como el que inspiró a Berg, dada su fuerza dramática y sus postulados avanzados. Y es que Karl Georgia Büchner fue un auténtico visionario de la escena moderna que se adelantó a estilos como el expresionista o el teatro del absurdo. Woyzeck es su más representativo trabajo, a pesar de habernos llegado fragmentado e inconcluso. Las diversas versiones en que fue completado tras la muerte del autor siguen arrojando dudas sobre lo correcto del proceder.

Alban Berg quedó sorprendido de la fuerza de esta obra de Büchner cuando acudió a su estreno en 1914, casi ochenta años después de que fuera escrita —cuando se denominaba Wozzeck debido a un error de edición, y así se quedó para el músico—. Ello le llevaría a la decisión de tomarla como tema para su primer trabajo operístico. La composición de la ópera se postergó bastante en el tiempo debido a la I Guerra Mundial —debido a la cual Berg fue llamado a filas—. Tras siete años de proceso creativo, la dio por concluida, estrenándose cuatro años después. Wozzeck se inspira en la historia real de Johann Christian Woyzeck, barbero y soldado alemán que asesinó a su amante en Leipzig en 1821 empujado por los celos. Durante el juicio, tras conocerse que el victimario padecía enfermedades como trastorno depresivo mayor, esquizofrenia o despersonalización, fue condenado a muerte. Las adaptaciones que se hicieron sobre la obra de Büchner entienden que el final lógico que el escritor había pensado —aunque no ejecutado— era no el ajusticiamiento por decapitación de Woyzeck, sino su muerte por ahogamiento tratando de limpiar la sangre que quedaba en su ropa y en la navaja con la que había asesinado a su amante. Así quedó también en la ópera de Berg, que la estructuró en tres actos —cada uno con cinco escenas— siguiendo el ejemplo de atonalidad libre de Schoenberg; con dicho estilo, ponía la música al servicio de la expresión de sentimientos complejos como la locura, el amor, la dignidad a pesar de la pobreza, o el deseo de libertad frente a la brutalidad o el abuso. Lo que dota a la partitura de alma o sentimiento es precisamente ese control de las notas buscando un fluir armónico. La repetición de éstas permite una continuidad y estructura en la partitura.

Wozzeck ha quedado en el repertorio musical como una de los muestras más claras de atonalidad, representándose en numerosas ocasiones. Junto con la obra teatral, claro está, dieron lugar a dos versiones cinematográficas: la primera de 1947, dirigida por Georg C. Klaren; la segunda en 1979, realizada por Werner Herzog y protagonizada por su actor fetiche, Klaus Kinski. Y es que esta obra nunca dejará de estar de actualidad por aquellas cuestiones que tanto afectan al ser humano: la vida, la enfermedad, el crimen y la muerte.

Con todos estos mimbres, parecía muy difícil una nueva representación innovadora de la obra en su centenario. Más allá de que este mismo fin de semana Sir Simón Rattle llevase a cabo su propia versión de la ópera dirigiendo a la Sinfónica de la Radio de Baviera en Múnich, el resultado puesto en pie en el madrileño Auditorio Nacional ha superado todas las expectativas. Ya el 4 de octubre, Rafael Ortega Basagoiti titulaba así el hito en la revista musical Scherzo: “Un tremendo ‘Wozzeck’ impacta en el inicio de la temporada de la Orquesta Nacional”. Y no es para menos, pues el director David Afkhan ha decidido despedirse como titular en ésta su última temporada por todo lo alto. De una forma absolutamente acertada, se ha escogido esta obra —en palabras de Ortega— como “primera puntada de uno de los hilos temáticos del ciclo” con título bien zweigiano: El mundo de ayer. Ese fin de la vieja cultura —que el escritor austriaco vivió antes de poner fin a su vida durante la II Guerra Mundial— parece asemejarse al momento que vivimos en la época actual, donde la estabilidad de nuestra civilización se tambalea a marchas forzadas. La situación anímica del personaje de Wozzeck se va tornando cada vez más inestable debido al contexto en el que vive y que le oprime —más allá de sus desequilibrios internos—.

El concepto escénico de Susana Gómez resultó a todas luces insuperable, no solo integrando a la perfección a los cantantes en el escenario y aprovechando al máximo cada espacio para construir una impactante dramatización, sino también haciendo uso de determinados elementos como la silla de barbero o la idea del río delante del escenario. También las luces jugaron un papel importante, impregnando de atmósfera psicológica toda la escena como lo harían los teñidos de los fotogramas de films expresionistas suplentes —y primando el rojo de pasiones como el amor o la locura, el asesinato o el crimen—. Los personajes llegaron a ocupar incluso el espacio superior destinado al gran órgano de la sala, manteniendo al público activo para detectar dónde iba cambiando la trama su lugar de representación.

Los intérpretes, por su parte, lucieron su respectivo vestuario de época e hicieron gala de unas impactantes dotes dramáticas. En especial el bajo-barítono Martin Winckler, que encarnó a la perfección a Wozzeck y fue transitando de la calma inicial a la locura final —incluyendo el uso de su voz para sonidos ajenos a lo musical y acciones —peleas, espasmos o agitación— que ponían a prueba a su garganta y cuerpo. Una interpretación actoral que bien podría equipararse a la de la orquesta en su conjunto, que Afkhan hizo transitar de lo lento y calmo a lo enérgico y atronador. La Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE) hicieron retumbar la sala, conmocionando al público y desafiando la capacidad e intensidad vocal de los intérpretes. Cabe destacar la participación de los niños cantores —en especial, Jairo Somolinos, que interpretó al hijo de Marie (amante de Wozzeck)—, que terminaron de bordar la ópera en su escena final —la quinta del tercer acto— con su reposado aunque inquietante final. Y ese coro griego de riguroso oscuro —nocturno e incluso de luto— que rubricó la experiencia con una matrícula de honor. Cabe preguntarse, después de esta obra tan impactante, con qué más se podrá sorprender al público asiduo del Auditorio.