Opinión

El olor de las rosas

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Viernes 10 de octubre de 2025

De un tiempo a esta parte se me hace difícil afrontar la página en blanco. No temo repetirme y cuento con que interesaré a unos, pero aburriré a otros, asumo que nada resultará una obra redonda, pero espero todavía que no se deshaga sin sentido ante los ojos del lector. A ese respecto nada ha cambiado.

Se me hace difícil, sin embargo, contener el asco y no cargar la lengua de improperios, no quisiera contribuir al odio inclemente que satura la vida social y política de nuestros días. No soy un lánguido pacifista que suspira mientras se mira el ombligo. Nada tendría contra una vehemencia significativa, pero no quiero lanzar otro insulto en vano a una atmósfera ya irrespirable. No quisiera exhalar miasmas que enturbien el aire haciéndolas pasar por análisis y meditación, por una cuidada articulación de las ideas. Rastrear la actualidad deforme que ofrece la prensa me dispone, pese a todo y de inmediato, al ataque y la defensa. Es, supongo, la condición misma de la vida política que, según la manida fórmula del general prusiano, es la guerra continuada por otros medios.

En esta completa confusión ultramoderna, no es fácil señalar en qué momento se produjo el paso de unos a otros medios. Así mi perplejidad concluye en una suspensión del ánimo que no es el mejor estado para opinar. Una paciencia escéptica pudiera ser, por el contrario, la disposición adecuada para el estudio y la lectura, no acuciada por la urgencia de las soluciones. Pese a todo, siempre he sospechado de la pretendida serenidad del sabio que vive retirado del campo de batalla o del bullicio del mercado.

No necesito que me documenten el hundimiento de la educación secundaria en los últimos treinta años. La secundaria se pretende auténtica educación civil por cuanto se extiende al conjunto de la población y dice ofrecer la formación básica para el desarrollo de las funciones comunes al conjunto de la sociedad. Ese momento determinante de la constitución de los ciudadanos en estas repúblicas, digamos que ilustradas, se encuentra en un estado crítico. A su vez, las formas del parentesco tienen hoy una condición residual, alejadas de una función reproductiva y educativa que – en buena medida – ya no cumplen. Esa función reproductiva es sucedáneamente satisfecha por la recepción de una constantemente creciente población inmigrante que se asume – en el orden técnico que ha vaciado de sentido la vida antropológica – como abstracta “fuerza de trabajo”. Ni la familia, ni la escuela sirven, en suma, para conformar unos caracteres diluidos por las exigencias volátiles de un mercado fluido. Arrojada a la fantasmagórica jauría de las redes sociales y entregada al vaivén de sugestiones que la descoyuntan, la subjetividad de la población juvenil y ya no tan juvenil se asfixia en las nuevas condiciones de un decadente estado de bienestar en crisis permanente.

La repetitiva escena que ofrece el teatro de variedades de los partidos y los parlamentos, con su estilo de lupanar, actitudes de proxeneta y gestos horteras, adereza el caldo en que nos cocemos. No hay novedad alguna en señalar el estado de decadencia en que nos encontramos y, sin embargo, ese diagnóstico es contestado siempre por algún optimista plomizo, salpicado de pensamiento positivo. De nada servirá que le mostremos índices de suicidio o depresión, que le paseemos por el erial de las aulas o le señalemos la soledad masiva, la violencia creciente, la farsa de una vida reducida a hueca representación, que le informemos de la desconfianza oculta tras nuestras sonrisas impostadas, que le pongamos ante la escombrera de palabrería pedagógica y jerga pseudo técnica que tiene nuestra lengua estragada. No modificará su gesto de pánfilo entusiasmo tras el que, no lo duden, esconde un arma.

La ciénaga parlamentaria o el juego sucio de los partidos es sólo la fea planta que crece sobre el lodo de un cuerpo social en descomposición. Es muy fértil la materia hedionda de la corrupción. Acaso mañana, si el estercolero atenúa su expansión, pueda crecer sobre su suelo endurecido una rosa oscura con su puntita de escatol.