Opinión

La revolución de las élites globales

TRIBUNA

Pedro Gago | Sábado 11 de octubre de 2025
Desde hace tiempo, por encima de las élites nacionales y locales se ha formado un poder antipolítico, unas élites globales compuestas fundamentalmente por un amplio grupo de multimillonarios, tecnoburócratas y gestores políticos. Su influencia en la creación de algunos programas bioideológicos está provocando unos cambios decisivos en muchas sociedades. Estas élites globalistas mantienen el formalismo democrático privando al ciudadano de la libertad política. Entre sus objetivos está acabar con los Estados y Naciones, si bien se apoyarán en ellos durante la transición que llevará a la constitución de un Estado universal. La mentalidad malthusiana de las élites globalistas cree que el crecimiento de la población mundial es tan excesivo que podría acabar con la vida del planeta. Lo que justifica que sea urgente aplicar un plan universal para detener la degradación ecológica y la destrucción de los ecosistemas, confiando que el planeta tierra progrese y se transforme, gracias a la tecnociencia, en un ente artificial, formando parte del universo natural. El plan fomentará la cultura de la muerte y obligará a los Gobiernos a adaptar todas las medidas radicales, legalistas y superlegalistas (Maurice Hauriou), pudiendo incluso recurrir a decisiones extremas sobre las poblaciones, provocando conflictos, catástrofes, pandemias, etc. En su ánimo, la preservación del planeta es mucho más importante que la humanidad -¿con excepción de las élites y su servidumbre?-

Sin que hayan perdido su interés por los negocios ni los beneficios, defensores del libre mercado, las élites globalistas intentarán planificar la superproducción y controlar la vida humana. Uno de sus proyectos de ingeniería social, una combinación de nacional- socialismo y comunismo mao-estalinista, se basará en eliminar los seres humanos sobrantes y mantener a los calificados como indispensables para tenerlos a su servicio. El odium plebis de estas élites hacia la humanidad, les llevará a convertir a gran parte de las sociedades en una masa cultural y orgánicamente amorfa, a las que estratégicamente se les dará derechos ilimitados, con la correspondiente moralina victimista. En principio, los individuos quedarán aferrados a la sucesión “ininterrumpida” de ahoras, cuya realidad profunda no podrán percibir, al quedar desposeídos de la capacidad para entenderla. A partir de los derechos-aspiraciones, a los individuos se les impulsará hacia un consumismo jurídico, que les conducirá a tener un conflicto más o menos soterrado con los demás.

Las élites globalistas recurren al intervencionismo institucional para mantener la dominación sobre las gentes y llevar a cabo su plan universal, destacando la agenda cultural que abarca todos los factores humanos. En realidad, es una cruzada cultural para convertir al individuo en un ser dependiente de las identidades a las que deberá quedar determinado. Se aspira principalmente a superar su naturaleza biológica, siendo lo más urgente llegar a abolir la conciencia profunda del ser, transfiriéndola al detentador del poder que será quién le marque su destino. Una vez el individuo se desprenda de su conciencia y mantenga una mera existencia orgánicamente transformada, desligado de sí, dejará de ser plenamente humano y se convertirá en un ser inferior a un esclavo. Este, considerando un instrumentum parlante, sin embargo, podía tener una conciencia libre, siendo consciente de que sus limitaciones se debían a su posición, mantenida por la coacción externa. El globalismo, en cambio, está dispuesto a transformar radicalmente al individuo, desprendiéndole de su ser biológico y de su libertad esencial. El factor clave estará en relacionar estrechamente al individuo con la mundialización (Toni Negri) para alejarle de su ser ontológico. El objetivo último de las élites globalistas sería llevar a los supervivientes a obedecer automáticamente a la voluntad de los poderes dominantes.

El intelectualismo, perteneciente al vasallaje buscado, se encargará de justificar el cambio radical: el paso de ser natural, a un sujeto objeto artificial. Adaptando a su tiempo los contenidos de la alienación histórica, propaga que todas las desgracias, infelicidades e insatisfacciones humanas son consecuencia de la absurda casualidad biológica, por lo que su liberación será posible escapando al sometimiento de la naturaleza –una casualidad causal-. Siguiendo la crítica marxista proyectada en la bioideología tecnicista, el ser humano, como ser enajenado por la fisiología, habrá de tomar conciencia de su explotación que preferentemente no será por el capitalismo, sino por el organismo natural, por lo que deberá asumir una conciencia fluida y ponerse en manos de la fuerza cientificista que el globalismo determinará. Entonces, superando su ser natural, vaciada su existencia, podrá adaptarse plenamente al automatismo del poder.

Así pues, la estrategia del mundialismo o del globalismo consiste en abolir definitivamente a la persona, introduciéndole en un sistema que le acople al poder universalista y suprahistórico– la adaptación al igualitarismo tecnificado-. Serán las élites las que dirigirán el nuevo movimiento como una fuerza superior al apoyo social. Para ello será imprescindible descomponer las sociedades –el desorden y la desestructuración para las sociedades y el orden para las minorías-, desprendiendo al individuo de los lazos sociales y familiares, dejándole sin capacidad para asumir las obligaciones como ciudadano.