Opinión

Amarillo, elegías, bordes

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 12 de octubre de 2025

Estos tres libros de poesía, aparentemente inconexos entre sí, sirven para desmentir esa idea previa y descubrirnos, a las puertas del otoño, una misma concepción corpórea y verbal de la convalecencia en la que nos pueden sumir los padecimientos físicos y anímicos de las palabras requeridas para nombrarlos, para rehuirlos o simplemente inventarlos en nombre de quienes no pudieron.

Marta Sanz tiene una paralela y, se diría, clandestina carrera poética que todavía es desconocida para muchos. Después de explorar los límites de la narrativa, desde su veta más novelística, pasando por el diario, el ensayo y el puchero de todos los anteriores, dio a la imprenta su libro Amarilla, donde, sin alejarse demasiado de su verbo barroco y su mirada tan aprensiva como detallista, recorre las posibilidades de ese color que igualmente acude a las manidas imágenes solares y cándidas en las que se puede pensar de primeras, para después bajarnos de sopetón a otras más cercanas, más cetrinas. Los aspectos más graves de la melancolía, de la depresión en toda su sibilina ferocidad, se dan la mano con mucha broma doliente, sabiendo que ninguna hace verdadera gracia, pero conviviendo como mejor pueden, porque fuera de ese cuerpo que escribe, se sabe que también hay otros como ella, con otras depresiones y exaltaciones que aguantan la precariedad de la belleza en aquello que termina desasistido. ‘Las palabras suturan y desdicen/ la inexorabilidad del frío./ El mal reparto del mundo./ Y sus círculos concéntricos’.

El final de todos esos pesares o felicidades dolidas por su cortedad es el mismo que nos incumbe a cualquiera. Que la muerte hermana es algo sabido desde tiempos medievales, y algo de esos memento mori, tocados también por el deje barroco, son los que le han nutrido a Markel Hernández la escritura de su Necrópolis, obra ganadora del XLVI Premio de Poesía “Arcipreste de Hita” 2024. Menos cortante que en su anterior libro de poemas, las tres partes en las que se articula nos repasan los diferentes motivos funerarios y las percepciones por las que un duelo, personal o universal, se vuelve más artificioso o más sencillo ante la incomprensión perenne que es la pérdida de no importa qué ser querido, personal y familiar o literario y recubierto de mitología, como las hojas sobre las tumbas. Intuitivo en las búsquedas de lo particular y anecdótico de los ritos, el poeta vasco insiste en el quiebro temprano de los versos y estos requerirían más libertad, más extensión para no apurar la idea que se quiere transmitir, para hacer más dinámica la caza de esos ‘peces oscuros a los que no tocan las palabras’.

Siguiendo la ruta de las oquedades del alma, manifestadas a través de nuestra propia superficie, está el primer libro de María Limón. Los bordes es el ahondamiento en la incomprensión y la vulnerabilidad que acompañan a un recorrido vital. Salvaguardados por su abstracción, en bastantes ocasiones mediante lo mínimo en su ejercicio de visiones atrapadas por la condena del silencio o del lenguaje, los poemas exponen al lector —con malsano regocijo, en la línea de César Vallejo— la diferencia marcada hacia los núcleos sociales —familia, relaciones— y la manera en la que una puede sobrellevar el discurso dentro de las posibilidades de su cuerpo, aceptando ‘la tensión entre el ruido y la mudez’, como indica Laura Rodríguez Díaz en su prólogo, y cómo estos son mermados gracias a la aspiración de una visión comunal de los otros, al tejido que aúna mayores fuerzas por la amistad y el deseo sostenido sin exhibicionismos de épica masculina. Poemas que se adscriben a la corriente lírica de corporeidad-trastorno-lenguaje, corriente que suele caer en irregularidades, pero son poemas que también permiten ‘otro hueco frente al que mirarse’.