Opinión

La paradoja de los inmortales

TRIBUNA

M. Álvarez | Domingo 12 de octubre de 2025

Durante un desfile militar en Pekín y bajo el brillo metálico de uniformes y estandartes, los micrófonos captaron una conversación inesperada. Vladimir Putin y Xi Jinping, dos de los hombres más poderosos del planeta, hablaban —casi en susurros— sobre la posibilidad de vivir ciento cincuenta años. Hablaban de biotecnología, de trasplantes continuos, de un rejuvenecimiento perpetuo. Y lo hacían con el tono sereno y jocoso de quien comenta el futuro de un proyecto inevitable y del cual serían partícipes, pues en caso contrario no les sería apetecible dialogar sobre tales cosas y menos ante la maquinaria de guerra y muerte por la que desfilaban.

No era una conversación banal. Era la revelación íntima de una mentalidad muy extendida: la de los que gobiernan sin límites y ahora sueñan con no tener fin. La inmortalidad biológica como metáfora del poder absoluto. La longevidad convertida en ideología. Pero Lo realmente trágico y paradójico, reside en que no solo son ellos los que así opinan y colaboran con tal utopía o distopía, según el ángulo desde donde se mire. ¿Realmente somos conscientes de ello?

La verdadera cuestión, sin embargo, es otra: ¿por qué ese afán de no morir?
¿De qué huye un gobernante que, habiendo conquistado casi todo, teme todavía al límite? Tal vez porque el límite es lo único que no puede dominar. Quien quiere vivir para siempre, en realidad no ama la vida: ama su poder sobre ella. La ciencia puede retrasar la decadencia del cuerpo, pero no curar la enfermedad del alma que no acepta su finitud.

Hay algo trágico en todo esto. Porque cuanto más sueña el poder con eternizarse, más se aleja del sentido de lo humano. La mortalidad no es una condena: es la condición que da valor a nuestros días de vida. La finitud es el origen de la compasión. Solo quien sabe que su tiempo se agota, aprende a cuidarlo para sí y para los demás.

Por eso, el gran dilema de nuestro siglo no será si podemos vivir 150 años, sino si sabremos cómo vivir los años que tenemos por delante, sean muchos o pocos. Si pondremos la inteligencia al servicio de la existencia o la existencia al servicio de la ambición. Y tal vez el signo más oscuro de nuestra época sea este: que mientras millones de seres humanos mueren sin atención, quienes deciden su destino se preguntan cómo dejar de morir ellos mismos, al menos alargando la vida. El poder ciega la inteligencia, si es que alguna vez el poder fue inteligente.

El contraste es demoledor. Según la OMS, más de 5 millones de niños mueren cada año por causas evitables: hambre, infecciones, agua contaminada. Evitar cada una de esas vidas truncadas costaría menos de lo que una sola terapia experimental de rejuvenecimiento gasta por paciente en un día. Los fondos que se destinan a la extensión artificial de la vida podrían erradicar multitud de patologías y garantizar vivienda digna a cientos de millones. Y, sin embargo, la agenda de los poderosos no es la justicia biológica, sino la inmortalidad selectiva.

Aquí la paradoja se vuelve trágica: El poder que busca vivir más, olvida vivir mejor. La vida se convierte en cifra, en rendimiento, en continuidad mecánica. Pero la existencia humana no se mide en años, sino en sentido. Lo que da valor a un día no es su duración, sino su plenitud. Porque alargar la vida sin alargar el horizonte ético solo multiplica el tiempo de la injusticia. La longevidad sin fraternidad, convierte al mundo en una prisión más duradera. Sería como vivir en el corredor de la muerte sin que esta llegara nunca.

El deseo de prolongar la vida humana hasta límites biológicamente inverosímiles encierra una ironía devastadora: cuanto más se extiende la vida, más se compromete la posibilidad de nuevas vidas. La longevidad ilimitada solo podría sostenerse bajo una condición inconfesable: la supresión parcial de la natalidad, es decir, la negación de la vida antes de nacer. ¡Ya estamos en ello! Y sin necesidad de prolongarla.

Para que unos millones vivan 150 años, otros millones de no nacidos deberán ser sacrificados en nombre de la estabilidad demográfica. Y si eso resulta inaceptable —como lo es—, el proyecto de la inmortalidad necesitaría otra fórmula igualmente siniestra: la infertilidad voluntaria, la creación de una humanidad cada vez más estéril que conserve su número a costa de su futuro.

El sueño de vencer la muerte desemboca así en un programa silencioso de muerte anticipada. El mismo poder que teme extinguirse, se ve obligado a administrar la extinción de los otros. Y la longevidad, que parecía un triunfo de la vida, acaba convertida en su negación.

Epílogo: el cálculo del delirio.

Mi mentalidad matemática me induce con frecuencia a cuantificar lo incuantificable a sabiendas que es un error. La vida sobrepasa la objetividad del número. Pero ya que los protagonistas de este tema lo han centrado en la contingencia de la vida y no en su trascendencia al no querer salir del tiempo, pero haciéndolo eterno, permítaseme al menos dar unas pinceladas numéricas, para que más allá de la exactitud de las mismas, se puedan hacer una idea. Quien quiera entrar en la verdadera dimensión del tema no tiene mas que planteárselo a la IA, quien le mostrará objetivamente y sin sesgo ideológico, y en menos de un parpadeo, el escenario al que nos enfrentaríamos ya en el año 2075, como proponían en su diálogo ambos mandatarios.

Hoy, solamente en Rusia y en China, los programas públicos de investigación en biotecnología y longevidad alcanzan cifras multimillonarias. En Moscú, el proyecto Healthy Longevity National Program y las líneas asociadas al Russian Academy of Sciences destinan cada año más de 1.200 millones de dólares a terapias celulares, medicina regenerativa y extensión de la vida útil humana. En China, el National Key R&D Program for Regenerative Medicine y las inversiones privadas asociadas a conglomerados como Baidu Life Science o Deep Longevity superan los 3.500 millones anuales. Se calcula que, a nivel global, el mercado de las llamadas anti-aging technologies superará los 120.000 millones de dólares antes de 2030.

Si se cumpliera ese sueño sin alterar la natalidad actual, el planeta se convertiría en un espejo de su contradicción: más vidas prolongadas significarían menos vidas posibles. Desembocaríamos en un mundo de 16.000 millones de personas para entonces – en 2025 - y cada una necesitando alimento, agua, energía y espacio. La humanidad ocuparía hasta el último rincón de su casa común, empujando al resto de las especies al exilio o a la extinción. Y al hacerlo, confirmaría su trágica posición en la historia de la vida: el ser humano, que soñó con vencer la muerte, acabaría siendo el depredador supremo, no por hambre de carne, sino por hambre de tiempo.

En la cúspide de la predación, ya no quedaría nada por devorar, salvo a sí mismo.
Y entonces comprenderíamos, demasiado tarde, que lo que da valor a la existencia no es su duración, sino el sentido de vivir mejor y dejando vivir.

La utopía de la longevidad es como poner el carro delante del burro. Pero ya sabemos que, el poder nunca se apea del carro. Ni del burro.