Cultura

El arte de la vida o la vida en el arte: Maruja Mallo en el Reina Sofía

El Museo Reina Sofía exhibe la exposición 'Maruja Mallo: Máscara y compás'. (Foto: EFE).

EXPOSICIONES

Javier Mateo Hidalgo | Lunes 13 de octubre de 2025

Maruja Mallo bien vale una exposición en el Reina Sofía. Treinta años después de su deceso y tras su paso por el Centro Botín de Santander, llega la retrospectiva de la artista a este museo madrileño bajo el título Maruja Mallo: Máscara y compás. Comisariada por Patricia Molins —historiadora del arte e integrante del Departamento de Exposiciones del Museo Reina Sofía—, supone la exhibición de la artista más completa hasta la fecha. Y no es para menos, pues Mallo fue una de las creadoras más brillantes de aquella Generación del 27 femenina que ha venido a denominarse popularmente en la actualidad como “las Sinsombrero”.

La propia Mallo relató la anécdota de la que parte dicho apelativo durante la entrevista concedida a Joaquín Soler Serrano en el programa A fondo de Televisión Española, el 14 de abril de 1980. En ella contaba cómo siendo estudiante de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y yendo en compañía de Dalí, Federico y Margarita Manso, se les ocurrió quitarse el sombrero atravesando la madrileña Puerta del Sol, a causa de lo cual les apedrearon, insultándoles como si hubiesen hecho “un descubrimiento como Copérnico o Galileo”. Despojarse del sombrero suponía una “manifestación del tercer sexo”, una provocación contra las convenciones sociales de la época. No resultaría raro que Maruja Mallo hubiese sido la inductora de tal performance, pues ella misma podía ser considerada una obra de arte. De hecho, en esta entrevista y en otras intervenciones de la época se comprueba —ya con las imágenes fotográficas o televisivas en color— la policromía de su indumentaria y maquillaje. El estilo desenfadado y rabiosamente moderno con el que se caracterizaba. Mallo fue genio y figura desde su juventud hasta la sepultura. Lo observamos en los autorretratos realizados durante los años treinta y cuarenta, caminando por las vías de un tren y generando un decorado con restos encontrados en aquel paraje de Cercedilla —cajas de madera, calaveras de animales— o luciendo unas algas como vestido en Chile, durante su encuentro con Pablo Neruda en el exilio. Ella siempre quiso hacer de su arte una acción con la que cambiar el mundo en el que vivió.

Ya en sus primeros cuadros imaginativos de los años veinte, observamos ese desafío a la sociedad de la época a través de la pintura. Adelantada a esos años, se valió de un tema tan popular como el de las verbenas castizas a las que asistía o el de las postales publicitarias para traer la modernidad a lo popular y aceptado por el público. La crítica política y cultural pronto salió a relucir: un religioso montando en un cerdo de tiovivo, un guardia civil, unos africanos de la guerra del Riff o el propio Valle-Inclán —tan gallego como ella— caracterizado como “mago” son solo algunos ejemplos de esa tradición tan española pintada y convertida en fiesta, escenificación y pantomima. No extraña por tanto que después apostara por la realización de figurines y decorados escénicos, colaborando con escritores como Rafael Alberti —La pájara pinta, Colorín colorete (1929) o músicos como Rodolfo Halffter —Clavileño (1934-1936)—. La visión más surrealista y cosmopolita asoma en su serie de estampas cinematográficas, escaparates y maniquíes (1927) o con sus Cloacas y campanarios (1930-1932).

Mallo, que siempre tendrá en cuenta la anatomía y geometría desde su adscripción al “realismo mágico” de Franz Roh (1925) —ensayo traducido precisamente al español para la Revista de Occidente de Ortega y Gasset, en cuyas salas Mallo expuso sus verbenas en 1928—, comenzaba ya a dar las primeras muestras de su obsesión por reflejar la dependencia de la naturaleza hacia las matemáticas. Su faceta como profesora de Dibujo le llevaría a esta inmersión tan específica. Los cuadernos gallegos realizados durante la guerra —llenos de estudios dibujisticos sobre el paisaje y paisanaje de su tierra y tamizados por medidas y formas elementales camino de los sólidos platónicos— lo atestiguan. También los cuadros de campesinos y trabajadores del mar y de la tierra asociados con el alimento de ambos contextos (Canto de las espigas, 1939). Autores como Matila Ghyka fueron referencia decisiva en su arte, cada vez más proporcional, simétrico y colorido. Igualmente influyó sin duda su llegada a América, donde comenzó a fijarse en otras razas y en esas naturalezas exóticas que hizo vivas e incluso sexuales.

No quería Mallo que su aportación quedase en el lienzo o en el papel, sino que sirviera para cambiar su contexto. Creía verdaderamente en ello y fue por tanto coherente en su forma de pensar y actuar. Regresó en los años sesenta a su país convertida ya en mito y leyenda viva, creyendo en los avances científicos más punteros y siguiendo de cerca proezas como los viajes espaciales. Grande Maruja y grande el homenaje tributado en el Reina Sofía, donde podrán verse todas estas cosas y muchas más hasta el 16 de marzo del año que viene. No se lo pierdan.