Desde dónde se la mire, nuestra historia es confusa y al parecer lo seguirá siendo. Los máximos próceres de nuestra independencia proponían gobiernos bajo la tutela de la Corona Española, encabezados, eso sí, por príncipes indígenas al servicio del mediocre y desdichado rey Fernando VII. Sin embargo, gracias a los estigmas que pesaban sobre el monarca, esto no se concretó y en polémica con el lúcido estadista y militar Simón Bolívar, nuestro dividido continente se inclinó por una ilusión división favorable al mercantilismo británico que, sin ganar ninguna guerra (salvo la comercial, la más importante, claro), empezó a manejar el puerto de Buenos Aires y trajo el progreso de los modernos ferrocarriles que convergían estratégicamente, hacia las zonas más productivas con llegada al puerto. De ahí en más las urgencias fueron arreglando las cosas al servicio de los imperialismos de turno. Es así como nuestra independencia nació incierta, endeble y, desde entonces, siempre abundante en contradicciones y confrontaciones. Alguna vez, el genial humorista Tato Bores comentó que cuando cinco argentinos se unen a la semana hay cinco internas en pugna. Ya estamos resignados y repetimos aquella frase que viene del otro lado del Océano: “Es lo que hay y no queda otro remedio”.
Los ingleses, es bien sabido, nunca regalan nada. Desde entonces, salvo muy contados casos, la dependencia sigue bajo acuerdos y tolerancias como el emotivo y sombrío caso de nuestras Malvinas, la vieja prenda de pago, riquísimas en pescas, minerales y guardianas de intereses estratégicos.
Pero vayamos al comienzo y al título que da pie a este modesto parecer. Al referirse a sus opositores que empezaban a hacer agua y castigados por sus consabidas trampas politiqueras, el caudillo Juan Domingo Perón comentó con su ironía de criollo viejo: “ha empezado a tronar el escarmiento”. La situación que se está viviendo en estos momentos en la Argentina impone recordar aquella frase de Perón.
Pero el tiempo inexorable pasa sin detenerse y en su actitud soberbia ante algunos de sus aliados lacayos (llámense gobernadores y otros vergonzantes detentadores del poder) y los pronósticos de algunas erráticas encuestadoras, que en la mayoría de los casos responden a los dueños de turno, la derrota sufrida por Javier Milei en la última elección de la provincia de Buenos Aires fue contundente y desestabilizadora; aunque no fue todo, pues a eso se le sumó un escándalo mayor, que acorrala a su principal candidato a diputado, vinculado a una indudable conexión con el narcotráfico, que solo le hace perder imagen al cantor rockero que ejerce la presidencia, sino que lo acorrala en el distrito decisivo de la Argentina, un bastión que aloja casi el 40 por ciento del padrón electoral del país. Un complicado asunto que nos lleva a conjeturar que puede ser derrotado de una forma aplastante en las elecciones generales que tendrán lugar dentro de poco más de diez días.
No hace demasiado tiempo, más allá de cualquier interpretación, Milei quedó en ridículo cuando pretendió ser gracioso al decir que le pondría “el último clavo al ataúd del peronismo y por ende del kirchnerismo”, o que prefiere “un narco a un político”. Por supuesto que no hubo clavo y menos ataúd y el espantoso asunto narco parece ponerle clavos a su propio ataúd. El patético kirchnerismo sigue vivito y coleando, y él realimentándolo con sus disparates.
Lo que en realidad sucedió fue, sin embargo, una simplemente advertencia de lo que se les puede venir encima al ahora también cantor presidente y sus huestes de aliados, ya que carga con una carga pesada a partir del escándalo Espert, insostenible y vergonzoso asunto que lo pone otra vez contra la espada y la pared: deberá transitar esta nueva y casi segura bochornosa derrota tropezando con una montaña de piedras; muchas más de las que viene pisando hasta ahora. En la política argentina nada viene de arriba y los pases de facturas son inexorables, el enojoso asunto mezclado al narcotráfico acarrea repercusiones en la economía; aunque nadie está en condiciones de predecir aún las dimensiones ni los contenidos que se vislumbran. Sin duda una mancha sombría para el proyecto de los tráilers que lo secundan en el gobierno y ahora pasan la gorra en los Estados Unidos esperando el hipotético milagro Trump.
Eso sí, nunca se puede dejar de tener en cuenta que estamos en la Argentina y aquí todo es posible, como deslizan algunos irónicos pesimistas. Hasta exhibirnos ante el mundo con un presidente vocalista rockero En fin, toda clase de especulaciones sacuden el espectro político y la economía tiembla al unísono.
Los mercados, en tanto, se mueven como fieras hambrientas en favor de sus bolsillos y son amables en los buenos momentos, pero despiadados cuando las papas queman y una derrota puede afectar sus intereses. A partir de ahora, sin duda, el presidente se verá obligado a moverse con las respectivas precauciones para que la economía no termine también por condicionarle las elecciones nacionales que están golpeándole la puerta y son las que realmente importan porque configurarán el nuevo Congreso con un el jefe del Estado que deberá lidiar hasta el final de su mandato si es que las fuerzas del cielo no le son favorables y no sigue patinando antes de cumplir una meta.
Los aliados quizá no le respondan todavía y el peronismo -en ganador y radiante con su triunfo-, aunque también golpeado por la prisión de su jefa indiscutible, que, con su eterna voracidad por retomar el poder, será la furiosa y resentida protagonista dentro de su mismo espacio.
En fin, la soberbia es una suerte de altivez o apetito desordenado que se manifiesta ante los demás, y en caso de Milei una enfermedad que el periodista y neurólogo Nelson Castro especificó como “síndrome de hubris”, que en términos psiquiátricos es un envanecimiento de los atributos propios con menosprecio hacia los demás, que se extiende hasta la soberbia desmesurada, pudiendo calificarse como gloria vana; es decir como la forma más extravagante de vanagloriarse, y aturde todo el tiempo a quien lo padece. Tal como se está comprobando en el caso Javier Milei, cuya incultura raya hasta la ofensa personal a periodista y opositores, con nada de experiencia política y falta de conocimiento de la historia, lo empuja a cometer muchos y simultáneos errores. El primero de ellos ha sido creer en el respaldo perpetuo de la sociedad por una disminución del gasto fiscal, cuya resultante es una baja cierta de la inflación, que los argentinos le agradecen, aunque esa caída de los índices inflacionarios tienen un precio muy alto que se llama “estancamiento de la economía”; algo ignorado, al parecer por su egocentrismo, que le hace olvidar que para el ciudadano de a pie “el mes dura la mitad del mes; es decir que hay diez o quince días en los que muchos argentinos viven como pueden y de lo que pueden.
En esta última elección La Libertad Avanza, el partido oficial quizá pague en las urnas el costo de un ajuste menos imprescindible que desmesurado. Sobre todo, como ya hemos señalado, su nombre es recesión. El déficit fiscal es necesario controlarlo, pero no con el hambre de la gente.
Con esta realidad va a ser difícil que el oficialismo pueda torcer el rumbo de la próxima disputa electoral que abarca a todo el país. Milei está abrazado a su receta: mantener planchada la economía congelando y el tipo de cambio a través de una suba exorbitante de las tasas de interés. Aunque no solamente ahí, la mayoría de esas personas con un mes de 20 días vive en el conurbano bonaerense, justo donde mandan los caudillos peronistas municipales que se juegan su destino (y también sus negocios, por qué no señalarlo) capaces de tolerar cualquier eventualidad, menos el fracaso electoral. El aparato funcionó con la perfección de los días en los que se juega el destino de un gran sector político, que pierde precipitadamente poder por la altanería del presidente y por la crueldad de sus medidas antisociales.
Esto lleva a que se pretenda ignorar la debilidad política con la que asumió el gobierno, que se sigue empeñando en una agresividad congénita del propio jefe del ejecutivo. Milei, como se ve no aprendió nada y sigue empeñado en destacarse como cantante esgrimiendo en su mano la pendencia, el agravio y el insulto. Ningún adversario real o imaginario está exceptuado de sus peores ofensas y de sus metáforas muchas veces escatológicas que convierten su vida en un ritual de agresiones hacia los que califica de casta, mandriles y otros calificativos propios de la mala educación; sus enemigos, destinatarios de esas mareas descontroladas de rabia y saña, lo están esperando. Para peor, sucedió contemporáneamente la denuncia de su ex amigo y ex abogado Diego Spagnuolo, que fue el jefe de la Agencia Nacional de Discapacidad, sobre supuestos sobornos en el penacho del poder con la compra de medicamentos para discapacitados. Letal mezcla entre la corrupción presunta y la ayuda estatal a los discapacitados.
La amenaza es el estallido social. Lo reciente de Nepal y de Francia acaso puedan servir de paradigmas. La paciencia tiene un límite y la indignación aumenta. Y, sobre todo, ojo que parece haber empezado a tronar el escarmiento. Cuando el río suena…