Opinión

Ser progresista desdice del periodismo honrado

TRIBUNA

Núñez Ladevéze | Jueves 16 de octubre de 2025

Aunque no pueda ya contar con la devoción disciplinada de la redacción, el gobierno respira bastante tranquilo porque la línea editorial no ha variado prácticamente y sigue la senda trazada desde que se forzó la salida de Antonio Caño de El País. Superada la crisis a que se vio abocada la junta de accionistas tras el desafío de la facción monclovita dispuesta a poner en marcha una televisión plegada a las consignas gubernamentales, Joseph Ourghourlian, presidente de Prisa, ha asistido a la conferencia que, el actual director del diario, Martínez Ahrens, dio en el Foro de la Nueva Comunicación. La conferencia es una contundente confirmación de los principios deontológicos que, desde las facultades de Ciencias de la Información, se asignó al libre ejercicio profesional del periodismo en una sociedad democrática: la comprobación de fuentes y datos, la distinción entre información y opinión, la atención al pluralismo y una línea editorial ecuánime asentada en la consistencia intelectual.

La fórmula “o es honesto o no es periodismo” propuesta por Martínez Ahrens, reproduce estos principios morales que se explican en las universidades. Esta síntesis de los fundamentos del “periodismo independiente” comenzó a deshilvanarse cuando la gestión gubernamental optó por potenciar los motivos de enfrentamiento como método de asegurar el poder en minoría sin atender a que la democracia es la única forma de Estado que facilita la convivencia entre disidentes. El propio gobierno se jacta de deslegitimar la oposición, cuya lealtad al Estado se funda en la crítica a su labor y legisla para mantener un muro que divide al país en torno a dos facciones a las que enfrenta. Garantizar la alternancia, imprescindible en la praxis democrática liberal, es inseparable de la ética periodística, ya que da sentido al tratamiento no partidista de la información, a la contención de la opinión y al respeto al pluralismo.

En la circunstancia actual, enfatizo “circunstancia” por ser voz utilizada por Ortega en cuyo nombre se gestó este periódico hace medio siglo, la ecuanimidad informativa y la congruencia tolerante son depreciadas gubernamentalmente en USA y en España. La conferencia del director del periódico traspasa los límites de los criterios que dice profesar cuando observa que Estados Unidos todavía cuenta con “la mejor prensa del mundo”, para lamentar los excesos de la ultraderecha norteamericana. Trump es merecedor de crítica, sus excesos son claramente reprochables y su actitud hacia la prensa deja que desear. Lo que muestra la desmesura del lamento es que el director de un diario, cuyo referente es José Ortega y Gasset y cuyos premios periodísticos ostentan su nombre, centre sus críticas en la “ultraderecha” y eluda la “ultraizquierda”, como si no existiera o estuviera libre de sospecha. En Europa, la extrema izquierda no supone riesgo, porque ni por excepción ha estado ni está en gobierno alguno. España es hoy la excepción histórica de la Unión Europea. La ultraizquierda participa del gobierno. Pero, incluso, si indagamos en su referencia estadounidense, olvida Martínez Ahrens que el muro de intransigencia que enfrenta allí, como ahora aquí, a unos ciudadanos con otros, que incomunica gobierno contra oposición, comienza con Obama y prosigue desvergonzadamente con Biden. Promover la cancelación de la documentación histórica, desfigurar la realidad probada, alentar el populismo descarado, elevar un muro que separe a los ciudadanos a uno y otro lado de la pared para enfrentarlos en lugar de facilitar que alternen democráticamente, no son inventos nuevos, Trump los encuentra hechos. Contra ellos proclama su reacción. Su segundo mandato se explica mejor como réplica contra la agresión precedente que como una novedosa acción agresiva.

El País, dicho con la cortesía de un lector de prensa respetuoso con el pluralismo, no es fiel a su legado orteguiano. En su obra periodística y filosófica, Ortega presenta la democracia como un procedimiento pluralista y liberal, ni pacifista ni progresista. La crítica tiene por función afianzar la convivencia entre discrepantes. El progresismo es toma de partido incompatible con la pluralidad. Cada uno puede usar las palabras como le convenga, pero no saber usarlas adecuadamente es fuente de confusión. La consejera delegada de Prisa queda al descubierto con la ingenuidad propia de la ignorancia: “seguiremos defendiendo siempre lo mismo: una democracia progresista, una sociedad diversa, igualitaria y más justa”, donde “igualitaria y más justa” quedan subordinados a ser “progresista”. El dogmatismo es implícito. El progresismo es el sustituto del pacifismo, palabra desgastada porque el principio de realidad apremia a la OTAN. Ahora el progresismo es una amalgama de mentalidades germinadas por el fracaso del idealismo ilustrado, marxista o hegeliano, cuya vacua pretensión de sobrepasar las limitaciones de la técnica científica, el pluralismo democrático liberal y el mercado libre, instituciones garantizadas por un Estado de Derecho que defiende a la persona de los arrebatos ideológicos, fue severamente censurado por Ortega durante toda su vida.

El progresismo actual acopia ficciones como el neo feminismo transgénero, el comunismo residual, el ecologismo radical, el robotismo integral, el animalismo sentimental, el indigenismo puro, el populismo antidemocrático, configuraciones ideológicas que devalúan a la democracia occidental frente a sus enemigos, nacidas de la frustración producida en la izquierda por el colapso comunista. El progresismo occidental se cree dueño de un porvenir que no comparte el resto del mundo. El igualitarismo y la justicia se prueban con hechos, no con ideología, se comprueban, se matizan, se corrigen. Se puede ser democráticamente más o menos conservador o socialdemócrata, o confiar más o menos en la progresión científico-técnica, pero la candidez ignorante otorgan a la palabra e ideologías progresistas el monopolio de un porvenir que la globalización rechaza. Deteriora a la democracia que la ultraizquierda populista de la mano por la espalda al populismo de ultraderecha, acción y reacción que se retroalimentan mutuamente. A la consejera delegada y al director del periódico les falta talento orteguiano para comprender qué es hoy y qué ha sido el progresismo, otrora pacifismo. No estaría mal que Ourghourlian leyera a Ortega o que renunciara a usarlo para no contrariar su legado: «señores progresistas o, como Nietzsche diría, señores filisteos de la cultura: he ahí lo terrible, que el espíritu sea susceptible de convertirse en fuerza bruta».