Cuando era joven e inocente pensaba que en la literatura no había enemistades. ¿Qué era eso de criticar al uno y al otro cuando lo creativo en literatura es algo eminentemente individual e íntimo? Frecuentaba una tertulia en la que tomábamos cerveza y cacahuetes y en la que se aireaban algunos dimes y diretes literarios de lo universal a lo local. Yo, mientras, leía, movía la melena y garabateaba moleskines que acabaron en la basura sin entender nada de toda esa crítica que no aportaba nada.
Después descubrí el olor de la naftalina literaria, la critiqué, y sobre mí cayeron rayos y centellas de pobres hombres, pobres, sin los cuales mi vida personal y profesional ha ido infinitamente hacia mejor; pero eso sí, he observado desde la distancia como en este campo de juego todo se pudre lentamente entre sonrisas de copetín, rajadas codo en barra y premios previsibles con una calidad ínfima. Véase, entre otros, el del millón de euros que acaba de fallarse.
Los prebostes, mandarines y mandamases que llevan en la poltrona décadas siguen vigilando su poltrona desde sus columnas, sus academias o sus jurados. Cambian los nombres, pero no el gesto: el ceño paternal, la condescendencia de quien se cree guardián de las letras. No es tanto su presencia la que molesta, son su obra insípida la que produce el bostezo. Su resistencia a apartarse un milímetro para dejar que el aire entre por las ventanas, y si entra, suele hacerlo apadrinados por ellos. Presidentes de, directores de o profesores de la Universidad de. Un curioso y cercano caso fue el de uno de estos últimos al que casi rogamos que viniera a unas jornadas que organizaba la Asociación de Escritores de Asturias y el tío se cruzó media España con todos los gastos pagados, noche de hotelito, cenas, comidas, desayunos y cheque al portador para leerse una página y acto seguido irse a dormir.
Mientras tanto, los escritores proletarios, los que trabajan de nueva a seis y luego si eso escriben porque de esto no se vive, publican en editoriales pequeñas, leen en bares o en pequeñas librerías y respiran fuera del sistema. La autoedición con portada hecha por IA ha sustituido al fanzíne de tijera y pegamento o al artefacto literario fotocopiado. Y, aun así, esa periferia me resulta más honesta, más verdadera. Allí donde nadie espera aplausos, ni premios amañados, ni menciones en suplementos, la literatura sigue siendo lo que fue: una forma de vivir. Los escritores obreros no tienen padrinos, ni becas, ni jurados amigos, pero poseen algo infinitamente más valioso: una mirada libre, una voz que no se vende.
Mientras ellos escriben desde la intemperie, los mandarines continúan su danza circular de homenajes mutuos. Publican antologías que son retratos de familia, conceden premios que parecen herencias y reparten favores como si fuesen marquesados de lejanas tierras. Se creen imprescindibles, pero lo único que mantienen en pie es el decorado de un teatro vacío. La literatura que ellos practican ya no vibra: suena a protocolo, y por mucho que cierren las ventanas, no hay naftalina capaz de tapar el olor de la vida.
Decía Jorge Martínez, de Ilegales, que el rock era un ejercicio de rebeldía. Pienso que la literatura también ha de serlo. Y si no lo es, apelo, de nuevo, al maestro Martínez: Mejor que ser cobarde / es morir por atrevido.