Opinión

El obispo Maloyan, mártir del Genocidio Armenio

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 19 de octubre de 2025

Este domingo su Santidad el Papa León XIV ha proclamado santo al beato Ignacio Choukrallah Maloyan, arzobispo armenio católico de Mardin, mártir muerto a manos de los otomanos durante el Genocidio Armenio por negarse a renunciar a la fe y convertirse al islam.

Nacido el 19 de abril de 1869 en la ciudad de Mardin, una de las más importantes de la Armenia histórica, ingresó a los 14 años en la orden clerical del Monasterio de Zmmau en el Líbano y recibió el nombre de Ignatius en 1896 en memoria del padre apostólico del siglo II Ignacio de Antioquía (35-108/110), obispo y mártir.

Los católicos armenios, una minoría dentro del pueblo armenio, gozaba de reconocimiento jurídico por parte de las autoridades otomanas desde 1830. Los colegios católicos armenios gozaban de prestigio por la calidad de su enseñanza y las instituciones de caridad católicas armenias atendían a unos 150 000 personas. En vísperas del Genocidio, señala Andrea Riccardi en su magnífico libro «El siglo de los mártires» (Ediciones Encuentro, 2019), reinaba en Mardin «un clima intercomunitario tranquilo». Nada parecía augurar el terrible destino que esperaba a los católicos armenios, parejos al que aguardaba a sus hermano de la Iglesia Apostólica Armenia. En 1915, detuvieron a Maloyan bajo la falsa acusación de estar haciendo acopio de armas. José Luis Orella cita, en su biografía del obispo, al Padre Rizkallah, que recoge el testimonio del interrogatorio, bajo tortura, de nuestro mártir: «nunca denunciaré ni traicionaré a Jesucristo, mi Salvador. No voy a renunciar a las enseñanzas de la Iglesia católica, en las que nací y crecí, aunque yo no valga la pena, me convertí en uno de sus ardientes seguidores. Mi más querido deseo es dar mi sangre, porque sufriré por Él, que dio su vida por mí, y me considero uno de los afortunados, que se encontrarán con Dios en el más alto nivel del Cielo. Puedes torturarme, puedes vencerme, incluso puedes cortarme en pedazos, ¡pero nunca renunciaré a mi fe cristiana!» («El beato Ignacio Maloyan en el Gólgota de los Armenios», Ediciones Encuentro, 2020).

Días más tarde, junto con otros 417 presos armenios, emprendió camino a Diyarbakir. Durante el Genocidio Armenio, una de las formas de exterminio fueron las marchas forzadas en las que la exposición al hambre, la sed y los elementos contribuían a matar a los armenios exhaustos. A los demás, los mataban al abandonar las zonas de poblados separándolos en grupos después de desnudarlos y despojarlos de lo poco que llevasen. A la mayoría de este grupo lo mataron en las localidades de Sheykhan, Zerzevan y las inmediaciones de Tigranocerta, llamada en armenio Digranakert.

A Maloyan lo mató un policía otomano de un tiro en el cuello casi al final de la marcha. Se negó a renunciar a la fe católica hasta le final con palabras que aún resultan conmovedoras: «¡Desde que vivo y muero por mi verdadera fe, mi orgullo está en mi Dios y el Santo Crucifijo!». Cuenta Rizkallah que murió invocando a Dios.

La canonización de Maloyan este domingo brinda la posibilidad de recordar el sufrimiento de los cristianos en el siglo XX. El Genocidio Armenio prefiguró muchas de las políticas y prácticas genocidas que encontraríamos en las décadas posteriores desde el uso del aparato jurídico y administrativo del Estado para la destrucción de un pueblo hasta el empleo de los trenes para el genocidio, la separación de hombres, mujeres y ancianos o las marchas a pie como forma de exterminio.

La tragedia del pueblo armenio en el siglo XX evoca, también, el sufrimiento y las persecuciones que hoy padecen los cristianos en distintos lugares del mundo. Desde la destrucción de la vida armenia en Nagorno-Karabaj hasta las matanzas de cristianos en Nigeria a manos de Boko Haram, los seguidores de Cristo siguen padeciendo, en nuestro tiempo, un verdadero Calvario ante la mirada y el silencio de los gobiernos del mundo.