Opinión

Real e inexplicable

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 19 de octubre de 2025

No siempre hay lugar para la invención. La realidad, lo que hace que la realidad sea tan plana y abusiva con sus formas sobre cualquier otro elemento sobresaliente, lima cualquier amago de rareza que, a su vez, casa perfectamente con esa tendencia porosa que hace que se cuelen todas las particularidades que la complementan. Tomar el autobús, coger el metro, ambas acciones en sus horas puntas, son las clásicas imágenes del sopor laboral y urbano, en eso se está de acuerdo. Pero si uno se fija muy cuidadosamente en quienes lo acompañan en ese escenario matutino, como de galera romana, notará que existen los suficientes detalles estrafalarios que hacen justificables a las exageraciones, a las leyendas.

Hay días en que todo merecería ser más Cunqueiro, más fantasioso pero con la naturalidad con la que estos sucesos se pueden dar. ‘Este es el punto exacto./ Aquí/ —entre la cuerda rota/ e inmóvil de las horas—/ se para/ cristalina/ la rueda de la noche./ Aquí/ —la luna entre salas desiertas/ de madurez—/ comienza/ silenciosa/ la rueda del alba’, dice un poema de su libro Mar ao Norde, y justamente en ese cambio de lo nocturno por lo diurno se manifiestan las simpáticas o temibles extravagancias, porque no hay siempre lugar para la invención, claro, pero porque aparece a fogonazos, a sencillos y muy breves compases que nunca se han parecido a otros.

Hace unos días murió una vecina del edificio. La ambulancia llegó temprano a nuestra calle. Antes de las ocho de la mañana, las luces de la sirena, por suerte, sin sonido, iluminaban las ventanas y despertaban a los curiosos más que a los madrugadores que ya estaban camino de sus respectivos trabajos. Murió una vecina del segundo piso. Sabíamos que trabajaba en algo funcionarial. Todo fue rápido. Más allá de sacar la cabeza por la ventana y observar las tareas y un pequeño corro de personas comentando o mirando en silencio, no había más pistas que valorar. A lo largo del día y del siguiente, con otros vecinos que nos encontrábamos en el ascensor o en la entrada, se comentó la noticia. Ninguno la hemos visto excesivas veces, más si acaso las dos parejas de las viviendas contiguas a la suya. Una mujer de las dos parejas sí que pudo hacerse con cierta información que fue pasando de charla en charla con el consecuente riesgo de malentenderse. Ella sabía que su fallecimiento fue a lo largo de la noche, y se aventuró en señalar que las dos últimas veces, mínimo, que se había cruzado con ella, le había comentado las cosas que le ocurrían. Esas dos últimas veces le había hablado de que cierto problema doméstico la tenía de los nervios. No podía hacer salir de su casa a una mosca. Veía la sombra del insecto por todos lados, saliendo disparada de donde creía que podía encontrarla y darle boleto. Intentó matarla por las noches, recorría el piso por entero, pero nada. Parecía seguir haciendo vida normal, pero se la intuía esquiva, obsesionada. La noche de su muerte, la vecina, nos siguió contando, escuchó varios golpes secos, amortiguados. Algo le hizo salir y tocar su timbre, sin respuesta, claro. Llamó a la ambulancia y, efectivamente, yacía en su salón, en ropa de pijama, agarrada su mano a un paño de cocina. Más que tristeza, a todos nos dejó un aroma de extrañeza, una muerte rarísima, para qué andarse con exquisiteces léxicas.

Sigo preguntándome desde entonces si la vecina que fue testigo involuntaria de la muerte de la otra echará un vistazo de tanto en cuando a las esquinas de su casa, por si el insecto hubiera podido colarse, por si no hubiera sido suficiente con una y el mal encontrase de nuevo su punto exacto desde el que poder volver a actuar.