Antonio Hualde | Miércoles 10 de diciembre de 2008
El corazón de la Vieja Europa, Alemania, recuperó todo su esplendor a raíz de la reunificación del país, en 1990. Entonces, su capital pasó a ser de nuevo Berlín “al completo”, tras haber quedado dividida en 4 al acabar la Segunda Guerra Mundial. Hoy la ciudad alemana se abre al visitante con una amplia oferta cultural, única en el mundo. La “Isla de los Museos”, en la que se puede contemplar desde el famoso busto de Nefertiti hasta la Puerta de Ishtar o la fachada del Mercado de Mileto. El bulevar Unter den Linden, que desemboca en la Puerta de Brandenburgo y empieza en las estribaciones de la Catedral, a pocos pasos de Alexander Platz.
Y, por supuesto, si lo que se pretende es un paseo romántico, nada mejor que Tiergarten al atardecer, en dirección a uno de los emblemas de la ciudad, la Columna de la Victoria –que aún conserva restos de metralla-. Hoy convertido en parque, antaño fue el coto de caza de la aristocracia prusiana. A propósito, para acceder a la columna desde el parque hay que bajar por un pasadizo subterráneo. Dicho pasadizo es parte de un bunker de la Segunda Guerra Mundial, como tantos otros que horadan el subsuelo berlinés. Uno de los más importantes, obra de Albert Speer, se halla el la estación de metro de Alexander Platz, aunque no está visible al público.
Pero si hay un lugar que sobrecoge especialmente, es el Museo del Checkpoint Charlie, auténtica cámara del tiempo donde se conservan los principales testimonios de la Guerra Fría. Muy cerca, John F. Kennedy pronunció su famosa frase “Ich bin ein Berliner” -“yo soy berlinés”- significándose con la ciudad que padecía la vecindad del ominoso vecino soviético. En su interior se conserva una excelente colección de fotos de época, junto con artilugios imposibles con los que los sufridos berlineses del Este intentaban pasar el Muro y obtener así la libertad. Antiguos modelos de Volkswagen y Skoda con compartimentos secretos –y minúsculos- donde se escondía una persona, globos aerostáticos, aviones ultraligeros caseros, y un arnés de tirolina para rebasar el muro. Por haber, hay hasta…¡Un submarino fabricado en un garaje! Todo un homenaje a la ingeniería alemana. Pero también, siniestros mecanismos de disparo automático, para los que sucumbían a las tentaciones de la “decadencia occidental”. Cartas delatoras, actas de interrogatorio, y atroces testimonios son el colofón de lo que Helmut Kohl definió como “un museo erigido al honor, el del pueblo alemán”. Impresiona la ropa de un joven herido por una mina anti-persona, a la que consiguió sobrevivir. Tales eran los métodos del socialismo para los que osaban transgredir sus dictados.
Y en invierno, vino caliente. Una auténtica y reconfortante delicia para los sentidos, que puede disfrutarse en alguna de las terrazas equipadas con estufas y mantas polares, mientras cae la nieve. Por ejemplo, en la plaza de Gendarmenmarkt, entre Friedichstrasse y Charlottenstrasse, contemplando las catedrales gemelas. Y si es en grata compañía, mejor que mejor.
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