Opinión

El perímetro de la nadería, 5: el vaso medio lleno

TRIBUNA

Alfredo Arias | Martes 28 de octubre de 2025

Me congratula que asunto trascendente como la controversia sobre la “o”, tratado en una anterior entrega de mis naderías, haya tenido tan buena recepción entre mis amigos lectores, lo que me anima a dejar caer otra miga en el asunto. Tal como escribía José Luis Roldan, al compartir en X el enlace de mi columna («Alfredo Arias da vueltas a la “o”»), cual si fuera un aro deslizador, sin duda me va que ni rodado para seguirlo haciendo, pero como tampoco pretendo marear con vueltas y más vueltas, me parece sensato detenerme aquí con el ejemplo de uno de los dilemas más frecuentes y populares, sino el que más.

El perímetro de la nadería ‒como el de la tontería‒ es inabarcable, eternamente continuo como la línea de la circunferencia, y la nadería no es más que nadar en la nada para encontrar algo, no evidentemente en la misma nada, sino en sus márgenes, en aquello que pasa desapercibido pese a estar a la vista; de modo y manera que hoy el teleobjetivo se enfoca en el inevitable revelador de psicologías que es «ver el vaso medio lleno o medio vacío» (o la botella medio llena o medio vacía, si somos más generosos con el contenido).

Aseguremos antes el punto de partida: ¿Ve usted el vaso medio lleno o lo ve medio vacío? Si es de los que aprecian lo primero, pasa por optimista; si de los segundos, por pesimista (obviamente, habrá deducido que soy del primer grupo, sólo con haber leído el título de la columna). Se dice, por lo demás, que un pesimista es un optimista bien informado. Como perteneciente al primer biotipo, me resisto a reconocer este dictamen, ya que me considero un optimista con bastante información y, aun así, persistente en mis trece de optimismo, aunque también lleve en el coleto trece golpes, como mínimo, contra el muro. He aprendido a acolcharlo, eso sí.

Pero, verán, es hasta divertido acercarse al diccionario para quedarse con las ideas más claras. Pareciera que al optimista le pierde lo óptimo, y al pesimista lo pésimo. Pero óptimo, según el Diccionario de la lengua española de la RAE, viene a entenderse como lo «sumamente bueno, que no puede ser mejor», mientras pésimo, lo «sumamente malo, que no puede ser peor». Visto esto, no me extraña que los pesimistas prefieran llamarse escépticos, pues ¿quién es el valiente que se alinea con el infame adjetivo?

Al margen de estas consideraciones, hay que observar que igual que hay gente que dice ver el vaso medio lleno, mientras otra arguye que medio vacío, también habrá algún sujeto que pueda verlo medio lleno “y” medio vacío a la vez, que debiera ser lo común; sin embargo, sospecho que a éste no le invitarán a ningún debate. De igual modo, alguno habrá que no pueda ver ni siquiera el vaso. Todo concluye, en fin y para no alargar, en que los primeros se alegran porque aún queda la mitad por beber, y los segundos se lamentan porque ya han consumido la otra mitad; y esto extendido al resto de situaciones humanas análogas, aunque en el fondo de la oposición se entrevea una base optimista: que el líquido, o lo que sea, nos complace y no es, dicho a la llana, indigerible.

Esta popular tabla para diferenciar optimistas de pesimistas (perdón, escépticos) me sirvió, no hace mucho, como prueba del nueve para develar una de las trampas actuales más extendidas, la de tomar la opinión o punto de vista como verdad, pues ambos conceptos no tienen por qué cohonestar necesariamente, ya que se puede cambiar de opinión, mas no la verdad, aunque haya quien lo intente.

Me explico: viene a cuento de una conversación entre dos políticos emitida en un podcast de YouTube; uno era de la llamada izquierda, y otra de la llamada derecha. Lo mejor del visionado es que se trataban con respeto y simpatía, así que hube de pellizcarme un par de veces y, desde luego, aplaudir, pues desde los tiempos de José Luis Balbín y su programa televisivo La Clave, no puede decirse que esto sea lo más frecuente en España.

La divergencia más notable se suscitó cuando el primero dio en defender que no existía una verdad precisa sobre algo, sino muchas, y ponía sobre el tapete el ver el vaso medio vacío o medio lleno como ejemplo de esta relativización. Sin duda, que alguien vea el vaso medio lleno es tan verdad como que alguien lo pueda ver medio vacío, lo que ocurre es que esto se aplica a los puntos de vista y no al vaso en sí y su contenido. La verdad o, por no molestar a filósofos, lo observable, lo verificable sin ningún tipo de matiz es que determinado recipiente contiene la mitad de líquido que su capacidad es susceptible de incluir. Ésa es la verdad, en ese momento, y es única.

Otra cosa es cómo se aprecie esa realidad y las verdades derivadas que puedan rastrearse en cuanto a causa y efecto: ¿el líquido ocupa la mitad porque se ha consumido el resto, o porque sólo se ha llenado hasta ese punto?, ¿quizá se ha evaporado desde justo la mitad?, ¿tal vez se ha regado con él las plantas o se ha vertido en un cazo para cocinar, lo que permite, mejor que en los anteriores ejemplos, calcular la justa medida?

Puede parecerles una tontería o una nadería, y no voy a engañarles, puesto que esta serie se titula como se titula; pero si la simpleza me vale para que a alguien no le pillen desprevenido los juegos de las formas con los conceptos de fondo, o tentarlo a dar una vuelta, con aro o sin él, a cualquier información que le viniere, aunque se antoje innecesaria, ya me quedo como optimista contento y bien pagado.

«¿Me lo dices o me lo cuentas?», es posible que algún lector reaccione con esta respuesta tan castiza, y tan escéptica, al aserto con crestas de majadería que acabo de desarrollar; aun con ello, es una de las frases hechas que más me agradan con la “o”, y siempre puedo escudarme en el magisterio de tío Oscar, que nunca falla, en una carta que Peter Funke recoge en su biografía (Oscar Wilde [1969], trad. Federico Latorre, Alianza Editorial, 1972): «como la seriedad en las maneras es el disfraz del bufón, la bufonada en sus exquisitas apariencias de frivolidad, indiferencia e irresponsabilidad constituye la vestidura del sabio» (pág. 110). Sí, acudo a un parapeto ventajista y melindroso, lo sé, y que en caso de haber algún sabio, éste sería el esteta de Dublín; huelga decirlo.

Llegados a este punto (final), me resisto a cerrar estas revueltas a lo largo de la “o” sin la confesión de que hay expresiones con esa conjunción que también me encantan; pocas, pero las hay. No quiero añadir más leña al fuego de la mala fama de fórmulas que incluyen esta vocal o su dibujo; ésas, por ejemplo, que delatan ignorancia: «¿Qué sabrá éste, si ha visto el mundo por un agujero?», y/o «No sabe hacer la o con un canuto» (a mí no me sale del todo bien, incluso así). No, no, de ningún modo. ¿Quién no va a agradecer que alguien le ofrezca con gentileza té o café, aunque no consuma cafeína? Y sin ir más lejos y en acuerdo potencial, no creo que a nadie le amargue el dulce de un dilema tan delicioso como el que se produce entre amantes, ese «o me besas tú o te beso yo», que suele resolverse, además, muy prontamente.