Opinión

El bello guardia civil (primera escena)

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 31 de octubre de 2025

Primera Escena

Verano de 1941. Venta de Cárdenas. Sentado sobre una piedra en el campo un Francisco Nieva de dieciséis años está dibujando en un cuaderno de bocetos encuadernado en espiral una cabaña de pastores. Lleva una camisa blanca arremangada, unos pantalones grises, y unas humildes zapatillas azules. Llega un joven guardia civil por detrás, y se para a metro y medio contemplando la marcha del dibujo. El guardia es alto, rubio, muy joven, muy culto y guapo mozo. Lleva el consabido tricornio de la benemérita, correajes y a la espalda, cogida con una correa, un Máuser Modelo 1893. En las mangas de la guerrera vemos dos estrellas doradas de seis puntas.

CORTÉS.- Te está quedando muy bien, perfecto. Eres un artista.

( Francisco Nieva se levanta sobresaltado, asustado. No sólo porque no lo había oído llegar, sino porque es un Guardia Civil, y su padre fue un alto cargo de la República ).

F.NIEVA.- Ah! Hola. Buenas tardes. Muchas gracias.

CORTÉS.- No te asustes. No tienes por qué asustarte.

NIEVA.- Gracias… Es que me gusta dibujar, me divierte, y de ese modo paso la tarde. ¿Le gusta cómo me va quedando?

M.CORTÉS.- Jolín, me recuerda a los cuadros de Antonio Muñoz Degrain, o a alguno de sus discípulos del Paular. Déjame un momento el cuaderno, que lo vea un poco.

NIEVA.- Sí, claro. Un honor. Parece que es usted un entendido en pintura.

( El joven guardia civil va pasando las hojas, y a menudo pone cara de admiración ).

CORTÉS.- ¿Estás estudiando pintura, Bellas Artes?

NIEVA.- La verdad es que no, pero desde muy pequeño, y gracias a la capacidad de artista que tiene mi madre, me ha gustado dibujar. Si tuviera que decir quién me ha enseñado a dibujar diría que mi madre, y los muchos libros de arte que tenemos en casa con láminas.

M.CORTÉS.- ¿Vives por aquí, en Venta de Cárdenas?

NIEVA.- Sí, desde hace un año, en la calle en la que está la tienda y el bar.

CORTÉS.- Ah, ya…creo que tú padre se llama Francisco, y vivís con tu madre y un hermano más pequeño.

( Francisco Nieva se asusta y palidece. Tartamudea un poco ).

NIEVA.- Sí, mi padre se llama Francisco, como yo. Mi madre Pilar y mi hermano Ignacio.

CORTÉS.- Pero no te asustes, hombre. Son muchos los españoles que colaboraron con la España roja. Y más aquí, que fuisteis rojos hasta el último día e hicisteis verdaderas brutalidades, matando a mansalva en la cercana Valdepeñas. Pero los vencedores seremos lo más clementes que podamos con los criminales relapsos de los rojos. Oye, una cosa. ¿Te gusta nadar?

NIEVA.- La verdad es que sí. A veces bajo al embalse de Magaña. Respecto a las atrocidades ocurridas en Valdepeñas, y perpetradas por los socialistas son un hecho cierto. Pero no se necesita mucha gente para matar a gente desarmada, y la mayor parte de la gente de mi pueblo, Valdepeñas, es gente buenísima y sólo es víctima de la guerra.

CORTÉS.- Ya. Así que en el embalse. Qué suerte tienes, Francisco, que puedes ir cuando y donde quieras. Yo nunca te he visto allí. Yo voy los sábados al anochecer a refrescarme un poco, que es de los pocos días que puedo. Oye, pasado mañana es sábado. ¿Por qué no quedamos allí a las ocho y me enseñas más dibujos y hablamos de pintura?

NIEVA.- Encantado, señor. Se lo diré a mis padres.

CORTÉS.- Haces bien en decírselo, pero es seguro que te dejarán. ¿Cómo van a contrariarme? Por cierto, hace unos días hablé con tu padre en la estación de ferrocarril. Hablamos amigablemente. Aunque haya sido un gobernador civil rojo, parece sensato, inteligente, muy educado, y, sobre todo, prudente. Y es culto. Y en estos espacios de bárbaros montaraces y maquis asesinos, yo aprovecho a hablar con las personas educadas, que sólo se ven de Pascuas a Ramos.

NIEVA.- Pues no me ha dicho nada a mí y no he oído nada en casa.

CORTÉS.- Por cierto, Francisco, yo me llamo Manuel Cortés. Teniente Cortés.

( El guardia civil le tiende la mano, y muy solícito Francisco Nieva se la estrecha con mucha obsequiosidad ).

NIEVA.- Muy encantado, don Manuel. Y a sus órdenes siempre, mi Teniente.

CORTÉS.- Nos vemos el sábado entonces a las ocho. Yo creo que tú y yo tenemos muchas cosas en común. Lo pasaremos bien. Ya verás. Me gusta la gente bien educada, es la única que te hace sentirte bien. Adiós, Francisco.

NIEVA.- Adiós Don Manuel, mi teniente.

Segunda Escena


El centro de la escena lo ocupa una mesa de cocina de una humilde casa manchega de Sierra Morena, enfáticamente iluminada por un ventanuco de potente luz. Al fondo cazuelas, cazos, cucharones y espumaderas. Sentados frente a frente están el teniente Manuel Cortés y Pilar. Manuel Cortés ha tomado un sorbo de café de una taza.

CORTÉS.- Si no me dejáis gozar de vuestro hijo, el cual tiene mis mismas apetencias y deseos, tengo todos los informes necesarios para denunciaros, y daros una lección. Usted sabe, señora, que don Bruno, el ya famoso gobernador militar de Córdoba, es todo un entusiasta de la “Causa”, y podría meter cuando quisiera a su señor marido, un rojo, un vencido, y antiguo gobernador civil republicano, en la más inmunda mazmorra tras haber probado nuestros golpes, con sólo que yo se lo sugiriese con un informe un tanto hiperbólico. Usted sabe que es así. Por lo demás, señora, no se trataría de una violación, ni tan siquiera de una seducción. Al joven Francisco le gusto como él me gusta a mí.

PILAR.- Puede ser que mi hijo, que vive una adolescencia complicada y triste, no sepa aún bien quién es el verdadero objeto de su amor y su deseo. Pero, aunque efectivamente compartiera con usted su inclinación por los hombres, sus padres, sin embargo, pasara lo que pasara, nos hicieran lo que nos hicieran por orden de ese señor don Bruno, jamás consentiríamos en que esa coacción contra nosotros, en que ese chantaje del miedo, supusiera para nuestro hijo una relación sexual con usted. Hoy esa relación quizás podría satisfacer los propios deseos tumultuosos de Francisco, pero mañana, en el futuro, podría sentir que se había prostituido por salvar a sus padres y a su hermano de una situación política trágica, y que sus padres la habrían consentido por miedo a la tortura. No, señor teniente, no podemos arriesgarnos a eso. No podemos consentir que se destruya el honor de mi hijo para siempre, y que este mal paso le dure toda su vida como una espina punzante en el corazón. Es su propio poder como autoridad el que hace del todo imposible esta relación. Probablemente en otras circunstancias hubiese sido una aventura, una experiencia de adolescencia, pues que nunca he sido gazmoña e hipócrita. Pero así no lo puedo permitir, mi señor teniente.

De repente, entra en la estancia el adolescente Francisco con su cuaderno de bocetos. No ha oído nada de la conversación, y se sorprende grandemente de la presencia del teniente Cortés. Su rostro muestra algo de terror y su comportamiento azoramiento.

F.NIEVA.- Hola. Buenas tardes. ¿Pasa algo? Aún no le he dicho nada a mis padres de lo de mañana, don Manuel. Tenía pensado decírselo hoy en la cena. ¿Ha pasado algo, madre?

CORTÉS.- No pasa nada, Francisco. Tranquilo. Todo está en orden. He estado hablando con tu madre, que me ha invitado muy amablemente a un delicioso café. Tu madre, Francisco, es una mujer extraordinaria. Tienes mucha suerte en tener una madre como doña Pilar, que, lo mismo que yo, tiene grandes expectativas acerca de ti, de tus inclinaciones artísticas y de tu gran sensibilidad para la belleza. Respecto a lo de mañana, te espero a las siete de la tarde en la curva de la cuesta del camino. Ya llevo yo las toallas y unos bocadillos. Y nada más. Yo ya me iba.

PILAR.- Adiós, teniente, y buenas noches. Ya hablaré yo con mi hijo.

CORTÉS.- Eso espero. Ha sido un enorme placer, doña Pilar, conocerla. Adiós, Francisco, hasta mañana.

NIEVA.- Adiós, don Manuel. Hasta mañana. Pero déjeme que la acompañe hasta la puerta.


Tercera Escena

El teniente Cortés espera fumando con una mochila en el suelo. Llega Francisco Nieva azorado sin ningún bolso o bulto.

NIEVA.- Buenas tardes, don Manuel. Espero que no lleve usted mucho tiempo esperándome.

CORTÉS.- No, Paco. Acabo de llegar. ¿Que tus padres no te dejan venir a bañarte conmigo, verdad?

F.NIEVA.- Así es. No me dejan y créame que lo lamento muchísimo, porque yo sí quería, lo hubiera deseado mucho, como se puede imaginar. Pero lo que pasa, mi señor teniente, es que el amor escapa de la presión de toda autoridad, aunque ésta se encarnase en el Apolo de Belvedere. Si usted fuese otra cosa distinta, no sé, maestro, notario u obrero, le aseguro que ni siquiera mis padres hubieran podido frenar u obstaculizar mi pasión hacia usted, pero así, con las ropas del poder victorioso, del poder tremendo del vencedor, así no, así no puedo. El destino no ha sido bueno con nosotros.

M.CORTÉS.- Lo entiendo. Vienes bien aleccionado por tu madre, que tiene que ser una mujer maravillosa. Es noble y justo, aunque esto hoy me incomode e imposibilite satisfacer mi pasión. La verdad es que componéis una familia defendible y digna. Yo estoy ya harto, Paco, de cazar maquis, de romperles los dientes y los huesos, de matarlos. Y siento que esto me está degradando, porque yo nunca fui así, amigo mío. Yo fui discípulo de Ortega, y como él, soy salazarista. He pedido cambio de destino, tengo contactos, y muy pronto volveré a Madrid. Bueno, Paco, espero que algún día, quizás pronto, cuando España se tranquilice, y ese poder aterrador de los vencedores se dulcifique un poco y sea hasta un poco más estético, entonces podamos volver a vernos, estar juntos, hablar de tu pintura y complacer a nuestro amor.

F.NIEVA.- Yo también lo esperaré con mucho deseo, mi señor teniente.

Oscuro
FIN