Cultura

Un hombre que se parecía a Al Pacino, ensayo de Justo Sotelo

RESEÑA

José Manuel López Marañón | Sábado 01 de noviembre de 2025

Un hombre que se parecía a Al Pacino lleva como subtítulo «Cuentos del primer café» por la costumbre del autor de escribir por la mañana, acompañado de esa bebida y con música de fondo (clásica o jazz). Esta delicia de Justo Sotelo, auténtico regalo de texto, resulta ser un cuaderno de bitácora, ese libro sobre el que, en la marina mercante, los marinos registran datos de lo acontecido durante sus periplos. Desde la superficie terrestre el cuaderno de bitácora puede asociarse con el típico bloc de notas utilizado para apuntar experiencias, en especial durante el itinerario de un viaje.

Dividido en cuatro partes, «Verano», «Primavera», «Invierno» y «Otoño», cada estación aporta cincuenta variopintas entradas. Así, las doscientas que suma Un hombre que se parecía a Al Pacino configuran este cuaderno de bitácora del profesor y escritor Justo Sotelo en su viaje apasionante por la vida. Al vital itinerario lo acompaña de la mano aquella creencia marxista –el «optimismo histórico»– en un futuro glorioso (la utópica sociedad comunista), que Justo sabe adaptar al desarrollo social del país en progreso, democrático y constitucional, que es esta España de la que él se siente partícipe.

Para fortalecer una convicción, que no decae, Justo Sotelo encuentra sus armas en la cultura: literatura, cine, música y pintura, degustadas por la elegida soledad del gourmet del arte, tienen pronto complemento en la comunicación grupal. Porque tanto durante sus clases docentes, como con tono más informal, en las tertulias literarias que a partir de 1991 organiza, este novelista madrileño posee el raro don de transmitir sin traba, a alumnos y tertulianos, su cimentado amor por las facetas creativas del espíritu; por las facetas más nobles: las únicas que unen al género humano amenazado, en la terrible actualidad padecida, ante esta plaga de ideologías, religiones, atentados y segregaciones.

El cura vasco Javier Ruiz de Arcaute llama a Justo Sotelo «santo laico», y él, a través de un espíritu libre al que disgusta las ataduras, dedicando cariñosas semblanzas a profesores que abrieron sus ojos a la vida (como el padre Plaza del Pilar que creyó en su capacidad como escritor, o el catedrático de la Complutense, Antonio García Berrio, que le enseñó crítica literaria); preguntándose cómo sería un mundo sin fascismos ni totalitarismos, sin homófobos, sin racistas, sin machistas, sin personas que quisieran imponer sus opiniones a los demás; o afirmando: «Me gusta el mundo en el que vivo, me gustan los jóvenes que estudian y viajan por el mundo, la gente que piensa en los demás y se preocupa por lograr un mundo mejor con su comportamiento», demuestra Justo, así, gracias a semejantes actitudes, cómo el amigo sacerdote ha definido adecuadamente su talante.

Apoyado en el Tractatus logico-philosophicus de Wittgenstein, donde se lee: «Podemos maravillarnos ante la existencia del mundo, pero, al mismo tiempo, no dejaremos nunca de reconocerlo como lo más cercano, lo cotidiano», Justo Sotelo, sin perder la curiosidad, dueño de esa mirada embelesada e inmarchitable hacia lo que realmente merece la pena, recapitula el paso por nuestra vida, la cual, si abrimos de par en par los ojos como él hace, se muestra generosa a la hora de darse:

«Somos lo que hemos vivido en cada momento, en el amor, la amistad, las clases, los viajes, la felicidad, la melancolía, la tristeza, la pasión, las flechas de oro y de plomo que nos lanza la vida por el simple hecho de estar vivos».

Un hombre que se parecía a Al Pacino es, también, un avanzado curso de estética para orientar el paladar de sus educandos entre unos tiempos que exigen hilar fino para hallar la aguja entre tantísimo pajar.

Sobre literatura Justo opina: «Lo que siempre me ha interesado de la literatura es crear, el incalculable placer que supone el proceso creativo; eso de ganar dinero no tiene nada que ver con la literatura y el arte». «La literatura es la única de las Bellas Artes que no ha evolucionado lo suficiente, al menos en comparación con las demás». Y a sus tertulianos previene que los escritores no necesitan drogarse o beber para escribir; «lo imprescindible es leer todas las obras esenciales de la literatura y encontrarse en posesión de un equilibrio mental e intelectual básico para realizar la obra». Luego Justo Sotelo habla de Proust y de su memoria involuntaria, de Balzac y de su supeditación a la exactitud de la realidad, de su devoción por Rabelais, Cervantes, Sterne y Joyce. O nos descubre a María de Zayas, del entorno de Lope de Vega (él alabó su gran talento), escritora de novelas cortas editadas entre 1637 y 1647 que siguen la estela de las Novelas Ejemplares cervantinas, y la obra de literatos más recientes como la asturiana Patricia José Álvarez o el mejicano Fernando del Paso, Premio Cervantes en 2016.

El séptimo arte es otra pasión suya. Clásicos como Las uvas de la ira o El filo de la navaja (al que tanto debe Justo Sotelo); películas de autor (Fellini, Bergman, Kurosawa); el cine francés, por el que siente predilección (desde la nouvelle vague hasta directores más actuales como Lucas Belvaux o Claude Berri), et alli, quedan censados con certeros comentarios. Sobre Deseando amar de Wong Kar-Wai opina: «atrapa la poesía en el cine, es la historia de “no amor” más triste que se ha filmado». Del cine de Rohmer valora «su análisis objetivo de la subjetividad de sus personajes, que nunca paran de hablar en sus películas. Rohmer no juzga y se limita a desvelar la complejidad de ellos». Y de Luchino Visconti afirma: «es el gran cineasta de los mundos en extinción, el que con mayor lucidez y mirada poética ha reflejado en el cine la desaparición del Antiguo Régimen, la eterna decadencia de la aristocracia de la sangre y su paulatina sustitución por la aristocracia del dinero». En otra entretenidísima entrada Justo sopesa el arte de la despedida a través de Casablanca, Lo que el viento se llevó y El secreto de sus ojos.

La vida de Justo Sotelo no se entiende sin la música. Escucharla es otra de sus grandes aficiones, la primera por antigüedad. «La música es un trozo de sol hecho prisionero» dijo Mahler, uno de sus compositores favoritos, a los que con frecuencia acompañan Wagner (numerosas entradas se ocupan del amor por sus óperas, que sin límite disfruta desde los veranos de su adolescencia), Bruckner, Beethoven, Schubert o Vivaldi. El jazz se abre hueco en Un hombre que se parecía a Al Pacino desde las trompetas de Miles Davis y Chet Baker o con la Suite Shakespeare de Duke Ellington; el tango gracias a Piazzolla; y Mancini deja su Moon River, cantado por Audrey Hepburn. El rock no debe estar entre las preferencias de Justo: en todo el libro hay una única noticia, y de pasada, gracias al grupo británico Queen.

Disfrutada y analizada en visitas a exposiciones por museos de todo el mundo, la pintura queda enmarcada por la inmensa figura de Cézanne, puente de unión entre el arte de los siglos XIX y XX, y sobre el que Justo Sotelo asegura: «Fue el padre de la modernidad. Al concebir un nuevo enfoque del espacio, y romper con las reglas tradicionales de la perspectiva, ya no reproduce con fidelidad el aspecto de las cosas, es decir, no copia a la naturaleza, sino que busca algo más, mirar y ver de manera distinta. Simplificó y redujo la naturaleza a las formas geométricas sin respetar las reglas de la perspectiva tradicional y el color. Fue el único maestro que reconoció Picasso». En otro momento cuenta cómo los pintores y los poetas están hermanados: la pintura como poesía muda y la poesía como pintura elocuente.

Que estamos ante la figura de un humanista de estirpe renacentista queda desvelado cuando Justo afirma que «escribo para contar cómo evoluciona el mundo que conozco y de qué manera lo interpreto con mis conocimientos y las técnicas que tengo a mi alcance y no dejo de estudiar», o cuando anota: «este mundo está lleno de gente interesante que puede enseñarme e inspirarme cosas, y me gusta conocerla». Solo ocasionalmente asoman la fatiga y el desaliento: «A veces me canso, pero no me gusta ser apocalíptico ni derrotista, ni ponerme a echar la culpa a unos y a otros»… Por eso él detesta a las personas que viven en el enfrentamiento.

Compartiendo el gozo con que Justo Sotelo ha pergeñado –con tanto arte como esencia– las trescientas treinta y seis páginas de su cuaderno de bitácora, al lado, y bien avecinado, habita el hedonista placer del lector de Un hombre que se parecía a Al Pacino. Nada mejor para iniciar la jornada que disfrutar con una (o varias, depende del madrugón) de sus entradas, frescas bocanadas de cultura que sientan de maravilla a cualquiera, pero aún más a quienes se levantan con ánimos entenebrecidos, preparándose, con poco humor ya, para despachar una rutina sin alicientes.

Un hombre que se parecía a Al Pacino es, además, un banderín de enganche para la obra narrativa de Justo Sotelo. Si aún no la conocen les recomiendo este ensayo, ideal puerta de acceso para una intensa y personal aventura literaria.

Esta frase memorable pone el punto y final al libro:

«El artista debe ser un modelo de equilibrio y fuerza, y siempre buscará la belleza, ya sea en Venecia o en su propio corazón».