Un editor amigo me habla de los libros que nadie compra. Ni siquiera los amigos del autor, ni los familiares por compromiso, ni los cazadores de gangas que hurgan entre los saldos de librerías de viejo. Libros que llegan a las estanterías o a los catálogos digitales y se quedan allí, inmóviles, mientras el tiempo pasa y las modas mudan. Libros que no se mueven ni un número en las estadísticas, ni un eco en las redes, ni una mención en los suplementos culturales. Son los menos vendidos. Los desaparecidos de los currículums literarios. Los que engordan los almacenes de las librerías alimentando a los ácaros del polvo.
Y, sin embargo, existen. Algunos nacieron tras años de trabajo orfebre. Otros, más perfectos que muchos éxitos, tuvieron la mala suerte de salir el mismo mes que la última moda. Autoediciones con el nombre y la foto del autor en grande y “regalo” de veinte libretas si pasas de imprimir doscientos ejemplares. Otra cosa es, luego, colocarlos.
Este editor me dice también que “hay libros que no venden porque, como son como una cita urgente. Cuando se publican pierden su interés”. Y tenía razón. Su valor residió en su planificación, en su escritura; en su venganza por el mero hecho de existir. Quizás lo más inquietante no sea que no se vendan, sino que no se lean. Libros huérfanos, abandonados. Publicados y olvidados. Libros de los que se reniega. Libros divorciados de sus autores. Libros de editoriales en quiebra. Libros con litigio, libros publicados tras engaños. Libros con erratas que avergüenzan.
Hay en ellos una belleza involuntaria, una pureza casi filosófica que a mi me encanta. Mi madre me suele decir que mis libros son raros, que nunca compro en grandes librerías, que no sabe qué regalarme porque ojea en la estantería que aún conservo en su casa y no conoce a nadie. Editoriales raras, títulos extraños, portadas bizarras y anticuadas. Soy así. Me gusta la huida, el tremendismo y lo complejo. Reniego de lo comercial y lo evidente. Proust decía que la literatura era no buscar nuevos paisajes, sino mudar los ojos. Kafka nos invita a leer rompiendo el mar helado que habita en nosotros. Barthes nos invita a que el texto nos desborde. Sontag nos pide que no descifremos lo complejo, sino que lo vivamos. Lezama Lima indica que en lo difícil hay un despertar.
Es cierto que hay libros de la vergüenza, del enfado y del engaño. Del negocio y del exabrupto. Pero también creo que entre todos los títulos que se apilan en las mesas de novedades pocos son conscientes de que el tiempo —y no el mercado— es el único lector que nunca se equivoca.