Opinión

Un poema de María Victoria Atencia

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 09 de noviembre de 2025

‘Oigo crujir tus hojas y vuelvo a estremecerme,/ memoria de noviembre con la fruta en los labios,/ pervertido jardín que hollé una vez, descalza,/ y en el que, de rodillas, llevé mi frente al suelo./ Tengo el leve recuerdo de un sollozo y mi nombre,/ y fielmente el del hueso, áspero, cautivo’.

Es un poema procedente de su libro De la llama en que arde, de finales de los años ochenta del pasado siglo XX, y se lo dedica al poeta cordobés Juan Bernier, cuyos versos pueden llegar a ser tan oscuros como inacabables en su deseo y adhiriéndose a quien los lee. Podría haber seleccionado para destacar cualquier otro de Atencia con motivo de la buena noticia que fue el anuncio de su Premio Nacional de las Letras de este año, pero ya que le llega a deshora y no hay manera de que quienes deciden estas entregas se oculten —deberían— con pudor sus mangas verdes, escojo uno de los de su etapa más fructífera y acorde con la bienvenida de las luces otoñales, que siempre van a resaltar por la ausencia de las mismas, por los zurcidos hechos de retazos y el rumor que no se sabe si empieza o acaba en la hojarasca o la lluvia.

Noviembre es un mes de sollozos, de leves recuerdos y nombres que se reparten ese balance. Los cumpleaños que se deban celebrar se harán apresuradamente, como si las horas estuvieran limitadas por el despecho de no conseguir robar al día todo lo que ilusoriamente se piensa que sí se podría de celebrarse en otros meses más apacibles. Se tienden en los largos suelos lo que se ha conseguido y lo que no. Los miramos con credulidad de poder enmendarlos, aunque no sean nada y nos vayan a llevar más tiempo averiguar el porqué. Nos acoge ese laberinto que se barre a la primera borrasca que se aproxima. No sabemos encarar todo aquello que tiene más de ficticio que de significativo. Se levanta y nos entorpece el camino. Nos posee.

De elegir esta opción y sentirnos colmados por ella, mejor que suenen algunas canciones propicias para ese decaimiento placentero. Las versiones de Autumn Leaves de Nat King Cole y de Eric Clapton, la original en francés de Yves Montand, más hiriente para los melancólicos, la de Chet Baker, que envuelve con su aire indefenso y fragante de amorío inesperado que dejará más indefensión a su marcha. Tempest, de Ethel Cain, para dibujarnos esos paisajes de languidez e inconcreción. Para los que estén conformes con el plano urbano por el que resbala ese sirimiri y los charcos desconocen la calma por culpa del tráfico, servirá Punkrocker de los Teddybears, viendo cómo el azul de las fachadas se hace más y más relativo y las farolas estorban a la anochecida que nos mira tapándose la risa, mientras nos crece la falsa sensación de condena.

Es recomendable dejar sólo a los libros esa progresión de antiguos amores, silencios e insinuaciones de insuficiencia, sean verdad o no. Habrá tiempo de sobra para su vuelta y nuestro estremecimiento.

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