Viernes 12 de diciembre de 2008
Quienes defienden la eutanasia lo hacen en nombre del derecho a tener una muerte digna. Dignitas es, de hecho, el nombre de la organización que ayudó a morir al profesor británico Craig Ewert delante de una cámara, muerte que se ha podido ver esta semana en las televisiones de todo el mundo, después de que se emitiera en un documental que se programó en hora de máxima audiencia en una cadena inglesa. ¿Alguien cree de verás que la de Ewert fue una muerte digna? ¿Convertirse en carne de cañón del circo mediático intermitente construido alrededor de la muerte asistida, es otorgar un halo de dignidad a una persona? La muerte es un hecho doloroso, pero inevitable, que debe suscribirse al ámbito más íntimo de una persona. Mostrarlo sin pudor supone banalizarlo y enviar un peligroso mensaje a la sociedad.
De qué forma y en qué medida se puede ayudar a morir a una persona es algo extremadamente difícil de regular. Más aún cuando el debate social se infla con consignas pseudopartidistas y extremadamente frívolas acerca del mismo. Nadie pone en duda que los progresos técnicos de la medicina moderna tienen una dimensión de crueldad, prolongándose a veces la vida de forma casi artificial y, sin duda, dolorosa. De la misma forma en que estamos de acuerdo en que una aplicación responsable de la sedación terminal, respetando sus protocolos, ayuda a dignificar y hacer menos duro el tránsito hacia la muerte de enfermos terminales que sufren dolores insoportables sin esperanza alguna.
Lo que es inadmisible es que se frivolice el tema, vaciándolo de sentido y convirtiéndolo en una reivindicación que se reduce a un mero eslogan. Todos aquellos que exigen alegremente la legalización de la eutanasia, deberían plantearse hasta qué punto se le puede exigir a un médico, que se ha preparado para salvar vidas, que invierta su labor y se salte el juramento hipocrático, ayudando a morir a quien así lo desee. Todos aquellos a quienes se les llena la boca hablando de tetrapléjicos, ancianos con sus capacidades mentales disminuidas, o cualquiera de los colectivos susceptibles de recibir la eutanasia, deberían pensar en qué pasa con aquellos que no han perdido la ilusión por la vida. Por ejemplo, ¿la decisión de unos familiares cansados de cuidar de un anciano senil valdría para que el Estado se encargara de eliminarlo sin su consentimiento?
El debate sobre la muerte digna es mucho más complicado de lo que muchos pretenden y no se puede abordar de una forma simplista. Se mezclan en él conceptos totalmente diferenciados: tener derecho a una muerte digna no es lo mismo que poder exigir por ley que se sacrifique la vida. La muerte digna, entendida como el derecho a morir sin dolor o sin sufrir ensañamiento terapéutico, es legal y se practica, día a día, en los hospitales españoles. Lo demás es demagogia y, lo que es casi peor: manifestaciones de sociedades decrépitas y decadentes.
TEMAS RELACIONADOS: