Opinión

Eróstrato, Rosalía y la fiebre de la inmortalidad

TRIBUNA

Alejandro Bellido | Martes 11 de noviembre de 2025

En varias ocasiones he oído a Juan Manuel de Prada decir cuando ha publicado un nuevo libro: “Yo no escribo para el presente. Yo escribo para la posteridad”. Y dejando aparte el narcisismo que implica esta sentencia, que esconde torpemente un resentimiento hacia tu época, que no te acepta, que no te compra —tanto como querrías—, que no te quiere; quitando eso, decía, esa necesidad de permanecer me parece absurda. Y esta obsesión por la posteridad, por dejar una obra que nadie olvide, la encuentro presente desde que Rosalía publicó su último disco. Se habla de que “Lux”, a diferencia de buena parte de la música que escuchamos hoy día, está llamada a perdurar, que será un álbum eterno e inolvidable. Como si pudiésemos vaticinar eso, pero más importante: como si eso fuese lo único que importa, como si ese fuese el fin último para cualquier artista, como si no bastara con el disfrute que estamos sintiendo ahora escuchándolo.

Y lo cierto es que este es un afán del arte desde el principio de los tiempos, sin duda, una manera de encapsularse para, de forma vicaria al menos, seguir viviendo. Pero no es solo el arte el que persigue este fin. También los deportistas de élite persiguen dejar su huella en la historia de su disciplina y, por ende, de la humanidad. La necesidad de trascender, de hecho, llevó a Eróstrato a quemar el templo de Diana para que un treintañero onubense, siglos después, diga su nombre en una columna de El Imparcial.

Pero cabría preguntarse, después de tanto afán, de tanto subterfugio para vivir eternamente y burlar la muerte: ¿de qué sirve vivir en tu obra si tú no te vas a enterar de nada? O más corto, más al pie: ¿para qué? Decía Marzal que no existe un valor más alto que la vida. Y es verdad. Lo importante no es permanecer en el tiempo; eso es ridículo. Un consuelo de tontos, vamos. Y una falta de respeto a la vida y a lo que hacemos. Escribimos, bebemos, reímos y amamos porque son un fin en sí mismo; porque no podemos dejar de hacerlo. No es ilegítimo escribir por dinero, por supuesto; pero nos resultaría desagradable oír a un escritor al que admiramos, con cuyos libros hemos llorado y reído y amado, decir que escribe mayormente por ese motivo. Lo mismo cabe con el deseo de eternidad. No deja de ser una forma más de envilecer el acto de la creación. Una de las distintas y maravillosas modalidades de estar vivos, en definitiva. Porque vivir no sirve para nada; pero merece la pena. Aunque muramos, aunque olviden para siempre nuestro nombre y toda la tierra vuelva a repoblarse de seres que no tienen ni la más remota consciencia de aquel sexo estupendo que tuviste una noche en un hotel después de un paseo por Madrid, o de aquella puesta de sol que viste, borracho, en la playa, con 18 años, junto a esos buenos amigos. Qué importa eso.

Todo esto balbuceaba cuando ayer en Facebook miraba unas fotografías mías poco recomendables para alguien que pretende posar de escritor y de adulto —32 años, ni más ni menos—. Eran fotografías con mi primera novieta, recuerdos que tan solo quedaron fijados en nuestra memoria, la suya y la mía, y en aquellas instantáneas. Pensé que tenía que borrarlas, y me pregunté si hacerlo directamente o si descargarlas antes. Al principio, descarté de pleno la horrorosa idea de eliminarlas sin guardar copia de ellas; me pareció un acto de traición a ese chico de 19 años, una manera sutil e insidiosa de matarlo borrando lo que quedaba de él. Porque, si lo hacía, aquel chaval que estudiaba Filología Hispánica en la universidad y que era feliz con su primera novia, en su primer viaje juntos, iba a morir. Y me puse, de repente, muy triste.

Fue entonces cuando recordé una vieja tradición tibetana: la del mandala de arena, que representa el desapego ante la vida o, mejor dicho, ante el paso del tiempo y la muerte. Esta costumbre consiste en confeccionar un mandala con arenas de colores. Los monjes se sitúan, a veces, de rodillas, ensimismados en la tarea de miniar e iluminar aquel mandala enorme. Son meticulosos hasta llegar al paroxismo y pasan horas dedicados a la minuciosa confección de aquella figura plena de detalles y filigranas. Después, cuando han terminado el dibujo, agarrotados, cansados, extenuados de aquella labor titánica, encomiable, lo borran. Porque la vida es eso; algo complejo, dificultoso y bello que se borra y ya está. Pensé en todo esto, borré todas las fotos y recordé los versos de Luis Alberto: “Y que la negra muerte te quite lo bailado”.