Descartes, desde su racionalismo radical al proclamar el principio categórico del: "pienso, luego existo", ancló el ser en la razón, dando a entender que la conciencia racional era una de las pruebas irrefutable de nuestra realidad humana. A su vez y desde la filosofía existencial de corte humanista cristiana y personalista de Mounier, se reformuló este principio como: “soy amado, luego existo”, anclando la naturaleza primordial del ser al amor. Hoy, en el umbral de la era de la Inteligencia Artificial (IA) y la robótica, pareciera que estos principios fundamentales se tambalean ante una nueva formulación que aún no tiene un nombre, pero que me aventuro a calificar como: "proceso, luego existo".
Este tránsito de la razón y del amor como principios fundamentales del ser humano, al del mero procesamiento, nos puede arrastrar hacia un inquietante trans-humanismo que, lejos de ensanchar la condición humana, la reduce a una radical trans-naturalización. Pero esta trans-naturalización, sigue teniendo su muro de Planck: la muerte.
El avance de la biotecnología junto a la IA ha abierto la puerta a lo que podríamos llamar la "muerte gestionada": la eutanasia asistida por algoritmos, la criogenización de cuerpos a la espera de un futuro resurgir tecnológico, y las “simulaciones digitales de conciencias humanas” que persisten en la nube digital tras el fallecimiento biológico.
El hombre contemporáneo, fascinado por estas posibilidades, parece dispuesto a despojarse del carácter inapelable de la muerte. La promesa del transhumanismo: trascender las limitaciones biológicas, convierte a la muerte en un obstáculo técnico, no en un misterio existencial. ¿Estamos ante un acto supremo de libertad o ante una negación radical de la propia condición humana?
Las propuestas más audaces de la Muerte Artificial (MA), incluyen la "subida" de la conciencia a plataformas digitales, permitiendo a las mentes continuar existiendo en entornos virtuales. Pero, ¿qué es esa conciencia subida? ¿Es el individuo o una copia sin alma? La praxis actual muestra que esta tendencia no responde solo a un deseo de vencer la muerte, sino a una incapacidad de asumirla.
Mientras las élites tecnológicas proclaman que la IA podrá algún día recrear personalidades post mortem, la mayoría de las personas vive la paradoja de un presente donde se teme a la muerte, pero aún más a desaparecer sin dejar un rastro virtual. La memoria ya no descansa en corazones humanos, sino en servidores digitales.
El peligro de la Muerte Artificial radica en que, al vaciar de trascendencia a la muerte, se trivializa la vida y el miedo a desaparecer se diluye en una falsa promesa de continuidad tecnológica. La transición de la I.A con la biotecnología hacia la M.A, revela un salto inquietante: el hombre moderno, en su intento de dominar la muerte a través de la tecnología, corre el riesgo de despojarse de lo más humano que posee —la conciencia de su finitud y el sentido último que ésta confiere en vida, a la vida.
No crea el lector, que estoy haciendo ciencia ficción, ni divagando dialécticamente. Lo que estoy relatando se está gestando ya en este momento presente, en el que la frontera entre la vida y la muerte se vuelve cada vez más borrosa.
Proyectos como Neura link, fundado por Elon Musk, prometen interfaces cerebro-máquina capaces de prolongar funciones cognitivas incluso después del fallecimiento clínico. Asimismo, empresas como NEC-tome trabajan en la preservación del cerebro a través de métodos criónicos con la esperanza de "descargar" la conciencia en un futuro.
Estos y otros desarrollos tecnológicos movilizan recursos astronómicos, recursos que usted y yo, de forma más o menos directa, financiamos. ¿Qué no lo sabía?, pues ahora ya lo sabe. Por ejemplo: Neura-link ha recibido centenares de millones de dólares en financiación, y NEC-tome, a pesar de sus controversias, ha obtenido subvenciones de instituciones como el Instituto Nacional de Salud de EE.UU. El miedo a la muerte se institucionaliza y a su vez se legaliza, todos colaboramos en ello, queramos o no queramos, y de forma legal.
La medicina regenerativa y las investigaciones sobre la inmortalidad biológica lideradas por científicos como Aubrey de Grey (gerontólogo biomédico inglés), con presupuestos millonarios y el respaldo de filántropos tecnológicos como Peter Thiel (empresario, administrador de fondos de inversión, fundador de PayPal, junto con Elon Musk), refuerzan la narrativa de que la muerte es, en última instancia, un problema técnico que puede resolverse.
Esta cruzada tecnológica por vencer la muerte, plantea preguntas éticas profundas. Pensadores como Yuval Noah Harari y críticos como Jaron Lanier (escritor, informático y pionero en el campo de la realidad virtual), advierten que la búsqueda de la inmortalidad no solo genera una peligrosa concentración de poder en las élites tecnológicas, sino que despoja a la muerte de su función existencial: ser el horizonte último que dota de sentido a la vida.
La espiritualidad, que durante milenios ha enseñado a convivir con la muerte como parte del ciclo vital, queda relegada ante una razón técnica embriagada por su propia capacidad “recreativa”, hace que nos enfrentemos a una paradoja: cuanto más nos alejamos de la muerte, más nos desconectamos del sentido profundo de vivir. Este desarraigo, según pensadores como Byung-Chul Han, filósofo y ensayista surcoreano experto en estudios culturales y profesor de la Universidad de las Artes de Berlín, considerado como uno de los filósofos más destacados del pensamiento contemporáneo por su crítica al capitalismo, la sociedad del trabajo, la tecnología y la hipertransparencia, empuja a las sociedades actuales a un estado de “agotamiento” donde la existencia pierde su peso ontológico, y la vida se convierte en un proceso meramente funcional. Y todo esto, sin entrar en el terreno de una dialéctica religiosa.
La Muerte Artificial no es solo el intento de dominar la biología; es el síntoma de una razón desbocada, una razón que, embriagada por sus logros, ha perdido el equilibrio entre el saber y el creer. El hombre contemporáneo, sediento de eternidad, confunde prolongar la vida con darle sentido, olvidando que la vida extrae su valor precisamente de su finitud.
En definitiva, nos encontramos ante un momento crítico. Si la I.A. desafía los límites de la inteligencia humana, la M.A. amenaza con vaciar la experiencia humana de su profundidad espiritual. Solo cuando la razón retome su dimensión humana —la que reconoce que vivir es más que durar— podremos resistir el vértigo de un progreso que, sin brújula ética, se puede convertir en un delirio autodestructivo.
En última instancia, el desafío no es vencer la muerte, sino redescubrir el sentido de la vida antes de que, en el esfuerzo por erradicar la primera, perdamos irremediablemente la segunda. Sin el sentido de la muerte, la vida carece de sentido. Aquí no vale la expresión popular de: "Muerto el perro, muerta la rabia".